El Mundial 2026 será, muy probablemente, el evento más feminizado económicamente en la historia del futbol mexicano. Casi nueve de cada diez mujeres decidirán o coparticiparán en cómo se gasta el dinero alrededor del torneo. Comprarán la comida, organizarán las reuniones, pagarán el streaming, elegirán los jerseys y sostendrán la logística doméstica que hace posible que el país “viva” el evento.

Y sin embargo, el Mundial no fue pensado para ellas. Llevamos meses escuchando la narrativa oficial. La abandonada Secretaría de las Mujeres impulsa torneos para que niñas y mujeres “vivan el Mundial” en sus comunidades. La jefa de gobierno, Clara Brugada, presenta una agenda con home office y suspensión de clases para la Ciudad de México. La presidenta, Claudia Sheinbaum, anuncia que regalará su boleto inaugural a una niña. El mensaje es claro y repetido: este será también “el Mundial de las mujeres”.

Es la primera vez que un Mundial se organiza políticamente bajo un gobierno de mujeres. Y la contradicción está presente. Porque las mismas mujeres que decidirán buena parte del consumo son las que, según el reporte “El Mundial en las Mujeres” de La Labó (encuesta nacional a 1,500 mexicanas), tienen que negociar cada minuto para poder verlo. El 60% deberá reorganizar su rutina diaria. Más de cuatro de cada diez, entre 25 y 34 años, solo podrán verlo si no interfiere con los cuidados y obligaciones domésticas. El Mundial no llega como ocio. Llega como una carga más que se suma a las 39.7 horas semanales de trabajo no remunerado que, según el INEGI, ya cargan las mexicanas, más del doble que los hombres.

Sumado a esto, seis de cada diez mujeres, respondieron haber vivido violencia en espacios futboleros. Dudas sobre su conocimiento, comentarios condescendientes, burlas, incomodidad. Y aun así, 62.5% considera que esos espacios son “más incluyentes que antes”. La normalización no es un detalle; es el mecanismo que permite que el sistema funcione sin cambiar. Las mujeres ya están dentro. Pero siguen pagando el costo simbólico de pertenecer.

El reporte también confirma que las mujeres no son audiencia pasiva. Son actoras económicas. El 28.4% prevé aumentar su gasto. El 43.3% tiene la última palabra sobre cómo se distribuye ese dinero. Compran alimentos y bebidas (53.6%), salen a restaurantes y reuniones (36%), adquieren jerseys (21.7%). Pero lo hacen sin que el evento modifique las condiciones estructurales que les permiten participar.

Por eso la propuesta de home office durante el Mundial es tan reveladora. En el papel, es una medida “con perspectiva de género”. En la práctica, para millones de mujeres significa concentrar en el mismo espacio el trabajo remunerado, los cuidados, la organización familiar y la experiencia colectiva del torneo. El caos vial, los precios que suben, la logística extra: alguien tiene que absorberlo. Y ese alguien tiene nombre y género.

El problema ya no es la visibilidad. Las mujeres ya están ahí. Ya consumen. Ya sostienen. Lo que sigue intacto es la arquitectura misma de la participación: el tiempo, la violencia normalizada, la doble jornada.

Cuando se les preguntó qué esperaban de las marcas patrocinadoras, la mayoría no pidió descuentos ni campañas emotivas. Pidió apoyo real al futbol femenil. Menos narrativa aspiracional y más cambios estructurales. El mismo pedido, leído entre líneas, se puede extender al gobierno: menos símbolos y más realidad material.

Porque el discurso político ya incorporó a las mujeres al relato. Lo que falta es incorporarlas a la organización concreta de la vida cotidiana. El Mundial 2026 no va a esperar a que resolvamos la pobreza de tiempo ni la violencia normalizada. Ya está aquí. Y alguien, otra vez, va a tener que hacerlo todo.

La pregunta que queda es incómoda pero urgente: ¿qué significa gobernar con perspectiva de género cuando el evento más grande del país ya está diseñado sin considerar las condiciones reales en las que viven las mujeres que, al final, lo sostendrán?

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