El pasado 11 de abril, durante una vigilia de oración para invocar la paz, el Papa León XIV advirtió sobre el “delirio de omnipotencia que se vuelve cada vez más impredecible y agresivo a nuestro alrededor”.

“¡Basta ya de la guerra!” clamó el Sumo Pontífice, al tiempo que instó a quitar “terreno a la polémica y a la resignación con la amistad y la cultura del encuentro”: a “volver a creer en el amor, en la moderación, en la buena política”.

El llamado de León XIV ocurre en una encrucijada especialmente dramática para la humanidad; un momento marcado por la continuidad de la guerra en Europa y en Medio Oriente, el debilitamiento del multilateralismo y el regreso de la fuerza como única razón.

Su llamado de paz, sin embargo, fue descalificado con dureza por el Presidente de los Estados Unidos, quien sin atender el mensaje decidió atacar al mensajero y llamó al Papa “débil” frente al crimen y “terrible” para la política exterior, al tiempo que lo exhortó a comportarse como un “Gran Papa” y no como un “político”.

Interrogado al respecto por la prensa, el Papa recordó con la serenidad que le caracteriza que su mensaje corresponde al Evangelio, que enseña que son bienaventurados y bienaventuradas quienes trabajan por la paz. Así, descartó que su visión esté politizada y confirmó que seguirá alzando la voz a favor del diálogo y el multilateralismo, contra la guerra, sin temor.

Este intercambio pone de relieve la importancia de la voz del Papa en el actual panorama global, y muestra las dificultades que enfrentan en el presente quienes trabajan por la paz en contextos altamente polarizados.

Respecto de lo primero, es claro que la voz de León XIV es la de un actor global que se pronuncia con una consistencia y una independencia que pocos detentan en el panorama actual. Para quienes compartimos su fe, este testimonio es también signo de la acción divina en la historia y muestra de que la Iglesia actúa en el mundo como madre y maestra.

Sobre lo segundo, el intercambio muestra que abogar por la paz –o, para efectos prácticos, por la justicia, o por los derechos humanos— en la compleja circunstancia en que nos encontramos, puede suscitar las descalificaciones de quienes asumen que en el debate de los asuntos públicos el campo está reducido, a dos polos que no

pueden dialogar entre sí para encontrar terreno común. Una perspectiva muy difundida en el mundo contemporáneo, donde el “delirio de la omnipotencia” ha ganado espacio.

México no ha estado exento de esta pulsión. Lo hemos visto recientemente, con la andanada de descalificaciones injustas en contra del Comité de la ONU sobre las Desapariciones Forzadas, que de forma acertada y constructiva ha puesto el énfasis en la necesidad de que México reciba asistencia técnica internacional para hacer frente a la inmensa crisis de desapariciones.

Trabajar por la dignidad en un mundo polarizado y en sociedades deshumanizadas, no es sencillo. Implica la capacidad de tender puentes para buscar los puntos de encuentro, sin renunciar a la crítica. Supone formular propuestas, sí, pero no a costa de silenciar la denuncia frente a aquello que es inadmisible. Requiere trascender tanto el señalamiento estridente como el acomodo condescendiente frente al poder. Exige entender a cabalidad que la paz es fruto de la justicia. Pocos y pocas son quienes logran amalgamar estas dos dimensiones; quienes conjuntan la capacidad de diálogo y la firmeza en la indignación.

El mensaje del Papa no es político, aunque ciertamente es contracultural: pondera la humildad por encima de la desmesura, la pobreza sobre la búsqueda de poder, la compasión frente a la agresividad, el diálogo frente al monólogo. León XIV, con un irrenunciable compromiso con lo concordia y con una innegable valentía profética, nos está dando un ejemplo encomiable sobre cómo trabajar por la paz y cómo hacer frente a los delirios de omnipotencia que abundan en el presente. Vale la pena escuchar su voz y sopesar su testimonio.

Rector

Universidad Iberoamericana

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