El próximo 11 de junio inicia la Copa Mundial del Futbol, organizada por la FIFA (Federación Internacional de Futbol Asociación), a realizarse en Estados Unidos, Canadá y México. La Copa Mundial se celebra cada 4 años y esta será la Copa número 23. La primera se realizó en Uruguay en 1930, y la ganó el país sede. Le siguió Italia, bajo el mandato fascista de Mussolini, en 1934, e Italia obtuvo también el título, con un arbitraje descaradamente sesgado a su favor. Italia ganó también la siguiente Copa, organizada en Francia en 1938. Después vino un largo impasse por la Segunda Guerra mundial, que continuó hasta 1950, en Brasil, cuando ganó el propio Brasil, y ha continuado sin interrupciones hasta el presente. El fútbol, hay que decirlo, convoca a cientos de millones de aficionados en el mundo, ricos y pobres, pero sobre todo a los más pobres. Se habla de 5 mil millones de personas que gustan de observarlo y que en algún momento de sus vidas lo han practicado. Inevitablemente, el fútbol es atravesado por la política y por los negocios, incluidos los de sus organizadores.

Por mucho tiempo, el fútbol fue un deporte orientado casi exclusivamente hacia los hombres, pero existe un rápido aumento de la práctica también entre mujeres. El asunto es muy relevante en varios sentidos, tanto porque supone el aumento de la afición como porque genera la tendencia a realizar torneos y campeonatos de clubes y países para cada sexo, que es la razón de ser de la FIFA. La Federación interviene en la organización de cada vez más torneos (por ejemplo, las copas mundiales sub 20 y sub 17 tanto masculinas como femeninas), aunque la joya de la corona sigue siendo la Copa Mundial masculina. La demanda masiva por la práctica y la observación de los partidos de fútbol por todo el mundo es la base de las posibilidades de negocio que dicha demanda abre. Muy pocas personas pueden pagar, proporcionalmente, los boletos para ver “en vivo” los partidos de sus equipos favoritos (locales, nacionales o internacionales), pero casi todas pueden verlos en la televisión. Y es esta, hoy en día, la fuente principal de ingresos de la FIFA, que ya operó como una de las ventanas para la corrupción, como veremos.

Actualmente la FIFA acoge a un total de 212 delegaciones nacionales, número superior a los 193 países integrantes de la ONU. Se compone de 6 Confederaciones regionales, donde los europeos han sido tradicionalmente los países dominantes (la UEFA, que nació en 1954 y ha proporcionado a la enorme mayoría de sus presidentes, suma 54 países). La FIFA suma otros 47 países en Asia, 56 en África, 41 en Norteamérica, 10 en Sudamérica, y 14 en Oceanía. El mundo entero. En sus 115 años de existencia, la FIFA ha tenido solamente 12 presidentes, 10 de ellos europeos, un brasileño, Joao Havelange (1974 - 1998), que conservó el puesto por 24 años; y un africano, Issa Haytou, que duró menos de un año (2015-2016), como relevo inmediato ante la salida forzada del anterior presidente, Joseph Blatter, suizo, quien dirigió la organización por 17 años (1998-2015). Blatter renunció en 2015, a pesar de haber sido reelecto, debido a su responsabilidad en el escándalo conocido en la prensa como el “FIFA Gate”, cuyo origen tuvo lugar en la selección amañada de las sedes para las Copas Mundiales de 2018 (Rusia) y 2022 (Catar), en el año de 2010, cuando hubo sobornos y compra de votos para forzar este resultado. Sobre esto volveremos.

En general, el corto número de presidentes de la FIFA se debe a la repetida reelección (cada 4 años), de varios de ellos. El más longevo en el puesto fue el francés Jules Rimet, hasta por 34 años (casi como Porfirio Díaz), de 1921 a 1954, en cuyo honor se nombró a la Copa del Mundo por varios años. La FIFA nació en 1904, y es por tanto mucho más antigua que la ONU. La FIFA se ha caracterizado por una estructura de mando vertical. Si sumamos las gestiones de Rimet, Havelange y Blatter, se llega a ¡76 años ! El actual presidente, Gianni Infantino, acumula ya 10 años en el puesto y ha anunciado su voluntad de reelegirse para el año que entra. Algún atractivo tendrá la posición… y no hay duda de que una parte de ese atractivo es el dinero.

