La agresión estadounidense-israelí contra Irán no solo ha destruido buena parte de su infraestructura militar, asesinado a población civil, afectado de manera considerable la circulación del petróleo e impactado a la economía del mundo, sino que además ayudó a fortalecer al grupo gobernante y debilitó a la oposición interna que en los últimos meses se había manifestado con fuerza.

Desde fines de 2025 nos enteramos de potentes movilizaciones clamando por el fin de la teocracia, la exigencia de libertades y sobre todo el rechazo al uso obligatorio del hiyab por parte de las mujeres. Otro de los acicates era una crisis económica que mermaba las condiciones materiales de vida. Fuimos espectadores de escenas varias en las cuales las mujeres quemaban sus velos y de marchas imponentes de protesta. También de una represión brutal que dejó una estela de muertos, heridos y encarcelados. Diferentes fuentes hablan de decenas de miles. Las protestas sin embargo parecían crecer y no eran pocos los que clamaban por el fin del liderazgo de Ali Jamenei.

Pues bien, el estado de guerra prácticamente ha borrado del escenario esas expresiones y la cúpula dirigente se ha cohesionado para hacer frente al enemigo externo. Hay muchos indicios de que la República Islámica de Irán, nacida en 1979, a la caída del Sha, ha perdido en forma acelerada apoyo popular, pero la embestida estadounidense-israelí paradójicamente logró, al parecer, unificar a la dirección y desactivar a la oposición interna.

Todavía recuerdo cómo en 1979, desde la izquierda, se festejaba el desplome del régimen autoritario de Reza Pahleví, porque en su hundimiento había colaborado una amplia convergencia de socialistas, laicos, comunistas, nacionalistas y por supuesto los ayatolas. Muy pronto, sin embargo, fue claro que la corriente hegemónica era la religiosa que inició una auténtica cacería de todos aquellos que no compartían su credo. El Ayatola Jomeini, fundador de esa república islámica, edificó un poderoso aparato de coerción, destruyó cualquier agrupación independiente, fusionó y subordinó al poder político al religioso, y no es exagerado decir que impuso un régimen de terror.

“Las mujeres perdieron el derecho al voto y fueron obligadas a usar el velo en los espacios públicos. Se redujo la edad mínima en las mujeres para contraer matrimonio de los 18 a los 9 años… se legalizó la ejecución por lapidación para casos de adulterio… Para castigar a los ladrones se autorizó la amputación de dedos y manos. Los alcohólicos y homosexuales fueron azotados… Junto al cierre de muchas universidades, las bibliotecas fueron purgadas de miles de títulos blasfemos… y sus autores encarcelados o ejecutados… Se prohibieron los cines, bares y los radios y televisoras que difundieran música o películas occidentales” (Ariel González. “La fascinación por los Ayatolas y otras historias persas”, El Cultural. 18-04-26).

Ni los grupos “reformistas” que llegaron a triunfar en algunas elecciones presidenciales (presidencia subordinada al mando clerical), ni recias y masivas movilizaciones opositoras en 1999, 2009 o 2017-2018, lograron siquiera abrir un poco la cerrazón del régimen. Fueron reprimidas sin contemplaciones porque según ellos encarnan la voluntad divina.

Pues bien, las movilizaciones que observamos en los últimos meses, y que en no pocos fomentaron optimismo, parecen ser un nuevo episodio clausurado por la guerra. Un auténtico bumerán para las aspiraciones de una cierta apertura.

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