Hay una máxima no escrita en la política mexicana que a pesar de lo pequeña que es, encierra una gran verdad, y dice así: “en política lo que se niega se afirma”. Por eso la reciente declaración de Omar García Harfuch, descartándose para la contienda presidencial de 2030, merece leerse menos como una renuncia y más como un movimiento estratégico.
No fue un destape invertido; fue un acto de disciplina pública hacia quien todavía está en el inicio de su gobierno. Al afirmar que sería “irresponsable” pensar en otra cosa que no fuera la seguridad y que ese cargo no permite una “agenda paralela”, Harfuch envió simultáneamente tres mensajes: lealtad absoluta a Claudia Sheinbaum, respeto a las Fuerzas de Seguridad y rechazo a cualquier sospecha de campaña anticipada.
La jugada tiene lógica. Hoy, Harfuch es probablemente el integrante del gabinete con mejores niveles de aprobación ciudadana. Diversas mediciones lo colocan como el funcionario mejor evaluado del gobierno y como uno de los nombres más fuertes en cualquier ejercicio sucesorio adelantado. Sin embargo, a cuatro años para la sucesión presidencial, parece prematuro y difícil de sostener porque en la política —y aquí viene otra máxima— quien asoma demasiado pronto la cabeza corre el riesgo de que se la corten. Los favoritos tempraneros suelen convertirse en el blanco preferido de adversarios, facciones internas y fuego amigo.
Su posición actual descansa además en resultados tangibles. Durante su gestión al frente de la estrategia nacional de seguridad, el gobierno ha destacado una reducción significativa en los homicidios dolosos, el fortalecimiento de operativos contra organizaciones criminales —que parecían olvidados— y una mayor coordinación institucional entre fuerzas federales y el gobierno de Estados Unidos. El propio Harfuch ha insistido en que esos avances pertenecen al conjunto del Gabinete de Seguridad y no a una sola persona.
Pero el fenómeno Harfuch trasciende las cifras. Su verdadero atractivo político radica en algo más profundo: representa una anomalía dentro del propio régimen guinda. Mientras buena parte de la clase política de Morena proviene de las luchas partidistas, él emerge desde una narrativa institucional. Es más policía que tribuno, más administrador que ideólogo. En cierto sentido, encarna el cambio dentro del cambio. Es la posibilidad de que el movimiento gobernante se modere hacia sectores urbanos, empresariales, moderados e incluso opositores que difícilmente se identificarían con los cuadros tradicionales de Morena.
Ahí reside tanto su fortaleza como su vulnerabilidad. Harfuch puede ampliar la coalición electoral del oficialismo porque genera confianza fuera de sus fronteras naturales. Pero precisamente por ello también despierta recelos entre quienes entienden la política como un patrimonio partidista y no como una construcción institucional. Su perfil recuerda a esos personajes de las novelas de Carlos Fuentes que habitan simultáneamente dos mundos: pertenecen a uno, pero son comprendidos por otro.
De aquí a 2030, sus posibilidades son reales. Pocos actores nacionales combinan reconocimiento, aprobación y resultados en una de las áreas más sensibles para la ciudadanía. Sin embargo, el camino está lejos de estar despejado. Necesitará mantener resultados en seguridad, el gran tema del país, así como sobrevivir al desgaste inevitable del poder, navegar las complejas corrientes internas de Morena y demostrar que puede ser algo más que un eficaz secretario de Seguridad. Porque una cosa es combatir al crimen y otra muy distinta hacer política.
Por ahora, Harfuch ha decidido bajarse del caballo. Pero lo hace desde el entendimiento de que las carreras largas no se ganan al arranque, sino en la última recta.
Consultor y estratega político
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