Hay una pregunta que deberíamos hacernos seriamente: ¿en qué momento hacer periodismo se volvió tan fácil?
Hubo una época en la que investigar significaba leer documentos, conseguir fuentes, contrastar versiones, seguir pistas, comprobar datos y tener el valor de publicar aquello que alguien poderoso prefería mantener oculto.
Hoy parece que basta abrir una cuenta, tener una cámara, conseguir seguidores y publicar opiniones para autoproclamarse periodista.
Y no.
Tener audiencia no te convierte en periodista. Tener una opinión tampoco. Y hacerte viral, mucho menos.
El periodismo es un oficio. Y los oficios se respetan haciéndolos bien
Jorge García Orozco es uno de los ejemplos más visibles de una tendencia que debería hacernos reflexionar: identificar prendas, marcas y precios de mujeres que participan en la vida pública y convertir esa información en contenido presentado como periodismo de investigación.
Y aclaremos algo que debería ser obvio: investigar a quienes ejercemos el poder es indispensable.
Investigar nuestro patrimonio, nuestros ingresos, nuestros contratos, nuestras decisiones, nuestros conflictos de interés y cualquier posible acto de corrupción no solo es legítimo. Es necesario en una democracia.
Pero una cosa es investigar el poder y otra muy distinta es entretenerse con la apariencia de quienes lo ejercen.
Porque una etiqueta no es una investigación. Una captura de pantalla no es una investigación. Un hilo en redes no es una investigación. Y una opinión acompañada de miles de reproducciones tampoco.
Lo chafa es pretender que una búsqueda de cinco minutos sustituye meses de investigación.
Lo chafa es creer que una captura de pantalla puede sustituir un expediente.
Lo chafa es hacer pasar la sospecha por evidencia.
Lo chafa es confundir escándalo con información.
Lo chafa es pensar que generar polémica equivale a revelar la verdad.
Y lo más chafa de todo es que cualquiera pueda llamarse periodista sin haber hecho el trabajo que exige ese nombre.
Porque el periodismo serio no se construye con algoritmos.
Se construye con fuentes. Con documentos. Con preguntas. Con contexto. Con contraste. Con horas de investigación. Con responsabilidad. Y, sobre todo, con la obligación de distinguir entre lo que se sabe, lo que se demuestra y lo que simplemente se supone.
Cuando esa diferencia desaparece, ya no estamos frente a periodismo. Estamos frente a contenido.
Y contenido hay muchísimo.
Periodistas, cada vez menos.
Pero el problema adquiere otra dimensión cuando hablamos de mujeres en política.
Porque todavía existe una mirada pública que encuentra más sencillo hablar de cómo se ve una mujer que de lo que hace.
Qué usa. Cómo se viste. Cuánto cuesta. Qué marca lleva. Cómo luce.
Como si su apariencia tuviera más interés público que sus decisiones. Como si antes de escuchar sus ideas hubiera que revisar su guardarropa.
Eso no es fiscalizar el poder. Es fiscalizar la apariencia.
Y sí: las mujeres que hacemos política debemos ser cuestionadas.
Muchísimo.
Cuestionen nuestras iniciativas. Nuestros votos. Nuestras decisiones. Nuestros resultados. Nuestro patrimonio. Nuestros errores.
Investíguennos. Contrasten. Exijan.
No queremos una prensa complaciente. Queremos una prensa a la altura
Porque exigir rigor no significa pedir menos crítica. Significa pedir una crítica que tenga sustancia.
Una democracia no necesita más personas compitiendo por ser virales.
Necesita periodistas capaces de seguir el dinero. De encontrar documentos. De confrontar versiones. De sostener sus investigaciones. De hacer las preguntas incómodas. De publicar aquello que otros preferirían esconder.
Eso es periodismo.
Lo demás puede ser entretenimiento.
Puede ser opinión. Puede ser contenido. Puede incluso ser viral.
Pero no por eso es periodismo.
Porque descubrir una marca puede hacerlo cualquiera con una pantalla.
Investigar el poder es otra cosa.
Requiere fuentes. Requiere documentos. Requiere rigor. Requiere ética. Requiere valentía.
Requiere horas de trabajo que no siempre generan clics, pero sí pueden generar algo mucho más importante: verdad.
Y requiere algo que no se compra con seguidores, no se fabrica con algoritmos y no se consigue con una tendencia: oficio.
Porque entre tener una pantalla y tener oficio hay una distancia enorme.
La primera tarea puede hacerla cualquiera. La segunda exige algo mucho más escaso: periodismo.
Diputada Federal
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