Hace tres días, el miércoles pasado, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, firmó y envió al Congreso de la Unión una iniciativa de ley general para prevenir, indagar, sancionar y reparar el daño por feminicidio, esa atrocidad machista que tanto enluta a nuestra sociedad. Con ese instrumento legal pretende garantizar cero impunidades para los perpetradores, a través de la homologación, en todo el país, de mecanismos de investigación y de sanciones específicas para ese delito.

“Esta ley lo que hace es garantizar que en todas las fiscalías del país se trabaje igual contra el feminicidio”, explicó la Presidenta. Ojalá. Suena bien y es pertinente contar con una legislación así en un país tan misógino como este, una nación infectada por interminables redes de complicidad que derivan en la infausta normalización de las violencias contra las mujeres en todos los ámbitos de la vida nacional (la familia, la escuela, el trabajo, las parejas, las amistades), pero esa acción, hay que subrayarlo, llega muy tarde a la república: arriba después de que 9 mil 433 mujeres, adolescentes y niñas mexicanas ya fueron víctimas de feminicidio.

Esa es la vergonzosa cifra oficial desde 2015 —cuando el feminicidio se empezó a contabilizar como tal, aunque había sido tipificado desde 2012— y hasta mayo de este año. Y por si no fuera una barbaridad ese número (9,433 feminicidios), no olvidemos que además en México hay miles de homicidios dolosos contra mujeres que no son clasificados como feminicidios, aunque tengan las características de ese deleznable comportamiento patriarcal: 28 mil 319 mujeres, adolescentes y niñas han sido asesinadas en México en el mismo periodo.

Sumemos las espantosas cifras: 9,433 feminicidios más 28,319 homicidios dolosos, lo que da un total de 37 mil 752 mujeres, adolescentes y niñas muertas por la violencia contra ellas que se generó en este país a lo largo de once años. Son al menos nueve casos al día, en promedio. Se trata de deprimentes y vergonzosos números, no me cansaré de decirlo, porque estamos hablando de nombre y apellidos, de vidas truncadas, mutiladas, cercenadas, y con ello, decenas de miles de familias destrozadas.

Vuelvo al principio: qué bien que finalmente vayamos a contar ya como nación con procedimientos únicos para pesquisar de la misma manera el feminicidio y que éste se castigue de la misma forma en todo el país, pero como la Presidenta misma reconoció, es un delito que “lamentablemente” en la mayoría de los casos es perpetrado por un familiar, un colega, una amistad, un conocido de la víctima. El enemigo en casa, en la escuela, en el trabajo, en el círculo social cercano, porque el maltrato y la violencia contra las mujeres yace ahí todo el tiempo, está latente cada día y empieza mucho antes del asesinato, con el maltrato machista que en algún momento escala hasta volverse violencia letal. Vea las cifras de agresiones dolosas contra mujeres: 760 mil 721 casos en el mismo periodo. Más de setecientos sesenta mil. Espeluznante.

Retorno a lo que dijo Sheinbaum, que en la mayoría de los casos de feminicidios las agresiones se dan en él primer círculo de las víctimas, ¿qué hacemos? ¿Dónde y cómo se protegen las mujeres si los agresores están en los hogares, las escuelas, los trabajos, las amistades? Hay que romper las cadenas de complicidad. Todas. Las que empiezan desde el maltrato y que pueden ir escalando hasta terminar en agresiones y asesinatos.

Da miedo enfrentarse a los energúmenos, quizá, pero somos los hombres los que tenemos que encarar a esos tipos y denunciar a los agresores en cualquier lugar donde maltraten y agredan. Es un deber exhibirlos, aunque eso conlleve consecuencias, porque eso un día puede salvar vidas.

Piénselo cuando vuelva a ver un macho en acción…

jp.becerra.acosta.m@gmail.com Twitter: @jpbecerraacosta

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