Rossana Reguillo ha partido. Con ello, México pierde una de las miradas más lúcidas para comprender las violencias, las culturas juveniles y las fracturas de nuestro tiempo.
Profesora emérita del ITESO, universidad jesuita de Guadalajara, Rossana fue una académica de referencia en América Latina.
Sus investigaciones sobre movimientos urbanos, juventudes y espacio digital marcaron agenda y abrieron rutas para entender fenómenos que apenas comenzaban a nombrarse.
Obras como “Paisajes insurrectos: jóvenes, redes y revueltas en el otoño civilizatorio” y “Necromáquina. Cuando morir no es suficiente” dan cuenta de una trayectoria intelectual rigurosa y profundamente comprometida.
Quienes la conocimos sabemos que su trabajo no se limitaba al análisis. Rossana investigaba para incidir. Su pensamiento estaba atravesado por una pregunta constante: cómo hacer visible lo que se prefiere ignorar. En ese camino, su cercanía con las víctimas de la violencia nunca fue discursiva, sino ética y concreta. Su solidaridad con ellas fue indeclinable.
En mis primeros años como jesuita tuve la oportunidad de conocerla de cerca. Ahí confirmé su hondura intelectual y su carácter: una voz crítica, independiente, poco dispuesta a acomodarse a las inercias institucionales cuando éstas se alejaban de su convicción. Esa incomodidad —necesaria— es parte de lo que hizo de ella una académica excepcional.
Para las universidades de la Compañía de Jesús, su trayectoria encarna con claridad la investigación con pertinencia social, hoy más vigente que nunca. No se trató sólo de producir conocimiento, sino de hacerlo desde y para la realidad, con una responsabilidad ética frente a las desigualdades, las violencias y las exclusiones que marcan a nuestro país.
En uno de sus últimos textos, Rossana habló de la necesidad de crear “Contramáquinas”: prácticas capaces de desmontar las narrativas normalizadas de la violencia y abrir otros horizontes de posibilidad.
En esa intuición se condensa buena parte de su legado: la convicción de que, incluso en contextos adversos, es posible nombrar, acompañar y transformar.
Pese a que en los últimos años Rossana enfrentó problemas de salud, mantuvo intacto su compromiso con las mejores causas del país. No buscó acomodarse al nuevo status quo y fue congruente hasta el final.
Su legado permanece como una invitación exigente: no dejar de mirar, no dejar de nombrar y no dejar de actuar frente a aquello que deshumaniza. Ahora que ya descansa, echaremos en falta su voz.
Rector
Universidad Iberoamericana

