El martes pasado se dieron a conocer las cifras más recientes de asesinatos en el país: la incidencia de homicidio doloso registra una reducción de 46 por ciento, ya que pasó de un promedio diario de 86.9 víctimas en septiembre de 2024 (al final del gobierno de Andrés Manuel López Obrador) a 47.3 casos en mayo de este año. Eso representa la cifra más baja para un mes de mayo en los últimos 12 años.
¿Es tendencia? Parece que sí. Cerremos los números: 47 homicidios ahora contra 87 que había en 2024 implica contar cuarenta homicidios menos al día (en promedio). Cuarenta víctimas menos cada 24 horas, cuarenta familias enlutadas menos cada jornada. Si ahí se estancara la cifra, en esos 40 homicidios menos por día comparados contra el dato que prevalecía al final del gobierno de AMLO, serían 14 mil 600 ejecuciones a la baja en un año. Eso representaría muchísimo menos sangre esparcida en calles de este país luego de la impericia que supuso aquella decisión de privilegiar los “abrazos por encima de los balazos”. Me parece que hay que decirlo con todas sus letras: se trata de una muy buena noticia. Negarlo en los medios de comunicación y en las redes sociales es un acto de mezquindad, de ruindad política, equivalente a la propaganda que suelen generar los exégetas de la 4T para contar mentiras o sembrar infodemias en los mismos medios y en las mismísimas redes. Eso, la negación de lo bueno a ultranza, hay que dejárselo a la oposición partidista: es su papel natural en cualquier democracia.
Ahora bien, sin pretender minimizar un ápice ese logro, pero sin caer en la tentación del calderonismo del “haiga sido como haiga sido”, tengo una pregunta que deriva en otros cuestionamientos: ¿por qué los sicarios mexicanos están matando menos? ¿Qué los hizo someter lo que parecía una gula insaciable de ejecuciones? ¿Cómo gobernaron los arranques de violencia que les generaba su machismo despiadado? Cruzando datos, constato (ya lo he publicado) que optaron por desaparecer gente, delito que sigue al alza y vorazmente. No hay muerto, no hay delito, no hay cifra. Pero no sólo eso: cambiaron de delitos y pasaron del tráfico de drogas a la extorsión y al secuestro. ¿O algún guapo en el gobierno me va a decir que no? La presidenta Claudia Sheinbaum afirma que esta disminución de homicidios es posible “gracias a la Estrategia Nacional de Seguridad y a la honestidad”. Cuando escuché me surgieron más dudas. ¿A qué se refiere con eso de la estrategia? ¿O qué parte de ésta? ¿La estrategia de suprimir los abrazos para permitir los balazos contra los criminales?
Si es eso, lo aplaudo porque los cárteles se habían envalentonado de manera inadmisible ante la permisividad de Estado acuñada durante el obradorismo. Las fuerzas federales prácticamente estaban maniatadas ante las constantes agresiones de los criminales que no sólo los humillaban, sino que iban conquistando más y más territorios ante el azoro de los pobladores de muchísimos municipios en todos los estados del país. La insolencia con la que ya operaba el sicariato nacional era desesperanzadora porque la ampliación de sus redes criminales no tenía contención alguna: de ahí surgió la expansión brutal del delito de extorsión que tanto agobia a miles y miles de empresarios y a mexicanos modestos que tienen pequeños negocios, o que simplemente son empleados.
Si va a continuar el gobierno federal ese camino de detener a cuanto generador de violencia detecte su gabinete de seguridad, acompañado todo por una estrategia de inteligencia que desmonte complicidades políticas, gubernamentales, policiales, ministeriales y judiciales (la corrupción, pues), así como medidas para conseguir la destrucción de cimientos financieros delictivos en municipios y estados, más el refuerzo de trabajos profundos de investigación para suprimir los negocios favoritos de los criminales, que como sabemos son cobros de extorsiones y secuestros, bravo, ojalá y funcione realmente… porque en los últimos tres meses gente muy cercana a mí padeció ambos delitos: una espantosa extorsión y un angustiante secuestro.
¿Detuvieron a alguien? No. La impunidad de siempre. El cínico secuestrador exigía el pago rápido porque tenía más jales que concluir… para tener a su gente al cien, dijo con desfachatez. Quería comprar boletos carísimos del Mundial para su familia y las de sus rémoras (todo ocurrió antes de que empezara la competencia). Imagínese: secuestro a alguien en el Estado de México y torturo psicológicamente no sólo a la secuestrada sino a su familia completa para poderme ir a echar desmadre en CDMX y Guadalajara con toda mi banda. Cobardes y miserables.
No olviden Sheinbaum y Omar García Harfuch que seis de cada diez mexicanas y mexicanos (61.5% en marzo de este año contra 61.9% en marzo del año pasado: nada ha cambiado ahí realmente) seguimos teniendo una percepción de inseguridad en todo el país y cuatro de cada diez personas han tenido que cambiar sus hábitos de vida por el miedo que padecen (padecemos).
Que los sicarios cesen de matarse entre ellos está bien para las cifras y la propaganda en los medios, pero a los ciudadanos eso les sirve básicamente de un carajo: lo que le importa a la gente (ahí están los datos del INEGI) es que paren los crímenes que le afectan directamente para recuperar la tranquilidad y la vida en paz.
Menos sangre está muy bien, pero menos delitos cotidianos sería mucho mejor.
AL FONDO
Cuánta amargura hay en Facebook y Twitter a causa del Mundial. ¿No pueden gozar dos semanas, acaso tres y con suerte cuatro, como otros millones de mexicanas y mexicanos que están festejando en las calles? ¿Qué importa ya ahorita cómo jueguen los futbolistas de México si ganan y quedan en primer lugar de grupo como sucedió? Vayan al Zócalo o al Ángel, diviértanse y salgan de su distimia. Vuelen dos o tres veces lanzados al aire abrazados al caer por los demás. Quizá encuentren -si se esfuerzan- a un par de amigos que los toleren y acompañen en un (improbable para ustedes) viaje de alegría.
O no, sigan manifestando aquí sus amarguras y frustraciones de origen incierto.
Por si estaban con el pendiente, yo y los míos vamos a enfundarnos nuestras camisetas del Tri (la verde, la blanca o la negra) para gozar y festejar cada victoria de la Selección Nacional. Puede que sea una más y ya. O dos. Con suerte tres, pero cada vez que podamos iremos a echar desmadre al Ángel de la Independencia al lado de cientos de miles de mujeres y hombres que probablemente no volveremos a ver nunca, pero que durante esas horas serán nuestros amigos más entrañables. Nos merecemos carcajearnos, saltar, festejar, bromear, abrazarnos y hasta besarnos un rato durante todo el tiempo que dure esto porque dudo que volvamos a vivir un Mundial en México.
Eso sí, hay que reventar sin violencia, sin agredir a nadie y sin imprudencias que cuesten heridas o muertes.
¡Ánimo!
jp.becerra.acosta.m@gmail.com
Twitter: @jpbecerraacosta
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