No hay cosa peor para un político que ignorar el contexto en el que se mueve. Igual que un actor que no entiende que un cómico no cabe en una tragedia, el político debe saber que cuando tiene responsabilidades de gobierno hay ciertas cosas que no puede hacer. La más relevante es entender que quien forma parte de la mayoría gobernante no puede comportarse sistemáticamente como un actor arrogante y disruptivo.
Acudir a mesas de debate o a entrevistas intentando avasallar, con una combinación de superioridad moral y condescendencia, es una fórmula derrotada por desgaste. El estilo confrontador y desafiante, empleado tantas veces por la expresidenta de Morena, fue apropiado para quien aspiraba llegar al poder. Su estilo, entonces, era irreverente y juvenil, como muchas de esas jóvenes que creen que gritando en las tertulias o las mesas de debate se llenan de razón. Pero ese mismo mecanismo retórico usado cuando se tiene el poder, resulta asfixiante. El estilo del “perdonavidas” ha marcado a una joven generación de morenistas.
El poder no solamente sirve para colocar a tus amigos y a tu familia en una situación de privilegio, implica también un amplio trabajo de pedagogía y construcción de la razón pública, aunque sólo sea por el breve tiempo que te toque tenerlo. El poderoso, en una democracia, propende a la construcción de un ambiente convivial y razonable, para mandar sin que se sienta un ambiente opresivo e irrespirable. Escucha a sus críticos con el ánimo abierto de quien también participa en la deliberación pública; la oposición no es afrenta, es parte del juego político en una sociedad pluralista. Es como si una selección de las que vienen al Mundial dijera que sus rivales no tienen derecho a parar y a chutar el balón. Que el juego es solamente de ellos. El poderoso actúa en democracia de manera similar a como los directores de las escuelas gobiernan sus centros de estudio. El director no puede ser parte de las broncas cotidianas y mucho menos de las reyertas estudiantiles, no baja al patio a gritar, desafiar o alburear: dirige y canaliza.
Cuando se tiene la mayoría, las responsabilidades en la conducción pasan por encima del lucimiento personal. Todo aquel que tenga un cargo debe saber que por su persona habla el partido, la bancada mayoritaria o el mismo gobierno. En consecuencia, ese ánimo de usar la espada argumental, como si estuviesen debatiendo dos rivales en igualdad de condiciones, es no solamente polarizador sino profundamente irritante.
La forma en que Alcalde y Arturo Ávila han, por ejemplo, ejercido su función de dirección y vocería, tiende más a la búsqueda de un protagonismo personal que propiamente a la defensa eficaz de argumentos. Pero más allá de ello, la responsabilidad de un partido y de un grupo parlamentario mayoritario debe ser ayudar a quitarle tensión al país y acomodar las discusiones públicas en un clima mucho más sereno.
Supongo que el relevo de Luisa María Alcalde obedece, entre otras cosas, a ese tono. Naturalmente sería poco esperable que en la consejería jurídica mantuviese esa actitud. Creo que fue una buena secretaria del Trabajo, por lo tanto, un estilo más contenido no le es ajeno. Gobernar significa también equilibrar, conceder y construir y no solamente elevar el tono de voz y hablar como si uno fuese moralmente superior. Claramente no lo son y han resultado incompetentes para preservar una alianza y darle a Morena la cara de un partido moderno y dialogante. Lejos de invitar al diálogo y a la construcción de acuerdos que los trascienda, ese estilo del “perdonavidas” predispone a confrontar y a descalificar. El reloj avanza y a estas alturas lo que los debe ocupar es demostrar que sí saben gobernar y no solamente polemizar.
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