México enfrenta la inminente llegada de un posible “Súper Niño” en 2026 (o “Niño Godzilla”, como algunos lo han llamado), una versión intensificada del fenómeno climático que ya genera alertas entre científicos de la UNAM y organismos internacionales.

Este evento, caracterizado por un calentamiento extremo de las aguas del Pacífico, alterará los patrones de precipitación, intensificará sequías en algunas regiones y provocará lluvias torrenciales en otras, además de huracanes más activos y temperaturas récord.

Aunque El Niño es un fenómeno natural y cíclico, su impacto en México se agrava por nuestra propia vulnerabilidad estructural. No es sólo el clima el que nos castiga; es también nuestra incapacidad para prepararnos. Ya lo vimos en sequías recientes, donde se perdieron miles de millones de pesos en el sector agrícola y ciudades enteras quedaron paralizadas por la falta de agua.

En un país donde más del 80% de los cuerpos de agua presentan algún grado de contaminación y numerosos acuíferos están sobreexplotados, un “Súper Niño” podría profundizar la escasez en el centro y norte del país, mientras genera inundaciones y deslaves en otras regiones.

Las proyecciones apuntan a riesgos severos para la agricultura, la economía y el suministro doméstico. La Ciudad de México ya ha resentido los estragos de este fenómeno: lluvias intensas que terminan perdiéndose en una red de drenaje diseñada para desalojar el agua lo más rápido posible, en vez de aprovecharla y reutilizarla. El resultado es absurdo: sufrimos inundaciones durante la temporada de lluvias y escasez el resto del año.

Pero la crisis no nace exclusivamente del clima. También es consecuencia de décadas de abandono en el sector hídrico y de la ausencia de una verdadera cultura del agua. Durante años, los presupuestos para mantenimiento y modernización de redes han sido insuficientes. En muchas ciudades, las fugas alcanzan hasta el 50% del agua distribuida, mientras los organismos operadores enfrentan politización, ineficiencia y falta de medición adecuada del consumo.

La cultura hídrica, además, sigue siendo prácticamente inexistente. Desperdiciamos agua en el uso doméstico, permitimos el sobreconsumo agrícola (que representa cerca del 70% del uso nacional), y toleramos tomas clandestinas sin consecuencias reales. Pocos mexicanos saben de dónde viene el agua o cuánto cuesta potabilizarla y llevarla hasta sus hogares. Sólo entendemos su valor cuando deja de salir de la llave o llega en pipas a precios exorbitantes.

Las consecuencias ya están aquí. En la Ciudad de México, el hundimiento del suelo por sobreexplotación de acuíferos, el suministro intermitente y la mala calidad del agua evidencian una crisis cada vez más profunda. Monterrey ya vivió episodios extremos de sequía que mostraron la fragilidad del sistema.

En el campo, miles de agricultores enfrentan pérdidas de cultivos, endeudamiento y migración forzada. Incluso quienes viven en zonas con relativa abundancia pagan el precio: tarifas más altas, racionamientos, riesgos sanitarios y una economía debilitada por la inseguridad hídrica. El “Súper Niño” no creará la crisis; simplemente la hará más visible, más costosa y más dolorosa.

Es momento de pasar de la queja a la acción. México necesita una política hídrica de Estado, no de sexenio: inversión en infraestructura, tecnificación del riego, tratamiento de aguas residuales, reparación masiva de redes y sistemas eficientes de captación de lluvia. Pero, sobre todo, urge una revolución cultural: educación desde las escuelas, incentivos al ahorro, tarifas que reflejen el valor real del recurso, con subsidios focalizados para los más vulnerables, y una gobernanza transparente que priorice el bien común sobre los intereses políticos.

El “Súper Niño” viene. No podemos detenerlo, pero sí podemos evitar que se convierta en un Godzilla para México.

Principio del formulario

Final del formulario

Comentarios