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El valor de la protesta en tiempos pandémicos: sexualidad, raza y necropolítica

María Paulina Rivera Chávez

El mes de junio representa, desde hace medio siglo, un momento no sólo de celebración, sino de reflexión sobre la tolerancia, la diversidad y la politización de los espacios públicos. En honor a la manifestación que tuvo lugar el 28 de junio de 1969 en el bar Stonewall (Nueva York, Manhattan), cada año la comunidad LGBTQ+ (lesbianas, gays, bisexuales, transexuales, queer y otros) marcha y organiza diversas actividades para seguir promoviendo y defendiendo los derechos de todas las personas, sin importar su preferencia e identidad sexual.
 
El tema cobra mayor relevancia hoy no porque el año 2020 marca el 50 aniversario de la primera marcha, sino por los eventos ocurridos hace unos días (25 de mayo) en Minneapolis, Minnesota, cuando George Floyd, un ciudadano estadounidense afroamericano de 46 años murió a manos de un oficial de la policía de manera injustificada.
 
La opresión de personas queer y negras comparten las mismas raíces ideológicas e institucionales. Los movimientos sociales anti-racistas y anti-homofóbicos surgieron durante la década de los sesenta como un rechazo a la construcción histórica y violenta de los “cuerpos sanos”, entendidos como blancos y heterosexuales que representan lo que es aceptable y deseable. Las normas eran —son— ejercidas como una forma de control en contra de aquellas personas que no encajaban en los estándares establecidos por éstas. Se fincan en prácticas coloniales, jerárquicas y violentas en las que se cree que hay vidas que tienen un valor por encima de otras. Por ello, no hay liberación LGTBQ+ sin liberación racial. Tampoco la hay sin los movimientos sociales que denuncian, desnaturalizan y des-normalizan estas prácticas. 
 
En estos momentos es fundamental recordar la importancia de la protesta social, ya que la pandemia por la que el mundo atraviesa ha tendido a despolitizar a la sociedad debido a que las personas deben recurrir a medidas de auto-confinamiento; en estos meses, hemos visto que el distanciamiento social también es político. Hasta hace unos días, el coronavirus SARS-CoV-2 (COVID-19), por sus efectos e impacto en prácticamente todos los rincones del mundo, había logrado monopolizar los discursos políticos y sociales; la información en los medios de comunicación, el diálogo de redes sociales y las conversaciones cotidianas hacían referencia a la pandemia.
 
Sin embargo, esta semana, las imágenes de calles desiertas en varios lugares de Estados Unidos, como Washington y Nueva York —uno de los epicentros de la crisis pandémica— fueron reemplazadas por las de miles de manifestantes indignados por el asesinato de Floyd, que exigen justicia. Sus últimas palabras —“no puedo respirar” (I can’t breathe)— se han convertido desde hace ya algunos años en símbolo de los movimientos anti-racistas, pues en 2014 el estadounidense afroamericano Eric Garner pronunció la misma frase antes de morir a manos de un polícía. Estos eventos, que parecerían aislados, revelan el racismo aún presente en nuestra sociedad moderna.
 
La pandemia ha acentuado y profundizado contradicciones ya presentes desde hace tiempo en el mundo. Una de ellas son las estructuras de exclusión que prevalecen hasta nuestros días basadas en la ideología de que hay vidas mas valiosas que otras, a pesar de los esfuerzos universales del discurso de los derechos humanos. Sin menoscabo de los logros alcanzados en el último siglo —producto de diversos movimientos sociales llevados a cabo en las calles— a favor de las mujeres, las personas de color, la comunidad LGBTQ+, entre otros grupos venerables y vulnerados, persisten mecanismos institucionales que dificultan que todas las personas tengan acceso a los mismos derechos.
 
Regresando al tema de la pandemia, algunos estudios han mostrado que los migrantes, las mujeres, la comunidad afroamericana en Estados Unidos, entre otros grupos, han sufrido más los estragos del coronavirus debido a desigualdades económicas, políticas y sociales de un modo de producción capitalista racial, hetero-normado y patriarcal. Pero las consecuencias van incluso más allá de los efectos biológicos del virus.
 
Como otros han afirmado, estamos ante una nueva forma de biopolítica, de poder sobre la vida mediante tecnologías de la dominación en la que persisten prácticas de control sobre los cuerpos basados en lógicas de exclusión. Al preguntarnos ¿cuáles vidas vale la pena salvar? ¿quiénes cuentan como humanos?, pasamos a una forma de necropolítica en la que ciertas personas e instituciones deciden quien debe morir y quien debe vivir. También regresamos a los debates sobre cuáles son las formas legítimas de violencia y quiénes pueden ejercerla.
 
Algunos de los actos cometidos por los manifestantes en Estados Unidos en días recientes, como el incendio de vehículos y edificios policiales y el saqueo de algunas tiendas, son vistos con indignación por el presidente estadounidense y otras autoridades por ser “violentos”. Sin embargo, ello oculta la violencia inherente en la división y clasificación de una población basada en categorías como raza, nivel socioeconómico, identidad y preferencia sexual, género, entre otras. Además, oculta que esta “violencia radical” aparece como una opción —prácticamente la única—para algunas personas en esta era global en la que persisten estructuras de dominación colonial.
 
Este mes, en el que celebramos uno de los movimientos más visibles a favor de la diversidad, también nos recuerda que persisten violencias (in)visibles. Muchos, todavía, no “pueden respirar”. Si bien es cierto que “todas las vidas importan”, también lo es el hecho de que no todas están expuestas de la misma forma. Estar conscientes de ello, politizarnos y denunciarlo es tan sólo el primer paso. No habrá liberación que valga si unos cuantos siguen siendo vulnerables por normas, prácticas e ideologías que excluyen a unos en favor de otros. 
 

Directora de Innovación y Seguimiento de Proyectos en el Instituto Matías Romero de la SRE.
@Pao_Rivers

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