Leía un libro que recoge artículos de Javier Marías que aparecieron en un suplemento cultural entre 1994 y 1996 (Mano de sombra. Alfaguara. 2025). En dos de ellos y de pasada, como si se tratara de una rutina insulsa, porque así lo era ya para esos años, se hace referencia al fax. Un invento que en su momento modificó rutinas, aligeró compromisos, multiplicó el tiempo de una manera espectacular y que poco después desapareció.
En la época en que inicié colaboraciones semanales en la prensa, allá por los lejanos años setenta, uno tenía que escribir a máquina (mecánica); si deseaba guardar una copia, había que colocar papel carbón (Pelikan para mayor precisión); si cometía algún error menor (una falta de ortografía o una palabra por otra), podía borrar con un liquido viscoso llamado Liquid Paper que se endurecía cubriendo la falta, y luego de unos minutos se podía escribir sobre él. Si el error era mayor lo mejor era volver a escribir el texto; al final, uno tenía que evaluar si lo pasaba en limpio o si lo entregaba con las adecuaciones y tachaduras. Conocí colegas que sobre la primera versión colocaban líneas y palabras complementarias que el editor o corrector debía tomar en cuenta. Y luego había que llevarlo a las oficinas del diario. En no pocas ocasiones la ida y vuelta al periódico tomaba más tiempo que la confección del artículo. Eso sí, esa rutina servía para ver amigos que trabajaban en el diario e invariablemente se intercambiaban comentarios sobre “el mar y los pescaditos”.
Y entonces apareció el fax. Un espectacular invento que hizo innecesario desplazarse para dejar la colaboración. Un ahorro de “tiempo, dinero y esfuerzo” como informaba aquel otro anuncio comercial. Se trataba de una trasmisión por teléfono. Uno introducía las hojas en un rodillo que “escaneaba” los textos y los enviaba. En dos minutos el artículo ya estaba en manos del editor. Había que checar que hubiese pasado bien, porque no era raro que algunas líneas se empalmaran o que la deficiente tinta impidiera leerlo con claridad. Pero, caray, se volvía a enviar y san se acabó.
Luego o en paralelo o incluso antes (mi memoria es un queso gruyere), comenzaron a utilizarse las computadoras. Empecé con una Commodore 64 la cual trabajaba con unas memorias (discos) llamadas “floppys”, las que almacenaban unos pocos artículos, pero que permitieron tirar al cesto de la basura al papel carbón, al líquido corrector y lo más importante, a hacer todos los cambios posibles antes de llegar a la versión final (se podía modificar el orden de los párrafos, introducir de último momento una idea, borrar sin mayor trastorno, etc.). Y por supuesto mandar el texto en segundos incluso desde más de 10 mil kilómetros de distancia.
Pues bien, creo que hoy estamos a las puertas de un salto más espectacular que los que introdujeron las computadoras y el fax. Esos implementos facilitaron la escritura y evitaron el desplazamiento. No fue poca cosa. Pero comparado con lo que está por suceder parecen muy menores. Hoy a la Inteligencia Artificial ustedes pueden solicitarle un artículo, pongamos ejemplos, como si fuera de Jean Meyer sobre la guerra de Rusia contra Ucrania, de Mauricio Merino sobre la corrupción en México, de Catalina Pérez Correa sobre el proceso de militarización o de José Carreño Carlón sobre el momento político actual, y tenerlos listos en algunos segundos. Todo parece indicar que quienes seremos remplazados somos nosotros.
¿Le pareció a usted un artículo evasivo de la deprimente situación nacional? Atinó. Eso es.
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