Es frecuente que respondamos a los estímulos sin reparar en los efectos colaterales de nuestras decisiones. Es frecuente que un estímulo inesperado provoque desconcierto, nos haga trastabillar y no demos una respuesta apropiada. Puede ser, también, que, percatándonos de la inconveniencia, presiones internas nos condicionen y nos lleven a un callejón sin salida.

Al gobierno le ocurrió esto con el expediente que involucra a la élite política de Sinaloa. La respuesta gubernamental resulta contraintuitiva para sus socios norteamericanos y probablemente contraproducente para su propia reputación como lo demuestra el creciente número de artículos independientes y las encuestas que han profundizado en el caso. Me explico.

La presidenta estableció una política basada en satisfacer los requerimientos del gobierno americano, incluso con algunos añadidos. Ganó prestigio, dentro y fuera del país, por su habilidad para manejar al impulsivo vecino y sus peticiones. Cedía impasible a lo que se le pedía desde DC y mantenía la calma cuando Trump insultaba a México, tejía sus tóxicas posverdades, como la invasión de los migrantes, e incluso hacía escarnio de la presidenta. Ella reiteraba, oronda, su apego a la doctrina Kalimán (serenidad y paciencia).

Con este proceder obsequioso, pero aplomado, hemos transitado de prórroga en prórroga por los vericuetos de los aranceles, articulando la narrativa de que siendo lesivos e inicuos, eran menores a otros países. No hemos sido particularmente vocales (más bien prudentes) en la forma agresiva en la que el ICE ha tratado e incluso matado a migrantes. La intervención de tres entidades financieras se hizo en pocas horas, sin demasiadas resistencias y sin demasiadas pruebas.

La presidenta accedió a militarizar la frontera y asumir los objetivos del combate al fentanilo como propios. Ofreció más de 90 prisioneros al altar de Trump sin petición formal y se autorizó la detención de Weddings por el FBI en la capital.

No atendió, sin embargo, una serie de advertencias que le hicieron (a través de declaraciones públicas y artículos de prensa) sobre la necesidad de desmantelar la estructura político criminal. Se lo dijeron desde el principio.

Ahora parece querer dar un golpe de timón a su propia política y eso a los americanos les resultará contraintuitivo. No es fácil comprender que quien haya cedido en casi todo, encuentre intransitable el expediente de sus correligionarios sinaloenses.

Aquí es donde la reputación de la presidenta y su gobierno se pueden ver comprometidos. No puede invocar la cooperación bilateral para gestionar la agenda de seguridad y al mismo tiempo renegar de ella. Ha pedido a sus legisladores que, con este caso, recorran el país llevando el mensaje de la defensa de la soberanía cuando la mayoría (encuesta de Reforma) no está convencida ni de la pulcritud de los indiciados, ni de la solvencia de las instituciones mexicanas. ¿Hará una convocatoria al Zócalo? La presidenta se juega el resto defendiendo una causa que la mayoría no siente que esté en juego la soberanía, sino el encubrimiento de los propios socios.

La soberanía no se mancilla porque un socio pida por la vía legal lo que, por otra parte, se le entregó como ofrenda política en otros casos.

Ningún gobierno se ofende por una petición de ese tipo. ¿Insultamos acaso a Israel por solicitar la entrega de Zerón? No veo por qué se les complica tanto, aunque claramente lo intuyo. No entregarlos es preservar el pacto de impunidad y los arreglos con criminales, que son una blasfemia para una democracia.

La relación con Estados Unidos debe tener coherencia, continuidad y credibilidad. No puede ser que tengas una opinión en las duras y otra en las maduras.

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