Cada 15 de mayo felicitamos a los maestros con aplausos y ceremonias. Todo eso tiene valor. Sin embargo, el reconocimiento más serio consiste en mirar con honestidad el tiempo en que les ha tocado enseñar. Es un tiempo extraño. Nunca hubo tantas herramientas para aprender y nunca fue tan sencillo aparentar que se ha aprendido.
La educación siempre ha cambiado. Cambió con la palabra, con la escritura, con el libro, con la escuela pública y, más recientemente, con la tecnología. Durante siglos, la escuela tuvo una misión decisiva: acercar el conocimiento a quien carecía de él. El maestro era, en buena medida, el puente entre el alumno y un saber escaso, distante o difícil de alcanzar.
Ese mundo ya no existe del mismo modo. Hoy la información está disponible, abundante, inmediata, casi excesiva. Basta una búsqueda para encontrar datos, respuestas, explicaciones, resúmenes, traducciones y opiniones. Lo que empieza a escasear es otra cosa: atención, paciencia, deseo de comprender.
La cultura contemporánea ha vuelto seductor el resultado inmediato. Todo debe ser rápido. La inteligencia artificial pertenece ya a este entorno y sería absurdo mirarla con temor. Puede ayudar a estudiar, comparar, resumir, traducir, ensayar caminos y ampliar posibilidades; puede ser una herramienta formidable cuando eleva las capacidades del estudiante. Pero también puede empobrecer cuando sustituye la comprensión. La diferencia está en la formación previa, en el propósito de quien la usa y en la presencia de un maestro capaz de orientar su empleo con sentido humano.
Por eso la escuela del presente, y con mayor razón la escuela del futuro, ya no educa solamente frente a la ignorancia. Educa frente al atajo fácil. Un alumno puede entregar una tarea correcta sin haberla pensado; producir un texto aceptable sin haber ordenado una idea; repetir una respuesta sin haber entendido la pregunta; obtener, incluso, una apariencia de desempeño sin atravesar el esfuerzo interior que forma el criterio. El producto aparece, pero la formación queda pendiente.
Ahí se ubica la nueva importancia del maestro. Su tarea ya no consiste en transmitir información ni en custodiar un saber escaso. Consiste en defender el proceso mediante el cual una persona aprende de verdad, la lectura lenta, la escritura cuidada, la duda honesta, el error que enseña, la corrección que mejora y la disciplina que convierte la inteligencia posible en inteligencia propia. El maestro no es quien compite con la inteligencia artificial, sino quien enseña al alumno a no renunciar a su propia inteligencia humana.
Para lograrlo, necesita autoridad pedagógica, entendida como confianza legítima para guiar, corregir, exigir y acompañar. Un maestro debe poder pedir más sin humillar, corregir sin miedo y sostener una dificultad sin disculparse por educar. La exigencia académica toma en serio al alumno, le recuerda que puede superar su primera respuesta, su prisa, su cansancio y su comodidad.
Este 15 de mayo vale agradecer a los maestros por esa resistencia cotidiana. En una época que invita a salir pronto del paso, ellos siguen defendiendo el trabajo lento de aprender; ese camino donde una persona deja de repetir respuestas ajenas y empieza a construir inteligencia propia. ¡Feliz día a todos los maestros!
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