Para la familia Achar
Don Alfredo Achar eligió amar. Amó a México en cada una de sus acciones. Siempre haciendo algo más por los demás, construyendo oportunidades y preguntándose constantemente qué más podía hacer para mejorar la vida de quienes necesitaban una oportunidad para desarrollar sus talentos y capacidades.
Tuve el privilegio de su amistad y de una cercanía que, en distintas etapas de mi vida, me permitió verlo en acción. Abrazando sueños de otros para ayudarlos a hacer realidad. En cada conversación dejaba una lección de generosidad, amor y de una fe inquebrantable en la grandeza de nuestro país.
Nunca lo escuché hablar mal de México. En su mente brillante y en su alma generosa solo había espacio para el “nosotros”. Incluso en los momentos más adversos encontraba una rendija por donde entraba la esperanza.
Don Alfredo eligió renunciar a la queja y al reclamo para dar ese paso al frente que sólo las personas de espíritu grande logran. Por eso, y por muchas razones más, no morirá jamás. Sembró para otros con humildad, sin protagonismo y sin buscar reconocimiento.
En ocasiones me compartió la historia de sus padres, el esfuerzo incansable que implicó llegar a un país que no era el suyo, formar una familia y enseñarles el valor del trabajo y la gratitud hacia un México que los acogió sin reservas.
Estas líneas no alcanzan para enumerar su obra filantrópica ni su pasión por la vida. El infinito amor por su familia, era de lo único que presumía, las reuniones que tanto disfrutaba con sus nietos y bisnietos.
A lo largo de mi vida he conocido personas extraordinarias, pero Don Alfredo, pertenece a ese pequeño grupo que se distingue por su grandeza interior. Personas que, antes de exigir o buscar privilegios, dedican su vida a cumplir sus sueños, pero también, a ayudar a otros a cumplir los suyos.
Después de cada saludo, siempre hacía la misma pregunta: “¿Y ahora qué más puedo hacer para mejorar está situación?”. No se levantaba de la mesa sin encontrar una respuesta.
Lo recuerdo de muchas maneras y en muchos momentos, pero sin dida, uno de los que más felicidad le provocaba era cuando se entregaban las escrituras de una vivienda a mujeres, que hasta entonces, no habían sido dueñas de nada.
Era imposible ocultar su gozo al verlas abrazar esas escrituras que finalmente las hacía dueñas y les daba certeza de que tenían un lugar seguro para ellas y sus familias. Iniciativa que junto con un grupo de personas benefició a que cientos de familias tuvieran una casa digna.
Otro de sus grandes orgullos fue ProEmpleo, se emocionaba al contar las historias de quienes al aprender un oficio lograban emprender y transformar su vida.
Su éxito mayor fue hacer de Comex una fábrica de empresarios. Una apuesta de confianza en quienes queriendo construir un patrimonio propio, venían en su búsqueda, y en ocasiones, sin contar siquiera para el boleto de regreso a su ciudad de origen, Don Alfredo guardaba como única garantía un pedazo de papel con la promesa de que le pagarían a la fábrica, los botes de pintura que fiados estarían recibiendo para volverse distribuidores.
Conozco gran parte de esas historias que hoy suenan increíbles, pero que basadas en una confianza, casi ciega, y forjaron las bases de una empresa que por décadas fue orgullosamente mexicana, y que logró cadenas de valor y lealtad únicas en su mercado.
Gracias Don Alfredo por haber pintado a México de esperanza, generosidad y amor. Por enseñarnos que la vida trasciende cuando se comparte.
Hoy más que nunca México necesita más Don Alfredos. Personas que elijan amar, construir paz y sembrar esperanza sin esperar a que alguien más lo haga.
Hasta pronto mi querido Don Alfredo Achar, gracias por la bendición de su amistad.
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