Desde su llegada, el embajador de EU en México puso en práctica todos los conocimientos que reciben los diplomáticos de ese país cuando son trasladados al extranjero, especialmente los que no son de carrera y, particularmente, los militares o exmilitares en tareas diplomáticas. En ese sentido, el Departamento de Estado de EU trató de transformar al soldado Johnson, de uniforme verde olivo, en el embajador Ronald Johnson, de traje, barba bien recortada y corbata, aunque se les olvidó quitarle la boina verde.

Primero, el idioma del país a acreditar, donde el embajador no tenía ningún problema, pues ya dominaba el español, habiendo sido embajador en El Salvador hacía algunos años. Seguramente ahí participó -sin ningún recato- en el proyecto de super cárcel del gobierno salvadoreño y aprendió también el lenguaje, señas, muecas y gestos de los integrantes de las maras o pandillas en ese país, confinados en ese lugar.

Segundo, para su comisión diplomática en México, probablemente vio las 10 temporadas de “El señor de los cielos” en Univisión para entender el contexto del país al que iba. Igual, hizo por su cuenta el curso exprés de sobrevivencia de los Kaibiles en la selva petenera de Guatemala, por si se ofrecía cortar cabezas en México.

Tercero, fue adoctrinado -como buen soldado- de que la relación bilateral es dominada por los EU, donde todo lo malo viene del sur, afectando las sagradas libertades de ese país: la libertad de drogas, de medicamentos y de armas, base de la felicidad social. En ese sentido, la instrucción al embajador Johnson fue detener ese flujo a como diera lugar, incluso violando la soberanía de México y aliándose con enemigos del gobierno, mediante operativos encubiertos.

Cuarto, tuvieron que quitarle su uniforme verde olivo y botas casi a la fuerza y vestirlo con trajes formales, zapatos bostonianos y corbatas finas y variadas -ninguna verde porque se transformaba de inmediato-,

a fin de que ensayará los protocolos de rigor, donde siempre cargaba -escondido- un cuchillo de caza, pues prefería atrapar él mismo a sus presas, comer con las manos y mancharse de sangre.

Por último, pasó las pruebas físicas de rigor y hasta se le veía sobrado, corriendo por todo el National Mall, a las 5 de la mañana. Las últimas instrucciones de Trump fueron: ¡go get them tiger¡.

Durante su audiencia de confirmación ante un comité del congreso, el 13 de marzo de 2025, el embajador no descartó una acción militar en suelo mexicano contra los carteles, sin notificar a las autoridades mexicanas, si y solo si la vida de un ciudadano estadounidense estuviera en juego. En realidad, él puso en peligro la vida de sus compañeros.

Ya en México, el embajador Johnson cuidó las formas hasta donde pudo, tratando de ganar confianza entre el gobierno, especialmente, de la presidenta Sheinbaum, con el objetivo de quitarse el estigma de halcón que, a diferencia de El Salvador, muchos mostraban sus reservas hacia él, sin hacer caravanas ni ofrecer privilegios, como estaba acostumbrado. Nunca entendió que México es un país diferente.

Hizo las visitas de rigor a sus colegas del cuerpo diplomático y visitó la sede del congreso, donde la derechiza le guiñó un ojo e hizo un saludo militar a manera de subordinación y obediencia, pues ante la pobreza intelectual que mostraba, la única forma de retomar el poder en México para ellos era la intervención extranjera, tomando como pretexto la lucha contra el narco.

Entonces, el embajador pasó a la acción y se alió con los enemigos del gobierno, es decir, con la oposición, especialmente del PAN, pues hasta a él le repugnó el PRI y su líder malito -decía ya con cierta picardía-. Ahí escuchó la propuesta indecorosa de intervenir México. En respuesta, el embajador se transformó en soldado de nuevo, poniéndose su boina verde para planear el primer ataque: un operativo encubierto en el estado panista de Chihuahua, donde su gobernadora y secretario de seguridad le prometieron que “nada podría salir mal”.

El resultado está a la vista: el operativo injerencista fue descubierto ante tanta torpeza institucional del estado de Chihuahua, encabezada por su gobernadora, la maruca Campos, y la osadía del soldado Johnson, que olvidaron la nueva regla del país: a México se le respeta. Ambos perdieron todas las batallas: la estatal o política, pues no solamente el PAN perderá la gubernatura del estado, sino la maruca Campos puede ser acusada de traición a la patria, condenando a su partido al austracismo. La militar, con la muerte de los funcionarios encubiertos de la CIA, sin olvidar al conductor del auto -también muerto-, a quien quisieron culpar del operativo fallido; y la diplomática, donde, así de rápido, el embajador dejó de ser un interlocutor confiable con el gobierno de la 4T, por lo que su comisión ya terminó, por cierto, desastrosamente.

Y lo que faltaba, toda la derechiza mexicana tratando de defender el operativo injerencista y a la maruca Campos, quien se ha negado a presentarse al Senado, a hablar con la presidenta Shainbaum y todo el día se la pasa rezando, como buena mocha que es, para que la justicia no la alcance. Qué vergüenza maruca.

Todavía en un último intento, el soldado – embajador Johnson fue requerido por Washington para su última misión antes de abandonar México, bajo la premisa de que, si ya la calabaceaste, un poco más de ungüento no te hará daño: rompió otra regla de la diplomacia, como es la confidencialidad de los temas, al hacer públicas las solicitudes de extradición en contra del gobernador de Sinaloa y 8 personas más que, desde un juzgado federal de Nueva york, entregaron a la cancillería mexicana. La idea de Johnson es salvar a la maruca Campos de prisión, por traición a la patria.

Mi único consejo que les daría a los nuevos tumpanistas es “ya no se muevan”, pues en cada paso se hunden más en su propia y monumental torpeza. También les sugiero esperar sentados la extradición de Rocha, pues hasta donde yo me quedé, un proceso de estos duraba entre 3 a 5 años y no siempre la respuesta final era afirmativa.

¡Holy shit!

Mario Alberto Puga

Politólogo (UAM) y exdiplomático

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