Nadie puede decirse sorprendido por el órdago que acaba de lanzar el gobierno norteamericano al movimiento de la 4T, con la solicitud para que detenga y extradite a 10 miembros de su célula sinaloense; entre ellos, conspicuos miembros de su élite.
El cuatroterismo controla al del Estado mexicano. Con malas artes, abuso del poder, fraude electoral y cientos de millones de pesos recaudados en los meandros del crimen organizado, se impuso sobre la nación mexicana.
Por ello, debe quedar claro que la acusación del Fiscal Federal para el Distrito Sur de Nueva York, Jay Clayton, y del Administrador de la Agencia Antidrogas de EU, es, estrictamente, un reto para el grupo en el poder, no para el pueblo de México, que en esta historia es la víctima.
Sin embargo, en tanto que cártel morenista, tiene las riendas del Poder Ejecutivo, Legislativo y Judicial, dirige procuradurías, fuerzas armadas y policiacas e instituciones sobre las que ejerce la rectoría económica del país, las consecuencias de sus tropelías y de este enfrentamiento con la potencia del norte afectará a todos los mexicanos.
Avisos y amonestaciones no faltaron. Fueron claros desde los tiempos de la presidencia de Biden, a quien el jefe supremo del morenismo desde el Palacio Nacional entretenía con chascarrillos y bobadas, mientras se daba rienda suelta a la política de abrazos y no balazos.
Así, la expansión del trasiego de drogas, el contrabando y la economía criminal: huachicol, cobro de piso, extorsión, asalto en carreteras, llegaron a su máxima impunidad; acompañada de barbarie, muerte y la multiplicación de desaparecidos, al tiempo que la hegemonía autoritaria del morenismo se consolidaba.
Con Trump las cosas comenzaron a cambiar, el trato se endureció. La Casa Blanca creó la figura de narcoterrorismo, la ubicó en el ámbito de su seguridad nacional y otorgó prioridad a su combate con todos los medios a su alcance. Por su lado, el nuevo gobierno federal mexicano leyó bien las señales y abandonó el cinismo y la socarronería tabasqueña.
Con cabeza fría les envió expeditamente, sin juicios ni retobos legales, a un centenar de capos de segundo y tercer nivel, como carnada para apaciguar sus exigencias y suavizar tensiones en otros ámbitos de la relación bilateral: comercio, migración, posicionamientos antagónicos geopolíticos.
Todo parecía ir más o menos bien, hasta que algo rompió el delgado hilo que sostenía la amable antipatía que se profesan los Ejecutivos de ambos lados de la frontera.
¿Qué provocó el ultimátum? Abundan las especulaciones al respecto, pero lo importante es lo que sigue; su desenlace y las consecuencias para el pueblo mexicano de las decisiones que tome el grupo en el poder, dañado al más alto nivel por las acusaciones y solicitudes norteamericanas.
Tres escenarios aparecen en las primeras horas de esta crisis: 1.- Rechazo de las demandas, absolución e impunidad interna. 2.- Extensión del litigio, a la espera de que Trump pierda las elecciones intermedias de noviembre, baje la presión y se vaya en 2029 a Mar-A-Lago. 3.- Allanarse a las solicitudes del Fiscal y de la DEA. Miel sobre hojuelas en la relación bilateral.
Cada escenario contiene impactos cruzados en lo económico, comercial y electoral. En todos, lo que está en vilo es la estructura superior de la narcopolítica y la precaria estabilidad económica que sostiene la maquinaria de control de votos del partido oficial.
Esto apenas comienza.
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