El miércoles pasado estaba desayunando unas quesadillas y unos tacos. Nada más. No hacía otra cosa, sólo gozaba sus primeros bocados del día. Con destreza, como tantos mexicanos, Francisco Alejandro le estaba metiendo el diente y las muelas a unas quecas con salsa, tal como usted y yo lo hacemos desde siempre en el changarro que más nos gusta, ahí, justo en la calle o en el mercado de nuestros amores culinarios.
Iba en pants rojos y sudadera azul marino. Llevaba tenis. Parecía un día cualquiera, hasta que lo ejecutaron, hasta que un sicario lo coció por la espalda a balazos calibre nueve milímetros en un puesto de comida cercano a su casa, en el municipio de San Pablo Etla, en la zona metropolitana de la ciudad de Oaxaca.
Detengámonos un instante y sopesemos. Imagine usted que es mitad de semana, que se levanta, se baña, se lava los dientes, se viste, coge sus llaves y se va a desayunar algo rico a la calle antes de ponerse a trabajar. Se acomoda en un banquito de plástico verde-azul mar Caribe, sonríe mientras empieza a salivar a causa de los olores de las fritangas que aroman todo. Da los buenos días al taquero y a la quesadillera, platica de cualquier cosa, revisa el WhatsApp en su teléfono, verifica unos correos, se asoma a las redes rápidamente, pide de beber un refresco, y ya tiene listo frente a usted -en la barra y sobre un mantel rojiblanco- el primero de sus manjares que baña con salsa picosita.
Pura felicidad, hasta que por detrás se acerca una moto con dos batos, uno desciende, desenfunda, y le sorraja tres balazos. Pum-pum-pum. La marca de la casa, el sello del sicariato nacional. Lo pusieron, lo siguieron, lo mataron. México mágico. Usted se entera que ya está muerto por la fracción de segundo en que alcanza a percibir el estruendo que le silba detrás de las orejas. Luego, nada, unos, dos, tres golpes secos de plomo que le suprimen la vista y la consciencia para siempre. Usted ya es un charco de sangre con la cabeza recargada en la barra de un puesto callejero en una acera cualquiera de una calle equis porque en México, al menos para algunos periodistas entrones y críticos, la vida sí puede ser nada más un instante, un rompecabezas fugaz donde cada día nomás alcanza el tiempo para poner una pieza existencial antes de que se lo chinguen a uno de uno, dos, tres plomazos.
Leo en la prensa oaxaqueña que, de acuerdo con el reporte policial, el crimen fue perpetrado alrededor de la 10:50 horas en el fraccionamiento La Esmeralda, cuando efectivamente dos sujetos arribaron al puesto de comida en una motocicleta; uno de ellos descendió del caballo de la muerte, se acercó a Leyva Aguilar, y le disparó por detrás en al menos tres ocasiones entre el cuello y la cabeza. Entre el cuello y la cabeza. Nada de a donde caiga. El hitman ya sabía cuándo jalar el gatillo y hacia dónde disparar las balas. Luego se subió rápidamente a la moto encendida y su cómplice aceleró rumbo a la muy mexicana avenida impunidad para ir a cobrar el jale.
El periodista, de 58 años (60, según algunas fuentes), se había desempeñado como director de la Corporación Oaxaqueña de Radio y Televisión (CORTV) en la administración del priista Alejandro Murat y actualmente era “uno de los periodistas más críticos” del gobierno del morenista Salomón Jara Cruz, leo en uno de los dos diarios oficiales de la 4T, en La Jornada. Y sí que lo era: alguna vez le imputó nexos con el narco.
