Edith Guadalupe Valdés tenía 21 años. Salió a una entrevista de trabajo y no regresó. Su familia la buscó, entregó información, señaló el lugar donde había estado, presionó a las autoridades. Después vino lo que ya conocemos demasiado bien. Horas perdidas, respuestas tardías, funcionarios señalados por presunta extorsión, una Fiscalía que terminó apartando personal y un cuerpo encontrado cuando el Estado ya había fallado en lo más elemental: actuar a tiempo.
La responsabilidad directa es de la Fiscalía de la Ciudad de México. Hay que decirlo con precisión. Pero el caso Edith obliga a hacer una pregunta más amplia: ¿para qué sirve una Secretaría de las Mujeres si, frente a la desaparición y feminicidio de una joven, el Estado sigue funcionando como si las primeras horas no importaran, como si las familias tuvieran que investigar, como si la presión pública fuera parte del protocolo?
La salida de Citlalli Hernández de la Secretaría de las Mujeres para presidir la Comisión Nacional de Elecciones de Morena no es un detalle administrativo. Es una definición política. Apenas un año después de encabezar una dependencia creada como emblema del primer gobierno federal encabezado por una mujer, Hernández deja el cargo para operar la maquinaria electoral de su partido rumbo a 2027. ¿Qué compromiso real con las mujeres puede tener alguien que se queda un año en este cargo? Entonces, no me queda claro, ¿fue Citlali secretaria de Estado o vocera de Morena con cargo público?
No se trata de negar lo que sí ocurrió. Durante su gestión, impulsó los Centros LIBRE, firmó convenios, distribuyó millones de cartillas de derechos y participó en acuerdos relevantes, como el cruce de información entre BANAVIM y bancos forenses federales. De hecho, en este mismo espacio hablamos sobre ese acuerdo: era necesario, urgente pero llegó demasiado tarde. La pregunta entonces era por qué algo previsto desde la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia de 2007 apenas se presentaba como novedad en 2026. Quizá “esa novedad” fue uno de sus mayores logros. Y aun así, es insuficiente.
Porque el caso Edith muestra el tamaño de la distancia entre firmar acuerdos y cambiar la respuesta real del Estado. ¿De qué sirve conectar bases de datos si una familia tiene que empujar una búsqueda? ¿De qué sirve repartir cartillas si las instituciones siguen llegando tarde? El problema —como advierte el Banco Mundial— no es la ley, es que el Estado no ha construido las condiciones para que se cumpla. Y alguien tendría que estar empujando eso. ¿De qué sirve una Secretaría si su titular puede dejarla a medio camino para cuidar candidaturas? ¿De qué sirve la paridad de género en el gobierno si siguen matando mujeres? Ya no se diga de empujar el cierre de la brecha de género en la participación laboral o mejores condiciones para que las mujeres puedan acceder a mejores salarios y condiciones económicas.
México ya superó, al menos en el discurso, la etapa del viejo aparato decorativo. En tiempos de Peña Nieto, la política de género podía reducirse demasiadas veces a actos del 8 de marzo, eventos en Los Pinos, discursos correctos y avances mínimos. Hoy existe una Secretaría. Hay reformas. Hay presupuesto. Hay lenguaje de igualdad sustantiva. Hay cartillas, convenios, centros y programas.
Pero las mujeres no viven en la arquitectura institucional. Viven en la calle, en el transporte, en el trabajo, en la casa, en el Ministerio Público. Y ahí la promesa sigue fallando.
Una Secretaría de las Mujeres no tendría que existir para visibilizar futuras figuras políticas ni para administrar pedagogía pública. Tendría que servir para alterar el funcionamiento del Estado: exigir fiscalías que respondan, refugios con recursos suficientes, homologación real del feminicidio, sistema nacional de cuidados, presupuesto transversal verificable y mecanismos de seguimiento que no dependan del escándalo.
La salida de Citlalli deja una incomodidad puntual. Tal vez el problema no es sólo si faltó presupuesto, visión o una mejor secretaria. Tal vez el problema es que la agenda de las mujeres sigue siendo tratada como causa noble mientras no estorbe a las urgencias de la próxima elección.
Estoy segura que Edith no necesitaba una cartilla de los derechos de la mujer. Edith necesitaba un Estado que actuara a tiempo.
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