Ayer, 25 de mayo, el Papa León XIV publicó Magnifica humanitas, la primera encíclica de su pontificado.
El texto, dirigido a los fieles de su Iglesia, pero también a todas las personas de buena voluntad, se presentó en un acto que reunió al Sumo Pontífice junto con académicos y especialistas en IA. Participaron cardenales, dos teólogas y —dato no menor— Christopher Olah, cofundador de Anthropic, empresa que se ha enfrentado a gobiernos por proponer límites al uso de esta tecnología en la guerra. Esa composición de la mesa condensó una de las tesis centrales del documento: la IA es una cuestión que requiere de un análisis ético, político y social.
La carta fue firmada diez días antes, coincidiendo con el 135 aniversario de Rerum novarum, la encíclica que León XIII publicara en 1891. Aquel escrito de fines del siglo XIX respondió a los grandes conflictos sociales de la era industrial: la explotación obrera, la concentración de la riqueza y las indignas condiciones de trabajo.
León XIV eligió colocar su primera gran enseñanza social frente a una nueva transformación histórica: la Inteligencia Artificial. Si Rerum novarum se preguntaba por el lugar del trabajador en la era de las fábricas y la ausencia de derechos laborales básicos, Magnifica humanitas se pregunta por el lugar de la persona en la era digital.
Su publicación se inscribe en un escenario internacional que no puede ignorarse. La IA se desarrolla en un mundo con múltiples conflictos bélicos, corporaciones transnacionales más poderosas que los Estados, y gobiernos que usan la tecnología para vigilar y perseguir. Ante esta realidad, el Papa “desarma” la IA y llama a defender el multilateralismo y los derechos humanos.
También aborda la cuestión del trabajo: la IA promete eficiencia, pero puede producir precarización. La encíclica señala que la innovación tecnológica no lo resuelve todo; se necesita protección salarial, formación y participación de las y los trabajadores.
Como rector de una universidad jesuita, observo en el aporte del Papa León XIV una contribución fundamental: la IA ya está cambiando el trabajo, la educación, la seguridad, la economía e incluso la guerra.
Todo esto interpela directamente a la educación superior en su tarea más propia: formar. Quien diseña, programa o aplica sistemas de IA debe recibir formación ética, jurídica y social, porque la competencia técnica sin conciencia crítica no es una virtud: es un riesgo. No podemos darnos el lujo de graduar especialistas brillantes que sean incapaces de reconocer un sesgo discriminatorio, de anticipar el impacto de un algoritmo sobre el empleo o de preguntarse quién se beneficia y quién pierde con una tecnología determinada. Al respecto —y acertadamente—, el jesuita Javier Gorostiaga decía que no podemos seguir formando profesionales exitosos en sociedades fracasadas.
Magnifica humanitas acierta al plantear la alternativa de fondo: Babel o Jerusalén. Babel es la construcción de edificaciones endebles que instrumentalizan la técnica para dominar. La imagen de Jerusalén, según la propuesta de León XIV, es la construcción paciente de una ciudad común, donde la inteligencia esté al servicio de la dignidad y donde sea posible dialogar. La universidad no debe dudar ante esta alternativa: está especialmente llamada a no correr detrás de cada novedad; a tomarse el tiempo para preguntar —con rigor y esperanza— qué tipo de humanidad estamos construyendo con las nuevas tecnologías. Está llamada, como sugiere El Papa, a cuidar lo humano.

