Hay algo incómodo en la emoción que produce un Mundial.
La incomodidad aparece cuando comienzan a llegar los primeros aficionados y la ciudad deja de verse como la vemos quienes la habitamos. De pronto la observamos a través de ojos ajenos. Ojos que no conocen los trayectos de dos horas para recorrer unos cuantos kilómetros, la resignación con la que aceptamos una estación deteriorada, una banqueta rota o una obra pública que parece eterna. Ojos que llegan con la curiosidad intacta de quien está a punto de descubrir un lugar por primera vez.
Y entonces queremos que les guste.
Queremos que regresen a casa contando que estuvieron en una de las ciudades más vibrantes del planeta, que caminaron por calles donde conviven siglos de historia, que probaron una gastronomía imposible de abarcar en un solo viaje, que encontraron una hospitalidad que ninguna campaña turística podría fabricar. Queremos que vean la belleza.
Pero la belleza nunca llega sola. Junto a ella aparecen las costuras. La pintura lila aplicada a toda velocidad sobre algunas estructuras del Metro, los candiles improvisados, las intervenciones de emergencia, los esfuerzos por embellecer espacios que millones de personas utilizan todos los días revelan una verdad incómoda: sabemos perfectamente cómo debería verse una ciudad digna. Lo sabemos cuando las cámaras del mundo apuntan hacia nosotros. Lo sabemos cuando sentimos que debemos dar una buena impresión. Lo sabemos cuando llegan visitantes.
La pregunta es por qué ese mismo sentido de urgencia parece diluirse cuando quienes recorren esos espacios son estudiantes, trabajadores, madres con niños pequeños, personas mayores que utilizan el transporte público todos los días del año. Hay algo profundamente revelador en esa contradicción. Como si necesitáramos la mirada extranjera para recordar aquello que nuestros propios ciudadanos llevan años señalando.
Y, sin embargo, reducir el Mundial a esa discusión sería perder de vista algo extraordinario.
Durante unas semanas, personas provenientes de países separados por océanos, religiones, idiomas, sistemas políticos y realidades económicas completamente distintas compartirán los mismos espacios urbanos. Harán fila en los mismos aeropuertos, recorrerán las mismas calles, utilizarán el mismo Metro, buscarán refugio bajo la misma lluvia.
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El sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman escribió que la globalización acerca físicamente a las personas sin garantizar necesariamente que se encuentren. Quizá por eso resultan tan singulares acontecimientos como un Mundial. Porque producen algo que la globalización económica rara vez consigue por sí sola: convivencia. Una convivencia imperfecta, efímera, desordenada, pero real.
Vivimos una época que parece organizada alrededor de las diferencias. Las noticias nos recuerdan diariamente quién pertenece a un grupo y quién pertenece a otro. Nos clasificamos por nacionalidad, por religión, por ideología, por nivel de ingresos. Las redes sociales perfeccionaron el arte de reunirnos con quienes piensan parecido y alejarnos de quienes piensan distinto. El Mundial altera temporalmente esa lógica. Un aficionado musulmán celebra junto a un católico, un empresario europeo comparte mesa con una familia latinoamericana, un estudiante africano conversa con un jubilado mexicano. Las identidades permanecen, las creencias permanecen, las diferencias permanecen, pero dejan de monopolizar la conversación.
La pluralidad cultural abandona por unos días el lenguaje de los foros académicos y adquiere cuerpo. Tiene voz, tiene acento, tiene música, tiene recetas familiares, tiene maneras distintas de entender el tiempo, la celebración y la pertenencia. Camina por nuestras calles, pregunta direcciones, se pierde en el Centro Histórico, se emociona frente a una pirámide, descubre un puesto de tacos y se lleva una historia que probablemente contará durante años.
Quizá ahí reside la verdadera fuerza simbólica de un Mundial. En la posibilidad de reunir una pequeña muestra de la humanidad en un mismo destino y recordar que la convivencia sigue siendo posible.
La paradoja es que ese mismo acontecimiento funciona también como un espejo. Nos permite contemplar la riqueza cultural que somos capaces de compartir con el mundo y las carencias que seguimos normalizando puertas adentro. Nos recuerda que podemos sentir orgullo y exigencia al mismo tiempo. Orgullo por una ciudad capaz de recibir a millones de visitantes sin perder su identidad. Exigencia porque las condiciones que consideramos indispensables para recibir al mundo deberían ser igualmente indispensables para quienes viven aquí.
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Entre esas dos emociones transcurrirán estas semanas. La fascinación de ver reunidas culturas que en otras circunstancias jamás habrían coincidido y la certeza de que una ciudad no debería maquillarse para demostrar su valor. Debería ofrecer cotidianamente a sus habitantes la dignidad que intenta exhibir cuando recibe invitados. Tal vez esa sea la conversación más importante que deja un Mundial: la que comienza cuando dejamos de preguntarnos qué pensarán de nosotros quienes vienen de lejos y empezamos a preguntarnos qué merecemos quienes hemos estado aquí todo el tiempo.
mahc

