Fuentes de primer nivel me confirman que la Comisión Nacional de los Derechos Humanos abandonará definitivamente el Comité Técnico Especializado de Información sobre Instituciones de Derechos Humanos. La noticia ha permanecido prácticamente sepultada bajo el ruido político cotidiano, pero retrata con precisión el momento que vive el país: la institución encargada de defender a las víctimas decidió también retirarse del espacio donde se construyen los datos para documentarlas.

La salida no ocurrió de un día para otro. El deterioro fue gradual y perfectamente calculado. El 8 de octubre de 2019, la Junta de Gobierno del INEGI aprobó la creación de este Comité Técnico con un objetivo central para cualquier democracia que aspire a tomarse en serio los derechos humanos: coordinar instituciones para captar, procesar, sistematizar y difundir información que permitiera diseñar, monitorear y evaluar políticas públicas nacionales.

La presidencia del Comité recayó originalmente en la titular de la CNDH por una razón elemental: el organismo debía ocupar un papel central en la construcción de metodologías, estadísticas y diagnósticos sobre violaciones a derechos humanos en México.

Pero la Comisión de Rosario Piedra Ibarra optó por otro camino. Documentos oficiales muestran que el 23 de mayo de 2024 la CNDH notificó al INEGI su renuncia a la Presidencia del Comité. Ahora, según las fuentes consultadas, la retirada será absoluta. La Comisión ya no participará en este espacio de coordinación institucional.

La decisión resulta demoledora en un país atravesado por desapariciones, violencia criminal, fosas clandestinas, desplazamientos forzados y una crisis forense que sigue creciendo mientras el gobierno insiste en administrar la narrativa antes que la emergencia.

Quien controla las cifras controla también parte de la conversación pública. Reducir registros, abandonar metodologías o desdibujar mecanismos de información tiene consecuencias políticas muy concretas: disminuye presión, diluye responsabilidades y normaliza la tragedia.

Por eso el retiro de la CNDH no puede leerse como un trámite burocrático. Representa una renuncia deliberada a documentar el tamaño del desastre mexicano. Las madres buscadoras llevan años denunciando exactamente eso. Su exigencia de juicio político contra Rosario Piedra no surge de una disputa partidista ni de un desencuentro ideológico. Surge de la convicción de que la ombudsperson terminó alineándose con el poder al que debía vigilar.

Los hechos empiezan a darles la razón. La CNDH ha guardado silencio frente a la militarización, ha reducido confrontaciones con el gobierno federal y ahora abandona mecanismos institucionales relacionados con transparencia y producción de información pública sobre derechos humanos. El mensaje resulta devastador para miles de víctimas: el organismo autónomo encargado de acompañarlas ya ni siquiera considera prioritario medir lo que les ocurre.

La degradación institucional alcanza dimensiones todavía más graves cuando se observa el respaldo político que sostiene esta gestión. La presidenta Claudia Sheinbaum salió recientemente en defensa de Rosario Piedra y calificó como “innecesario” el juicio político solicitado por colectivos y organizaciones. La declaración revela el nivel de comodidad que hoy existe entre el poder político y una institución que originalmente fue diseñada para incomodar al Estado.

La CNDH nació para señalar abusos, emitir recomendaciones incómodas y documentar violaciones a derechos humanos incluso cuando resultara políticamente costoso. Bajo la dirección de Rosario Piedra, el organismo parece haberse conformado con administrar silencios y reducir tensiones con el oficialismo.

Mientras tanto, las víctimas siguen buscando a sus desaparecidos con palas, picos y fotografías colgadas al cuello. Siguen excavando fosas con recursos propios. Siguen enfrentando amenazas, indiferencia y abandono institucional.

Y ahora también deberán enfrentar una realidad todavía más perturbadora: la institución encargada de defender sus derechos decidió retirarse incluso del espacio donde se construyen los datos para contar su tragedia.

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