Covid: el desasosiego de no poder ayudar

Latife Salame Khouri

Antes de la pandemia, cuando un paciente acudía a ti y no contaba con recursos económicos, seguro de gastos médicos ni seguridad social, te las ingeniabas para atenderlo y sabías a dónde referirlo si requería hospitalización

Quiero pensar que, ante el dolor y el sufrimiento ajenos, la mayoría de los seres humanos estamos dispuestos a ayudar. Ayudar requiere de empatía. Es necesario ponernos un minuto en los zapatos de quien sufre para querer evitar que lo siga haciendo.

En México, nos caracterizamos por extenderle una mano a quien la necesita en momentos de apuro. Ya sea en nuestro país, o fuera de él, siempre habrá un brigadista mexicano entre los escombros de un sismo, no faltará la colecta de alimentos para los damnificados de un huracán, siempre habrá quien ceda su asiento, quien cargue una caja pesada.

Y una vez más, a pesar de que la pandemia por COVID-19 lleva cuatro meses azotando los ánimos de nuestra nación, las ganas de ayudar no han faltado. La solidaridad se ha hecho presente: desde los grupos en redes sociales para que los vecinos ofrezcan sus servicios, hasta las fundaciones que donan material a hospitales.

Todos los actos de apoyo, desde el más pequeño hasta el más grande, nos hacen recobrar la esperanza en la humanidad y nos inyectan una dosis de optimismo, necesaria para sobrevivir al bombardeo constante de malas noticias.  

Ayudar nos permite encontrar un lugar en el engrane del mundo y sentirnos útiles.

Son varios y diversos los móviles para elegir ser médico, habrá quien escoja esta carrera por su interés en la ciencia, por tradición familiar, por el estatus social o por sus aptitudes académicas; sin embargo, siempre prevalecerá el deseo de ayudar.

En los últimos cuatro meses, los médicos hemos tenido la posibilidad y la responsabilidad de ayudar a enfrentar la pandemia; pero, tristemente, y contrario a lo que se pensaría, también se ha visto limitada nuestra capacidad de apoyo. Esto es, definitivamente, uno de los obstáculos más difíciles y frustrantes a los que me he enfrentado durante la contingencia.

Como médico conoces las limitaciones del sistema de salud mexicano, pero también sus virtudes. Antes de la pandemia, cuando un paciente acudía a ti y no contaba con recursos económicos, seguro de gastos médicos ni seguridad social, te las ingeniabas para atenderlo y sabías a dónde referirlo en caso de que requiriera hospitalización. Sí, los hospitales públicos estaban saturados y la atención podía ser tardada, sí, faltaban medicamentos y materiales, sí, los trabajadores de la salud no se daban abasto, pero, los pacientes eran atendidos y cada uno de los implicados se encargaba de que la atención fuera de la mejor calidad posible.

Desde que empezó la pandemia, en más de una ocasión, no he podido ayudar a pacientes que requerían hospitalizarse. En todos los casos, los pacientes tenían dificultad respiratoria y necesitaban ser atendidos de forma urgente.

Uno de estos pacientes era médico, llevaba días con síntomas de COVID-19 y le costaba trabajo respirar. Su familiar me llamó para que le ayudara a conseguir una cama, me dijo que no tenían seguro pero que estaban dispuestos a pagar lo que fuera. Le expliqué que yo no tenía la facultad de asignar camas y le sugerí acudir a un hospital privado donde tenían una baja mortalidad en los pacientes que atendían por COVID-19. El paciente y su familia acudieron al servicio de urgencias de este hospital, de donde los rechazaron porque sus tarjetas no tenían los fondos suficientes para cubrir el depósito inicial. Me llamaron desesperados porque el paciente no podía respirar y le estaban negando la atención. Les di una lista de hospitales públicos que, de acuerdo con el mapa de ocupación del gobierno de la Ciudad de México, tenían camas disponibles. El paciente y su familia peregrinaron seis horas más, siguiendo el mapa; hasta que, por fin, lo recibieron en un hospital.

No tengo camas de hospital, no tengo tanques de oxígeno, no podía hacer más por ellos. Desanima saber que la salud se ha convertido en un negocio.

“Doctora, ayúdeme.” Sin ganas de sonar pretenciosa, la mayoría de las veces podía responder a esa petición, ya sea que yo misma la atendiera o pidiera el apoyo de algún colega. Hoy, me duele recordar que en más de una ocasión no he podido ayudar como me gustaría, como estoy acostumbrada.

Me siento afligida y consternada por las desigualdades cada vez más marcadas de nuestra sociedad. Quien puede pagar la atención médica, tiene una segunda oportunidad de vida, quien no, tiene que errar de hospital en hospital, esperando encontrar una cama libre. Y, además, no basta con ser hospitalizado, tu suerte debe ser lo suficientemente grande para que el nosocomio tenga los medicamentos, los dispositivos de ventilación y el personal capacitado para atenderte.  

Me desasosiega no poder ayudar a mis seres queridos. Al principio de la pandemia, estaba verdaderamente intranquila por no saber qué hacer si alguno de ellos enfermaba. ¿A dónde llevarlos? Todos los hospitales que conocía estaban llenos. ¿Para qué tienen una médica en casa que no puede hacer nada por ellos? Me sentía frustrada. Tenía que salir de casa cuanto antes, yo era el principal factor de riesgo para que enfermaran.

Mi esposo me ayudó a recobrar la calma; tendríamos las precauciones y medidas de higiene adecuadas y con eso cuidaríamos de nuestros seres queridos. Prevenir es otra forma de ayudar.

Espero que la solidaridad de la sociedad mexicana se siga haciendo presente. La pandemia está lejos de terminar y hoy, más que nunca, necesitamos la ayuda de todos.

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