Por ejemplo, se especula que Blatter pagó a Michel Platini, el extraordinario exjugador francés, que era entonces director de la UEFA (la federación europea de la FIFA), 2 millones de dólares por no presentar su candidatura a la presidencia en el 2015. Blatter pagó por el trono. Ambos dijeron que el pago se debía a un adeudo previo por servicios no pagados por la mala situación económica de la FIFA años atrás y ambos dirigentes lograron evitar la cárcel, aunque no el desprestigio.

Las investigaciones sobre corrupción del “FIFA gate” que salieron a la luz en 2015, fueron encabezadas por Loretta Lynch, Secretaria de Justicia de los EU, en combinación con el FBI y las autoridades fiscales. La jurisdicción de estas investigaciones se justificó porque el dinero de los sobornos y pagos ilegales a personas involucradas se hicieron a través del sistema financiero de los EU. De los 24 altos funcionarios de la FIFA en el año de 2010, 20 fueron encontrados culpables de algún delito. El ex Director de la CONCACAF, Chuck Blazer, quien aceptó la función de informante interno o topo, a cambio de evitar la prisión (él y otros llevaron un micrófono oculto a lo largo de unos dos años en las reuniones internas de la FIFA). El estilo de vida de Blazer era el de un millonario despilfarrador, con dos oficinas en la Trump Tower de NY, una para él y otra ¡para sus gatos!. Sus mascotas necesitaban espacio. Su obesa figura no empataba en nada con la promoción del fútbol. Las estimaciones sobre las fortunas personales de los altos dirigentes de la FIFA, desde Havelange hasta Blatter, son multimillonarias.

Resumiendo, ¿cuáles son las principales fuentes de la corrupción pasada y acaso también actual? Primero, la venta de los derechos para la transmisión televisiva. Para el mundial actual, la FIFA espera recibir 4.2 mil millones de dólares y los derechos al uso de la marca FIFA. Segundo, la venta de los derechos de marketing a las grandes compañías que saturan la demanda de bebidas, alojamientos, ropa deportiva, entre otros. Tercero, la venta de entradas y palcos a los 104 partidos programados. Este número de partidos, “repartido” entre las tres sedes resultó así: Estados Unidos, 77 partidos, en 11 ciudades; México, 13, en tres; y Canadá, también 13, en dos, lo que equivale a casi duplicar partidos y ganancias de este Mundial respecto de los anteriores, de apenas 32 selecciones nacionales y 64 partidos (en Catar). La apuesta es alta y las expectativas económicas, proporcionales a la “Era Trump”, también. La inversión en infraestructura de estadios, por ejemplo, fue casi nula, pues descansa sobre todo en los de los EU, que son eficientes y modernos pues tienen la demanda asegurada por el fútbol “americano” (otro espacio para grandes negocios en la gestión del tiempo libre).

Los estadios y sus nombres indican el dominio de los negocios en esta Copa. Así, el partido final del torneo se llevará a cabo en el estadio Met Life, en Nueva Jersey (frente a Nueva York, la gran manzana), y los precios para espacios en los palcos más privilegiados, llegaron al escandaloso costo de 32,970 dólares (más de medio millón de pesos mexicanos), casi tres veces más del costo anunciado hace un mes. Dicho precio, definido por estimaciones dinámicas de demanda al alza, se había fijado en 10 mil 990 dólares, unos doscientos mil pesos (monto equivalente a 20 meses del salario mínimo en México). Es verdad que, en la inauguración del torneo el precio será menor, unos 50 mil pesos (“sólo” 5 meses de salario mínimo). Acaso por eso es que la presidenta Claudia Sheinbaum decidió no asistir al encuentro y regalar su boleto a una niña aficionada al fútbol. Un gesto de sabor más bien simbólico, enmedio de la especulación general.

