Eso suele decirse cuando con tal de alcanzar un objetivo muy deseado, se está dispuesto a sacrificar valores y conductas virtuosas y legales. La meta es tan apetecible, incluso obsesiva, que se es capaz de traicionar muchas de las que se habían ostentado como cualidades propias.
Andrés Manuel López Obrador, luego de sus derrotas electorales de 2006 y 2012, decidió (es una conjetura con suficientes evidencias), desterrar cualquier escrúpulo y sumar y sumar destacamentos a su candidatura con tal de llegar a la Presidencia de la República. Fue algo más que el cínico dictado que postula que en política todo se vale y se constituyó en una auténtica “venta del alma al diablo”.
Morena estuvo dispuesta a incorporar a sus filas a cuanto político aceptara de manera sumisa el liderazgo de su dirigente y coadyuvara a incrementar en algún grado su número de votos. Los incorporados, por su parte, vieron en el nuevo partido y en AMLO una plataforma de lanzamiento eficiente. En buena medida eso fue posible porque los signos de identidad y las ideologías que cohesionaban a los grupos políticos se habían reblandecido hasta extremos que las invisibilizan y fueron sustituidas por un descarnado pragmatismo y personalismo que hoy “ordenan” la vida política. Pero digamos que el oportunismo y el aprovechamiento del mismo son “pecados” menores y usuales.
Al parecer, esas operaciones no eran suficientes. Y entonces decidió violar dos peligrosas líneas rojas que han resultado dinamita no solo para su imagen sino para el mantenimiento de la cohesión de esa nebulosa informe a la que llaman “movimiento”. Se trata de la avenencia (si no es que el fomento) con la corrupción y tratos con grupos delincuenciales.
En la campaña se exhibieron carruseles de depósitos bancarios que al parecer eran una línea de financiamiento “extraoficial”, pero ya desde la Presidencia se aseguró que la corrupción había sido desterrada, que cuando el presidente era honesto los demás lo eran también, y se procedió a desmantelar o congelar el sistema anticorrupción recién construido y a perseguir y difamar a las agrupaciones sociales que denunciaban irregularidades y corruptelas. Eso fue entendido por no pocos de los seguidores como el banderazo de salida para la multiplicación de “negocios” de todo tipo. Están los hipervisibles (Segalmex o el llamado huachicol fiscal), pero hay una cauda incuantificada de los que expuso la Auditoría Superior de la Federación. Y bastaría recordar que durante el sexenio de AMLO el 80% de las contrataciones del sector público fueron por asignación directa (dicho por ellos), para afirmar que la corrupción fue entendida como un elemento de cohesión del grupo gobernante. Una especie de omertá, un cinturón de tolerancia y protección para los “compañeros”.
Pero la cereza más podrida del pastel fue la alianza con poderosos grupos de delincuentes. Ahí está la tristemente famosa Barredora o lo reportado desde aquel 6 de junio de 2021 en las “elecciones” de Sinaloa que no dejó lugar a dudas: secuestro de operadores de partidos distintos a Morena, intimidación a votantes, robo de urnas, amenazas que hicieron que candidatos depusieran su intención, etc.) develaron un pacto entre políticos de Morena y una caterva de malandrines. Y en efecto, “ganaron”.
Doy por hecho que Trump es un auténtico bully feroz y que su política carece del mínimo respeto hacia los otros países, pero como insistía Teodoro Petkoff, “la única variable que la izquierda puede controlar es la de su propia conducta”.
Profesor de la UNAM

