La Estimación Oportuna del PIB del primer trimestre de 2026 publicada por el Inegi dejó cifras incómodas: la economía mexicana habría retrocedido 0.8% en términos reales en el período enero-marzo y a tasa anual apenas avanzó 0.1%. No es un dato aislado. Desde el tercer trimestre de 2024, el crecimiento anual no supera el 0.6% y las actividades secundarias (manufactura, construcción, minería) registran ya cinco trimestres consecutivos en terreno negativo, con una contracción anual de 1.1% en el arranque de 2026. El diagnóstico es claro: México no está en recesión técnica, pero lleva tres años atrapado en una zona de crecimiento tan bajo que, en términos de bienestar y empleo de calidad, el resultado es prácticamente el mismo.
Lo que hace más preocupante al dato reportado es el retroceso simultáneo de los tres grandes bloques productivos en términos trimestrales: las actividades primarias cayeron 1.4%, las secundarias 1.1% y las terciarias 0.6%. En el plano anual, solo los servicios lograron cifras positivas de 0.9%, mientras las primarias cayeron 0.1% y las secundarias 1.1% por segundo trimestre seguido. El patrón se confirma en el consumo: el Indicador Mensual del Consumo Privado reportó en febrero de 2026 una caída mensual de 0.5% y una contracción anual de 1.5% en el componente nacional, con bienes duraderos derrumbados 20.4% en doce meses. El único alivio provino de los bienes importados, que crecieron 11.7% anual, señal de que la demanda interna se desplaza hacia el exterior en lugar de dinamizar la producción doméstica. La manufactura, columna vertebral de las exportaciones y del empleo formal, es el frente más deteriorado y el que más arrastra al conjunto.
Detrás del estancamiento hay dos parámetros que lo explican con precisión. El primero es la inversión fija bruta: en febrero de 2026 registró una caída mensual de 0.8% y una contracción anual de 3.6% con cifras desestacionalizadas, acumulando así 18 meses consecutivos de retroceso desde septiembre de 2024. La maquinaria y el equipo se hundieron 9.7% anual; la inversión privada cayó 5.4%, mientras la pública avanzó 3.5%, insuficiente para compensar. No se puede soslayar que en el cuarto trimestre de 2025 la IED fue negativa por más de 5 mil millones de dólares. Sin inversión no hay expansión del aparato productivo; sin ello, no hay producción adicional y sin producción adicional no hay empleo formal.
El segundo parámetro es el mercado laboral: la tasa de informalidad se ubicó en 55.0% en marzo de 2026, confirmando que más de la mitad de los trabajadores mexicanos opera fuera del régimen de protección social y de productividad que exige una economía moderna. La combinación de inversión debilitada e informalidad estructural no es una coincidencia: es la expresión de un entorno donde las reglas del juego desincentivan la formalización y la apuesta de largo plazo.
El comportamiento de los componentes del PIB entre 2023 y 2025 revela cómo se desarmó el motor de la economía mexicana, trimestre a trimestre. De entrada, los pilares internos han mostrado erosión. En 2023, el consumo privado aportó entre 5.2 y 6.1 puntos porcentuales (pp) al crecimiento en los primeros tres trimestres, mientras la inversión sumó hasta 3.3 pp en el tercero. Pero ambos colapsaron en 2024: el consumo cayó a 1.9 pp en el cuarto trimestre, y la inversión entró en terreno negativo desde entonces, sin recuperarse en ningún trimestre de 2025.
En segunda instancia, el gasto público ha sido insuficiente en tanto que el sector externo ha tomado la estafeta como impulsor. El gasto público no ha aportado más de 0.5 pp en tres años. Por su parte, las exportaciones compensaron parcialmente (4.8 pp durante 2025, pero apenas 0.9 pp al cierre del año), en tanto que las importaciones drenaron 4.8 pp en el mismo período; lo que resultó en una economía sin avances, con consumo volátil, inversión ausente y debilidad estructural.
Recuperar tasas de crecimiento superiores a 3% de forma sostenida exige actuar en cinco frentes simultáneos: elevar la inversión pública por encima de 25% del PIB ejecutando el Plan México con eficacia; garantizar certidumbre jurídica para escalar el nearshoring; abaratar y asegurar el suministro energético; consolidar el Estado de derecho; y reducir la informalidad de 55% para elevar la productividad. La evidencia confirma que México puede lograrlo. La pregunta es si hay voluntad política para introducir reformas coherentes y sostenidas.
Este diagnóstico de 2026 es la factura de postergaciones: reformas estructurales ignoradas, un entorno que penaliza la formalidad y una política energética que encarece la producción. México tiene capacidad productiva y potencial exportador; le falta traducirlos en políticas consistentes. Cada trimestre sin recuperación de la inversión significa empleos formales no creados, empresas que no escalan y oportunidades perdidas que acumulan un costo irreparable en bienestar y competitividad.
Presidente de Consultores Internacionales, S.C.

