Diría el gran Hugo Sánchez que les temblaron las piernitas a varios jugadores del Tri el jueves pasado en el Estadio Azteca. Y sí, así ocurrió, tal como suele burlarse el mejor futbolista mexicano de la historia (¿o algún guapo ostenta mejores números que los suyos?). Javier Aguirre, el entrenador de México, lo explicó a su manera durante una entrevista realizada al finalizar el encuentro contra Sudáfrica: “Tenía jugadores acalambrados. Les pesó el escenario. Es un escenario brutal. Eso te hace que las patitas se te sacudan un poquito”, comentó. Y cómo no, el momento era estupendo, no tanto por el inmueble que sí es muy imponente y podría causarle agorafobia a alguien, sino por la energía tremenda de más de 80 mil 824 personas esperanzadas entonando el Himno Nacional; por eso y por la vibra y los beats de decenas de miles que coreaban el estremecedor "¡Mé-xi-co, Mé-xi-co, Mé-xi-co!", ese mantra que le enchinaba la piel a cualquiera, por ejemplo al defensa Johan Vázquez (ya en la cancha el jugador se miraba el brazo izquierdo y señalaba su piel de gallina); y también el lugar era abrumador por ese canto de “Cielito lindo” que hacía llorar a otros y a unos más les cerraba la garganta, tal como lo confesaba al aire el mejor cronista televisivo mexicano, Christian Martinoli (por amor de Dios, ya quítenle el micro a Jorge Campos durante los partidos, rara vez se le entiendo algo y sólo se escuchan sus risotadas de origen incierto, diría Dostoievski).

Así que… eso, varios jugadores tuvieron “calambres". Hiperventilaron. Panic attack. Frecuencia cardíaca acelerada. Dificultad para respirar o sensación de atragantamiento. Sensación de desvanecimiento o mareos. Sensación de inestabilidad, entumecimiento u hormigueo. Vértigo. Miedo al miedo. Horror al ridículo. Sudoración excesiva. Escalofríos repentinos. Pavor escénico. Incapacidad para atreverse. Imperiosa necesidad de huir.

Sensación de pérdida de control. Estaban semiparalizados en largos periodos del partido los jugadores de la Selección Nacional. Aguirre bufaba en la banda del campo. Erik Lira, El Jefecito del Vasco en la cancha gritaba para despertar a sus compañeros. Rafa Márquez azuzaba desde la banca. Sólo Julián Quiñones entendía que el ritmo tenía que ser más aventurero y clavaba el primer gol gracias a un robo de balón del otro futbolista que no estaba en modo zombi, Lira, el gran recuperador.

Nada más. Era demasiado para casi todos los seleccionados. Calambres. Emociones acalambradas. En la tribuna era otra cosa. Estábamos hipersensibles, emocionadísimos, embebidos del presente pero barnizada el alma por tantos recuerdos futboleros que evocaban la infancia, la adolescencia y a los que ya no están: el talentoso delantero Raúl Jiménez, el tercer mexicano que no vegetaba en el césped, recordaba no sólo que es un insólito sobreviviente de un golpe brutal, sino que en marzo acababa de perder a su padre, así que luego de anotar el que su primer gol en un Mundial miraba al cielo, profería un alarido, y lloraba para dedicárselo a su viejo que ya no vio su gesta.

Cómo lloramos, cómo gritamos por dos golecitos ante un pésimo rival al que le debimos meter cuatro (Aguirre dixit al abordar la displicencia de sus jugadores en largos momentos del partido). ¿Por qué tantas emociones desbordadas? Luego encontré la respuesta ante 130 mil personas aglomeradas en el Ángel de la Independencia para festejar la victoria de un partido como hubiéramos pasado a la final: yo, como cientos de miles más que salieron a las calles de Ciudad de México y otras urbes, tenemos una enorme necesidad vital de festejar, de alegrarnos colectivamente hasta el olvido de las penas, de los miedos, de las incertidumbres, de los odios, de las diferencias, de la miserable política mexicana y los despiadados criminales del sicariato nacional que no cesan de extorsionar, secuestrar, desaparecer y destrozar familias. Necesitamos reír juntos, abrazarnos, bromear, llorar, hablar, decir, nombrar tantas cosas que sentimos y que necesitamos expiar para consolarnos juntos y socializar unas semanas de felicidad.

Pero no, para mí esta locura y este delirio que es la pasión por el futbol no empezó aquí, esto se inició un domingo muy lejano hace 56 años, el 31 de mayo de 1970 en el Estadio Azteca...

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El entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz tuvo la osadía de presentarse en el estadio. Válgame, menos de dos años después de la matanza de Tlatelolco. Qué insolencia. Desde el llamado Palco de Honor procedió a la declaratoria inaugural y se llevó tremenda silbatina y sonoros abucheos. No recuerdo si le mentaron la madre o le espetaron “¡asesino!”, sólo los silbidos y los abucheos. Yo estaba por cumplir siete años y realmente no entendí de inmediato qué sucedía: ¿estaba molestando el público a los jugadores de la URSS, rival de México? Buuuu, le entré al juego y reí. Volteé a ver a mi padre, sentado en la butaca de atrás, en busca de su aprobación. Me miró enigmáticamente, con una sonrisita. Se acercó y me preguntó al oído: “¿Sabes a quién le chiflan?”. “¿Al equipo de las letras que juega contra México?”. “No, al Presidente de México”.

