Miles de niñas, niños y adolescentes han crecido y lo siguen haciendo hasta el día de hoy, con una llave colgada al cuello, esa llave que los identifica en realidades que por años hemos preferido ignorar o hacer muy poco al respecto.

“Los niños de la llave” como se conocen, son hijas e hijos de madres y padres que trabajan largas jornadas y dedican demasiado tiempo en sus traslados cotidianos.

Son familias en donde no existen redes de apoyo para el cuidado, ni familiares ni instituciones, como centros de cuidado, escuelas de tiempo completo (canceladas en 2018), espacios donde salvaguarden su integridad física y emocional.

Los niños de la llave aprenden a vivir y a resolver sus necesidades a temprana edad. En un buen número de estos hogares, el hijo mayor suele hacerse cargo de los hermanos pequeños, y si bien aprenden rápido a actuar con independencia, los riesgos que enfrentan a diario no son menores.

Estas niñas y niños viven en soledad permanente, una soledad inevitable al abrir la puerta de casa y saber que nadie les espera. La soledad de esperar por largas horas la llegada de un adulto, la responsabilidad de “hacerlo todo bien” para que al regresar sus padres o uno de ellos, no se encuentren con una crisis.

Hacen sus tareas, dan de comer a los pequeños, ayudan a las labores del hogar que son sus deberes cotidianos. Hay quienes logran organizarse y asumir todas estas responsabilidades que no corresponden a sus edades y que los hacen sentir solos.

Viven inevitablemente soledad afectiva por las ausencias prolongadas que generan sentimientos de abandono, por la falta de atención de un adulto que los vea, hable con ellos y los escuche, porque no hay quien los ayude a ellos, pues la “ayuda” son ellos.

Las niñas y niños de la llave con la llegada de la tecnología ya no se sienten tan solos, pues ahora se acompañan de celulares y pantallas, aparatos que hablan pero no conversan. Pantallas que los alejan de sus realidades, pues las redes sociales les hacen compañía, aún cuando los pone en riesgo.

Ahí tienen múltiples contactos, algunos de ellos son extraños que creyendo que son amigos abusan de ellos, pero no solo eso, también pierden su capacidad para relacionarse físicamente y construir amistades, pues la compañía digital provoca aislamiento y una sensación permanente de desconexión.

Culpar solo a los padres resultaría terriblemente injusto, y no nos llevaría a ninguna parte, culpar a la tecnología y a las pantallas solo ayudaría a adormecer la indiferencia que ya existe, y culpar a las instituciones gubernamentales es no mirar el trasfondo.

Los niños y niñas de la llave hoy se multiplican en los llamados “municipios dormitorios”, esos en los que los padres llegan a dormir pero no viven, de ahí que algunos especialistas los han llamado también municipios de la “soledad infantil”.

Visibilizar esta realidad y reconocerla es el primer paso para actuar. Este fenómeno no es reciente, lleva años, solo que ahora se ha acentuando y normalizado, y por tanto, es urgente desmantelarlo a través de la creación de redes de apoyo, de acompañamiento, de atención y de amor.

Las niñas y niños de la llave están ansiosos de tener una sociedad que los proteja, acompañe, escuche, observe, los atienda y que salvaguarde sus derechos y su interés superior.

Quieren ser visibles, ser amados y respetados, no estar en las listas de los desaparecidos, ni en las filas del crimen organizado, ni en los registros de feminicidios, ni en centros de control de adicciones.

Los padres de familia necesitan trabajar y llevar el sustento a su hogar, pero también necesitan ayuda, orientación y acompañamiento, pues sus hijas e hijos demandan amor, seguridad y protección.

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