La elección de Nuevo León será recordada por la necesidad de un cambio en la forma de entender, regular y hacer política en nuestro país. En ella, nuestro sistema político presencio como el uso de información aplicada a redes sociales pudo influenciar la opinión del electorado. Transformando una campaña dubitativa, en un movimiento social, con un abrumador respaldo ciudadano, creado y liderado desde las redes sociales de la esposa del gobernador electo.

Las redes sociales en la política no son nuevas, en Estados Unidos, Pete Buttigieg representa el camino para construir una plataforma electoral ajena al convencionalismo partidista, apoderándose del interés nacional a pesar de radicar en una ciudad de poco más de 100 mil habitantes. Su estrategia fue clara, consolidar una imagen carismática que resonara a través de una sobrexposición en cualquier plataforma disponible. Todo esto meses antes de siquiera iniciar una precampaña. Encuentros con múltiples reporteros, entrevistas en Podcast, programas de televisión y en canales de YouTube, además de una muy activa presencia en internet, permitieron que un alcalde de una región rural se convirtiera en uno de los aspirantes presidenciales más relevantes en 2020.

Otro ejemplo es el expresidente Trump, quien a casi un año de dejar la Casa Blanca, los medios siguen obsesionados con los ratings y clics que genera, acompañándolo en meetings políticos como si siguiera siendo presidente de aquel país, dándole la cobertura necesaria para que sus teorías de conspiración sigan cobrando fuerza y lleguen a oídos de millones de personas.

En 2018, el congreso de Estados Unidos llamó a Mark Zuckenberg a testificar, focalizando el debate en la responsabilidad de la compañía en el contenido de su plataforma y el poder que pose para influenciar elecciones. Lejos de su cometido, la comparecencia se redujo a preguntas burdas, intentos de Zuckerberg de explicar a funcionarios cómo funciona el internet, y finalmente, la exoneración mediática del CEO de FB por falta de entendimiento de políticos que se vieron rebasados por el mundo actual.

La reciente sesión del INE asemeja lo vivido en 2018 en Estados Unidos, donde consejeros aplicaron las mismas reglas que han perdurado en nuestro sistema político los últimos 30 años, y que al día de hoy, se han visto rebasadas al no contemplar las nuevas plataformas y dinámicas que rigen a nuestra sociedad. Un influencer es un líder de opinión como cualquier otra profesión del escrutinio público, no importa si eres empresario, escritor, artista, atleta o político. Todos generan impacto en la opinión pública.

A Mariana no se le debe de juzgar como mercader de influencia. En sus redes, no le habla a seguidores como clientes o electorado, sino como un grupo de apoyo incondicional. Este es el gran éxito que alcanzó no como esposa de Samuel García, candidato, ni como Mariana Rodríguez Cantú, marca registrada. Si no simplemente como usuario, y no como argumentan los consejeros del INE al exigirle tener distintas cuentas para cada una de las acciones que realiza, una forma obsoleta y absurda de pensar.

De acuerdo al INE, mariana se excedió en su apoyo a un candidato debido a una interpretación de la ley electoral desfasada a nuestros tiempos que prohíbe a influencers realizar apoyo sin fiscalizarlo. Sin embargo, actualmente ante el SAT fue dada de baja como empresa en 2020. Y quien señala que su nombre es una marca registrada, asumen erróneamente que todas sus acciones en redes tienen el fin de promocionar su marca, como si una simple descripción en tu perfil de Instagram te despojase de tu individualidad y libertad de expresión. Por otra parte, el mismo presidente López Obrador está registrado como marca ante el IMPI, y sin embargo, continúa ejerciendo propaganda en favor de sus candidatos en cada una de sus plataformas, mismas que alcanzan 2 millones de seguidores en YouTube, 1 millón en Instagram y 7.6 millones en FB.

Nuestras instituciones y leyes necesitan reformarse, sin embargo, querer censurar y controlar todo lo que sucede en internet es un error. Bajo esta lógica, se tendría que contabilizar cada historia y cada post que subimos los usuarios al apoyar a un aspirante, ya que todos ejercemos influencia en nuestras plataformas. Cayendo en la arbitrariedad para responder:

-¿A partir de cuantos seguidores se termina el derecho de apoyar un movimiento político?

-¿Cuántos seguidores te hacen “influencier”?

-¿Cómo se mide la influencia real de una persona?

-¿Hasta qué grado se deja de ser individuo por tu profesión en internet?

-¿En qué espacios públicos digitales se es libre de opinar sin reportarlo al INE?

Uno pensaría que el parámetro de compra de votos ilegales bastaría, como la utilizada por el Partido Verde, sin embargo el actuar arbitrario del INE abre un escenario donde las libertades y la censura deberán defenderse sin ningún tipo de respuesta clara. Desafío que ninguna democracia a nivel mundial ha alcanzado a descifrar. Si el INE continúa juzgando de manera arbitraria y arcaica a civiles como Mariana Rodríguez, estaremos acercándonos cada vez más a lagunas jurídicas que pueden llegar a representar un panorama oscuro, en contra de nuestras libertades, que nuestra joven democracia no esta lista para afrontar

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