No entendí. El partido fue aburridísimo, 0-0. Yo recordaba los tanques militares casi dos años antes apostados en Avenida Universidad, donde vivíamos, muy cerca de Ciudad Universitaria, casi en Copilco, pero lo que mi niño interno descubrió en 1970 no fue eso de un sistema opresivo y repugnante que años más tarde asimilé. No. A medio tiempo Manuel me explicó lo del repudio al presidente, pero no me interesó, la verdad eso no fue lo importante para mí en ese momento, sino lo que descubrí semanas más adelante en la cancha: a Pelé. Pelé y Jarzinho y Rivelino y Tostao y Carlos Alberto, pero sobre todo… Pelé, ese impresionante hombre negro que volaba por los aires para cabecear el balón a pesar de no ser muy alto (1.73 metros) y que gambeteaba y chutaba como nadie. Yo estaba embobado: ahí estaban frente a mí Pelé y la magia de lo que después llamarían el jogo bonito. Hechizado para siempre. Esos brujos, esos artesanos del futbol me maravillaron el 21 de junio cuando regresé al Azteca y vi de cerquita lo que Brasil hizo de Italia (4-1) para ser campeón del Mundo: arte. Sí, una estética inaudita alrededor de una pelota tocada una y otra vez con inteligencia prodigiosa.

Mi padre apoyaba a gritos y entre risas a los italianos, ¡forza Italia!, y yo no sólo estaba confundido sino que me empezaba a enojar. Mucho. Me estaban perturbando los gritos de mi papá. Todos le íbamos a Pelé y a Brasil, ¿no? La pasión de la tribuna se me inoculaba por primera vez. ¿Por qué hacía eso Manuel? Italia había eliminado a México 4-1 en cuartos de final y todos lloramos porque habíamos empezado ganando el partido, nos ilusionamos muchísimo y nos frustramos. Nos cortaron el sueño los malditos italianos. Fue mi primera cachetada de realidad con la selección. Y lo de mi padre en el estadio era una muy fea traición. Yo no sabía qué era traición, ni siquiera conocía la palabra, pero sí sentía en la sangre caliente eso que luego supe que se llamaba iracundia, quizá siciliana, por algo que me parecía injusto y malo. Miriam, mi madre, identificó mi mirada de furia, se me acercó y me dijo al oído: Juan Pablo, la mamá de tu abuelita Raquel (mi abuela paterna) era italiana, se apellidaba Bonfiglio. Tu abuelita es Raquel Ramírez Bonfiglio, me cuchicheó mi mamá. Y por eso tu papá apoya a Italia, porque su mamá es medio italiana. A mí me importó un carajo. Italia había eliminado a México así que Brasil podía vengar a México. Los mexicanos festejaron como si México fuera el campeón y yo también. A mí ya me gustaba mucho eso que se llamaba Pumas desde dos años atrás, y tenía mi primera camiseta azul y oro como la de Enrique Borja, mi ídolo, pero fue ahí en el Azteca donde entendí realmente lo que era la pasión por un balón mágico que traza líneas imposibles para terminar en una red y el amor y el odio por una camiseta y otra. Era futbol en plenitud. Sí, futbol, esa locura colectiva que no me abandonará jamás y que de cuando en cuando, como a millones de mexicanos, me hace soñar, reír, y luego llorar, como hace dos días. El futbol en México es básicamente una gran dosis de desilusiones y tristezas, siempre de esperanzas y anhelos y pocos gozos perdurables. Pero ahí voy de nuevo, arropado por millones de mexicanos. Ahí voy, igual que en 1970, hace 56 años: yo lo que quiero este verano es que México llegue al menos hasta cuartos de final, como lo hizo en aquel 1970 y luego en 1986 (ahí como reportero conocí y acompañé hasta la final y la gloria a otro genio, Maradona, pero esa es otra historia).

Suerte, México, mucha suerte, que nuestra patria necesita gozar…

AL FONDO

Siempre es lindo e importante empezar un Mundial ganando, pero para trascender este equipo de México necesitará mucho más osadía, ambición e inteligencia de la que mostró, sobre todo cuando jugaba con dos jugadores de ventaja (11-9) contra un equipo malísimo y en lugar de golear se vio infértil, lo que empezó a enojar a la gente y al final molestó con razón al entrenador Javier Aguirre, según confesó: “No me gustó”, dijo en entrevista. Ojalá que los jugadores demuestren la garra y el espíritu aventurero que la afición merece. Ojalá…

jp.becerra.acosta.m@gmail.com

Twitter: @jpbecerraacosta

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