Según tecleó el corresponsal de ese periódico en Oaxaca, Jorge A. Pérez, el miércoles pasado, en la que sería su última columna El Zumbido del Moscardón, Francisco Alejandro criticó la baja afluencia de turistas durante las fiestas de la Guelaguetza de este año, es decir, la mala gestión del gobierno local, pero más allá de eso, el lunes, en el último video que produjo, hizo otra acusación grave: señaló al senador morenista Antonino Morales Toledo -amigo cercano a Salomón Jara, apunta Pérez- como presunto líder de huachicol en el Istmo de Tehuantepec. Y no sólo eso: acusó a ese mismo personaje de operar, al más puro estilo del viejo PRI, el despojo de tierras desde el Istmo hasta la Costa oaxaqueña, principalmente en Santiago Astata, tecleó el corresponsal jornalero. Leo en el diario El País que denunció un esquema justamente de despojo de tierras, pero además de blanqueo de dinero mediante inversiones en desarrollos hoteleros, un negocio que presuntamente involucraría a narcos y funcionarios del oficialismo a los que Francisco Alejandro mencionaba por su nombre.
Me encantaría saber quién demonios en Oaxaca va a investigar de forma profunda e independiente el homicidio doloso de mi colega Francisco Alejandro.
¿La 4T local a cuyos miembros criticaba e imputaba?
Nomás pregunto…
BAJO FONDO
En noviembre pasado el colega de oficio publicó una grabación “en la que denunció una persecución por parte del gobierno del estado. En aquel entonces promovía el voto contra Jara Cruz en el proceso de revocación de mandato y autoridades estatales dieron a conocer que se realizaría una auditoría a la CORTV -del periodo en que fue director Leyva Aguilar- por presunto desvío de recursos públicos”, dio contexto en su nota el corresponsal de La Jornada.
Francisco Alejandro Leyva Aguilar presentó denuncias ante la Fiscalía General de la República y la Defensoría de los Derechos Humanos de los Pueblos de Oaxaca contra Salomón Jara, su Secretario de Gobierno, Jesús Romero López, y su Consejero Jurídico, Geovany Vásquez Sagrero, a quienes responsabilizó de lo que le pudiera ocurrir.
Algo tendrán que declarar los caballeros ante el ministerio público, asumo.
Jara Cruz condenó en redes sociales el asesinato de Leyva Aguilar. Leo en La Jornada: “Fue un periodista crítico de nuestro gobierno, como muchos otros comunicadores que ejercen todos los días su derecho a cuestionar, señalar y expresar libremente sus opiniones. Somos y seguiremos siendo respetuosos de la crítica y de la libertad de expresión; ninguna diferencia con el ejercicio periodístico puede justificar jamás un acto de violencia”.
Ninguna diferencia con el ejercicio periodístico puede justificar jamás un acto de violencia, así se trate de un periodista priista o panista o chayotista o cualquier ista.
Ajá.
Así debería ser, pero este año ya van siete colegas asesinados en diferentes lugares del país, uno por mes, en promedio.
Digo, por si no llevan bien la cuenta bien en Oaxaca y en Ciudad de México.
Basta, ¿eh?
AL FONDO
“Leyva ha sido la séptima víctima. Antes de él, tan solo este año, fueron asesinados Carlos Castro (Poza Rica, Veracruz, 8 de enero), Juan David Gámez (Nuevo León, 18 de marzo), Roxana Guzmán (Veracruz, secuestrada el 2 de junio y hallada muerta a finales del mes), Luis Ángel López (Poza Rica, 11 de junio), Alex Serna (Zihuatanejo, Guerrero, 3 de julio) y Josué Martínez (Puebla, 16 de julio). Algunos de ellos estaban inscritos en mecanismos de protección institucional; a otros, se les negó el acceso pese al riesgo que enfrentaban. Cada muerte expone las grandes fallas del Estado mexicano y su indolencia ante un problema que tiene enfrente y no hace más que empeorar”, tecleó el reportero Zedryk Raziel de El País en su nota del caso.
Suscribo: cada asesinato de un periodista y las impunidades que acompañan a cada uno de esos homicidios dolosos generan nuevas dianas (targets, puntos centrales en los blancos de tiros) sobre las cabezas de más periodistas.
Cuidado…