El partido inicial se realizará pues en el estadio bautizado como Banorte (banco que invirtió en su remodelación, en verdad apenas una “manita de gato”), desplazando al famoso “Estadio Azteca”. Banco mata tradición. Es la norma de los estadios modernos de las sedes: ATT (Dallas), Sofi (Los Ángeles), Mercedes Benz (Atlanta), Levi’s (San Francisco), Gillette (Boston), NRG (Houston), Lincoln Financial Field ((Philadelfia), Hard Rock Stadium (Miami), Lumen Field (Seattle)… en Monterrey, su estadio ostenta el nombre de BBVA, y en Guadalajara, el estadio de apellida Akron. El nombre de los estadios casi lo dice todo.

Un dato curioso. La máxima inversión en infraestructura para un Mundial probablemente se haya hecho en Catar, hacia 2022, hace apenas cuatro años. La selección de dicha sede, comprada con petrodólares, apostó por incidir en el desarrollo económico de dicho país. Los cataríes tuvieron doce años para construir 8 estadios de alta calidad, con sistemas de aire acondicionado excepcionales, dadas las temperaturas extremas, mismos que viven hoy en el abandono, a semejanza de las líneas de un moderno metro, diseñado para mover a más de 600 mil personas. La esperanza, inspirada en Dubai, fue invertir en una infraestructura turística que sobreviviera al Mundial, mas el flujo de turistas nunca logró justificar el proyecto. No obstante, la FIFA sí concretó sus objetivos. Catar le dio una ganancia de más de dos mil millones de dólares.

El juego es simple: Dos porterías, once jugadores por equipo, una pelota. Las manos, a excepción de los porteros en su área respectiva, no deben tocar el balón. Quienes meten más goles, pegando a la bola con sus piernas (o su cabeza) ganan. Algunos de los jugadores más virtuosos han salido de familias pobres o muy pobres. Como Pelé, el goleador brasileño, salido de una favela, bajo de estatura y negro. Messi, el argentino goleador del equipo español Barcelona por 16 años (que ahora juega en el equipo estadounidense Inter de Miami), nació en un barrio trabajador de Rosario. Cristiano Ronaldo, el fantástico jugador portugués, un par de años mayor que Messi, también comparte orígenes humildes, y luego de ser estrella del Real Madrid por 9 años, juega hoy en un equipo de Arabia Saudita, el Al Nasser FC, equipo del cual es actualmente copropietario. La razón de la expatriación de Messi a Estados Unidos y de Cristiano a Arabia Saudita se asocia sin duda a razones fiscales. Al día de hoy, el valor de la transferencia de Ronaldo ronda los 14 millones de dólares, y el valor comercial de su nombre, como marca, es independiente e incluye contratos de por vida con empresas como Nike, los hoteles CR7 (síntesis de Cristiano Ronaldo y su número 7 en la camiseta), así como inversiones inmobiliarias y en redes sociales, que le colocan como el futbolista más rico del mundo, que, como cualquier empresa, no desea pagar impuestos. Igual que Messi. Ambos han tenido enfrentamientos legales con autoridades fiscales europeas.

El hecho de que algunos jugadores excepcionales hayan logrado un éxito económico extraordinario, hace de la exaltación de dicho éxito una suerte de promesa invisible para millones de jugadores con orígenes humildes, pero lo cierto es que entrar en dicho círculo es como encontrar una aguja en un pajar. Simplemente, se estima que el total de jugadores para este mundial será de apenas mil 248 (26 por país). Y apenas dos de ellos son Messi y Ronaldo. Las estimaciones de probabilidades de ganar la Copa, por país, tienen el siguiente orden: Primera, España, con un 16%, Francia, segundo lugar (12.7%), Inglaterra, tercero (11%), Argentina, cuarto (10%) y otros seis países con probabilidades menores al 7%. (Portugal, Brasil, Alemania, Países Bajos, Noruega y Bélgica)… los siguientes 38 equipos participantes tienen probabilidades casi ridículas, como: México, el 1.3%, Canadá el 0.4%, igual que Ghana; Algeria 0.3%, igual que Egipto y SudCorea; o Catar, Panamá y Cabo Verde, con menos del 0.1%, y Jordania, Curazao y Haiti, en los últimos tres puestos. Pesos completos contra pesos mosca. Se trata pues de una Copa de la corrupción y de la desigualdad.

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