Hace un par de semanas escribí sobre una preocupación que considero fundamental para el futuro de México: estamos entrando en una de las transformaciones tecnológicas más profundas de la historia sin estar preparando adecuadamente a nuestros jóvenes para enfrentarla.

Un buen amigo me hizo después una pregunta sencilla: ¿y qué propones?

Tiene razón. Diagnosticar el problema no es suficiente. Si creemos que la educación determinará en buena medida quiénes serán los ganadores y perdedores de esta nueva era, tenemos también la obligación de preguntarnos qué tendría que hacer México para estar entre los primeros. No pretendo tener todas las respuestas. Pero sí creo que existen algunas prioridades que deberían estar por encima de ideologías, partidos políticos y sexenios.

La primera es recuperar los conocimientos fundamentales. Antes de hablar de inteligencia artificial, programación o robótica, nuestros niños tienen que saber leer, escribir y entender matemáticas. Parece obvio, pero no lo es. Un niño que llega a secundaria sin comprender adecuadamente lo que lee difícilmente podrá aprender por sí mismo durante el resto de su vida. Y esa capacidad será indispensable en un mundo en el que los conocimientos y las profesiones cambiarán constantemente. Necesitamos medir nuevamente el aprendizaje con seriedad. No para castigar maestros ni para elaborar rankings de escuelas, sino para saber dónde estamos. Lo que no se mide no se puede corregir. México necesita evaluaciones nacionales transparentes que permitan identificar las deficiencias y concentrar recursos precisamente donde más se necesitan.

La segunda prioridad son los maestros. Ninguna reforma educativa puede ser mejor que las personas que todos los días están frente a un salón de clases. México tiene cientos de miles de maestros extraordinarios que trabajan en condiciones muy difíciles. Necesitamos apoyarlos, capacitarlos y devolverles el reconocimiento social que merece su profesión. Pero también debemos exigir resultados. La capacitación, promoción y reconocimiento de los maestros deberían estar vinculados cada vez más a su preparación, desempeño y capacidad para lograr que sus alumnos aprendan.

La tercera es incorporar verdaderamente la tecnología a la educación. Esto no significa repartir computadoras o tabletas. Significa enseñar a nuestros jóvenes a utilizar la tecnología para pensar, crear y resolver problemas. La inteligencia artificial hará posible que un estudiante en una comunidad rural tenga acceso a herramientas educativas que hace apenas unos años estaban reservadas a las mejores escuelas del mundo. Bien utilizada, puede convertirse en un extraordinario igualador de oportunidades. Pero también puede hacer exactamente lo contrario. Las familias con mayores recursos ya están incorporando estas herramientas a la educación de sus hijos. Si la escuela pública no hace lo mismo, la brecha entre quienes tienen oportunidades y quienes no las tienen se volverá todavía mayor. Quizá ésta sea una de las consecuencias más injustas de nuestra falta de acción. Por eso deberíamos proponernos algo ambicioso: que todos los jóvenes mexicanos, independientemente de dónde hayan nacido o de cuánto ganen sus padres, terminen la educación media superior con un nivel adecuado de matemáticas, comprensión de lectura, inglés y alfabetización digital, incluyendo el uso responsable de la inteligencia artificial.

La cuarta prioridad es enseñar a pensar. Durante demasiado tiempo hemos confundido educación con memorización. En el mundo que viene, acumular información tendrá cada vez menos valor. Una máquina podrá encontrarla, procesarla y resumirla en segundos. Lo verdaderamente valioso será saber hacer buenas preguntas, distinguir información confiable de la que no lo es, argumentar, trabajar con otros, cambiar de opinión ante nueva evidencia y resolver problemas que nunca hemos visto antes. Eso es pensamiento crítico. Y probablemente será una de las habilidades más importantes del siglo XXI.

La quinta prioridad es conectar mucho mejor la educación con el trabajo. México tiene frente a sí una oportunidad extraordinaria por su cercanía con Estados Unidos, su base industrial y la reorganización de las cadenas productivas mundiales. Pero esa oportunidad no se aprovechará únicamente construyendo parques industriales. Necesitamos técnicos, ingenieros, programadores, especialistas en manufactura avanzada, logística, energía, salud y muchas otras disciplinas. La educación técnica debería dejar de considerarse una alternativa de segunda categoría. Países que admiramos por su productividad han construido sistemas extraordinarios de formación técnica y aprendizaje dentro de las empresas. México podría hacer mucho más vinculando preparatorias, universidades tecnológicas y empresas para que los jóvenes aprendan habilidades que realmente les permitan encontrar mejores empleos. Pero hay algo todavía más importante.

La educación no puede ser responsabilidad exclusiva del gobierno. Los empresarios debemos participar. Las universidades deben abrirse. Las organizaciones de la sociedad civil pueden innovar. Los padres de familia tienen que involucrarse. Y debemos recuperar una idea que parece haberse perdido: la educación de nuestros hijos es demasiado importante para convertirla en una disputa ideológica. México tiene alrededor de tres décadas para aprovechar plenamente su bono demográfico. Después, nuestra población comenzará a envejecer aceleradamente. La generación que hoy está entrando a las escuelas será la que determine si llegamos a ese momento como un país más productivo, próspero y equitativo o como uno que dejó pasar otra oportunidad. La inteligencia artificial y la revolución tecnológica no van a esperar a que México resuelva sus debates educativos.

Ya comenzaron.

La pregunta no es si van a transformar nuestro país. Lo harán. La pregunta es si nuestros jóvenes estarán preparados para construir ese futuro o simplemente tendrán que adaptarse al futuro que otros construyan para ellos.

Pocas decisiones que tomemos hoy tendrán mayores consecuencias.

@LuisEDuran2

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