El Mundial de la FIFA 2026, organizado por Estados Unidos, Canadá y México, se está disputando en plena temporada de lluvias en varias de sus sedes. Con 104 partidos programados en 16 estadios, las condiciones climáticas, particularmente las precipitaciones intensas y las tormentas eléctricas, representan un desafío técnico, físico y logístico de gran magnitud.

Lejos de ser un simple inconveniente, la lluvia puede alterar el rendimiento deportivo, aumentar el riesgo de lesiones y provocar suspensiones. Además, pondrá a prueba la capacidad de los países anfitriones para recibir a millones de aficionados y garantizarles servicios básicos, incluido el acceso a agua de calidad.

Los antecedentes en ligas y torneos internacionales muestran efectos consistentes. La lluvia intensa suele reducir el número de goles y el ritmo de juego. Diversos análisis realizados en ligas europeas han encontrado que los partidos disputados bajo precipitaciones fuertes registran, en promedio, hasta 0.8 goles menos que aquellos jugados en condiciones secas. El balón se vuelve más pesado, los pases pierden precisión y las jugadas de elaboración técnica se dificultan, favoreciendo estilos más directos y defensivos.

También aumenta la imprevisibilidad de los encuentros. Los campos mojados o enlodados reducen la tracción, generan resbalones y alteran el bote del balón, castigando a los equipos que dependen de la posesión y beneficiando esquemas basados en el contragolpe o el juego aéreo. Incluso los porteros enfrentan mayores dificultades para controlar un balón mojado.

En el aspecto físico, la exigencia también se incrementa. Las superficies pesadas demandan un mayor esfuerzo muscular y diversos estudios realizados durante la Copa del Mundo de 2014 y otros torneos han documentado una reducción en la distancia recorrida a máxima intensidad cuando existe humedad elevada. Al mismo tiempo, aumentan los riesgos de esguinces, caídas y lesiones por deslizamiento.

A ello se suman los protocolos de seguridad. A diferencia de una lluvia moderada, que rara vez obliga a detener un partido, las tormentas eléctricas activan medidas estrictas en Estados Unidos. Cuando se detectan rayos en un radio aproximado de 13 kilómetros alrededor del estadio, el encuentro debe suspenderse y sólo puede reanudarse después de al menos 30 minutos sin actividad eléctrica. Durante el Mundial de Clubes de 2025, un partido llegó a prolongarse por más de cuatro horas y media debido a estas interrupciones.

La lluvia, por tanto, no es únicamente un factor climático; es una variable que puede equilibrar o desequilibrar una competencia. Equipos acostumbrados a condiciones húmedas podrían tener ventaja, mientras que selecciones provenientes de regiones más secas enfrentarán mayores dificultades. La FIFA deberá priorizar horarios flexibles, estrategias adecuadas de hidratación y protocolos claros para evitar que el espectáculo se vea afectado por suspensiones prolongadas o lesiones prevenibles. Ignorar estos riesgos sería irresponsable en un torneo que ya enfrenta preocupaciones relacionadas con el calor extremo.

Sin embargo, la lluvia también deja al descubierto una paradoja. Mientras algunas sedes del Mundial podrían verse afectadas por el exceso de agua, gran parte del planeta enfrenta problemas crónicos de escasez y mala gestión hídrica. México es un ejemplo claro de esta contradicción.

Nuestro país se encuentra entre las naciones con mayor estrés hídrico del mundo. La sobreexplotación de acuíferos, la contaminación de cuerpos de agua, la insuficiente inversión en infraestructura y las sequías recurrentes conviven con inundaciones cada vez más frecuentes. Millones de mexicanos reciben agua de manera intermitente y, en su mayoría, con problemas de calidad.

Esta realidad es tan conocida que prácticamente todas las representaciones diplomáticas extranjeras recomiendan a sus ciudadanos evitar el consumo de agua de la llave durante su estancia en México y optar por agua embotellada. Para los mexicanos, lamentablemente, esta situación se ha normalizado.

En ese contexto, el Mundial representa una oportunidad única para mostrar avances reales en materia hídrica. Más allá de la infraestructura deportiva, México debería aprovechar la atención internacional para impulsar inversiones en redes de distribución, eficiencia agrícola, saneamiento y gestión integral del agua.

Porque la lluvia de 2026 nos recuerda una verdad incómoda: el agua puede ser un exceso que interrumpe un partido o una escasez que paraliza ciudades enteras. Mientras el balón ruede bajo la tormenta en algunos estadios, millones de personas seguirán enfrentando problemas para acceder a este recurso esencial.

El futbol es pasión. La gestión del agua es supervivencia.

Presidente de Agua en México

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