La popularidad presidencial es muy parecida a una tarjeta de crédito. Las hay con topes reducidos y otras de colores oscuros y metales preciosos con las que se puede gastar a placer: alquilar Ferraris, comprar joyas extravagantes o alojarse en suites principescas. De igual manera, un presidente popular puede, si tiene crédito suficiente, decir una cosa y después la contraria y recibir el aplauso de sus bases y un prudente y comprensivo silencio de las bancadas del Congreso y sus aliados funcionales.

Digo esto porque, en materia migratoria, el mandatario ha desplegado, en tres años, tres posturas contrastantes sin que se advierta en el Congreso una voz de alerta. Y no lo digo por lo escandaloso de la mudanza, porque cuando se es popular la coherencia es una minucia, pues la masa aplaude cuando dices digo y cuando dices Diego, sino por sus consecuencias; toda decisión presidencial en política exterior sienta precedente.

En su Plan Nacional de Desarrollo, AMLO decía que transformaría a los consulados en defensores de migrantes y estableció que no se metería en el proceso político del vecino. Lo cito para evitar confusión:

“…las presidencias neoliberales (…) trataron de impulsar en el país vecino una reforma migratoria y en ese afán recurrieron al cabildeo legislativo y a la formulación de propuestas de negociación. Pero, en rigor, la política migratoria es un asunto soberano de cada país, y en ese sentido los representantes del viejo régimen incurrieron en prácticas intervencionistas injustificables y perniciosas” .

Del PND ya ni él se acuerda, pero sigue vigente. En una alocución a los migrantes en NY sugirió que “exhibiría" a los legisladores americanos que no apoyaran la regularización de migrantes y el pasado jueves dio una vuelta más a la tuerca, pues además del “balconeo”, amenazó con sugerir a los mexicoamericanos que no votaran por el partido cuyos legisladores se opusieran a esa ley.

Es curioso que, el primer mandatario que no quiso decir “esta boca es mía” frente a Donald Trump sobre estos temas, ahora muestre esta proclividad al activismo en tierra extraña. Me pregunto si realmente cree que, desde las mañaneras, se puede influir (como lo hace en México) en el ánimo de millones de compatriotas para condicionar su voto en un sentido. Sigue pendiente, por cierto, la reorientación que le dará a los consulados cuya reestructuración ha anunciado ya desde hace varios meses. ¿Será más política la misión que se les pida a los cónsules?

Influir en el proceso americano es una apuesta riesgosa pues, además de un cambio en la línea política, al optar por erigirse en grupo de presión en el Congreso norteamericano, como lo hacen otras comunidades, tiene implicaciones inmediatas. Una de ellas será que el Partido Republicano y algún otro recalcitrante podrán agregar a su tradicional antimexicanismo la expresión de una injerencia que no augura nada bueno.

Y lo segundo es que, una vez que se ingresa por la vía de hacer política en otro país, no se puede sugerir que no se haga lo mismo en el propio. Imaginar al embajador Salazar señalando con el dedo flamígero a los legisladores que aprueben una versión lesiva para sus intereses de la reforma eléctrica, me parece preocupante. O que, en 2024, desde la Casa Blanca sugieran no votar por Claudia Sheinbaum. ¿Se imagina usted?

Queda claro entonces que la popularidad sirve para disimular inconsistencias, pero igual que ocurre con las tarjetas de crédito, al final del periodo se tiene que pagar la totalidad o a plazos con onerosos intereses. Ojalá lo piense bien. Feliz Navidad.

Analista político.
@leonardocurzio

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