Aunque algunos de sus colaboradores intentaron un control de daños, la Presidenta cometió casi un lapsus freudiano el otro día en Sinaloa. Repitió, en el fondo, la tesis de López Obrador sobre la captura del Mayo Zambada: la violencia, o prácticamente la guerra civil, que padece ese estado desde hace dos años, se debe a dicha captura, a su vez producto del “injerencismo”. El exembajador norteamericano Salazar (en realidad el embajador del Peje en Washington) ya le había reclamado a AMLO su actitud frente a la captura. Sheinbaum insiste: en la relación causal con la violencia y en el carácter “injerencista” de la extracción de Zambada. En ambos casos, carece de las pruebas que tanto exige en su defensa de los narco-políticos de su partido.

No obstante, la Presidenta tiene algo de razón al buscar los orígenes de la violencia en la eliminación del Mayo como jefe del Cártel de Sinaloa. Desde principios de la guerra fallida de Calderón, especialistas como Eduardo Guerrero advirtieron que la estrategia de perseguir a los capos, recomendada por la DEA (“king-pin strategy”), solo detonaría más violencia. Por un lado, otros cárteles buscan sustituir a la organización recién decapitada, generando violencia; por el otro, la guerra sucesoria desatada al interior del cártel afectado, genera violencia. Palabras más, palabras menos, eso ha sucedido en Sinaloa.

Pero también es cierto que no todo abatimiento de un capo provoca violencia: allí está el caso del Mencho. Durante un par de días, ciudades como Guadalajara y Puerto Vallarta sufrieron los estragos de la respuesta del Cártel Jalisco Nueva Generación a la ejecución de su líder. Pero no pasó de allí.

Sheinbaum tampoco dispone de pruebas del “injerencismo” norteamericano en la aprehensión de Zambada. Tanto ella como López Obrador le han solicitado repetidamente a las administraciones de Biden y Trump informes sobre el traslado del Mayo a Estados Unidos, sin haber recibido más que la respuesta inicial de Salazar: Washington no tuvo nada que ver, ni estaba enterado de la operación o secuestro por los Chapitos. La presencia en un museo del FBI de la avioneta en la que voló Zambada no demuestra nada. Por mi parte, coincido con muchos otros, y con las sospechas de Sheinbaum y López Obrador, sobre la participación estadounidense en el operativo, pero se trata únicamente de una corazonada. Nada más.

Todo lo cual coloca a México en una situación insostenible. Supongamos que, en efecto, la guerra civil en Sinaloa fuera causada por la captura de Zambada. Y supongamos también que, efectivamente, Estados Unidos estuvo detrás de dicha captura. Ergo el costo de descabezar al Cártel de Sinaloa fue igual a la suma de daños a la soberanía de la injerencia norteamericana, y de los muertos, heridos y daños a la sociedad sinaloense. Resulta evidente que en este caso por lo menos, el caldo sale más caro que las albóndigas. No valió la pena pagar un precio exorbitante por un golpe espectacular pero de consecuencias casi nulas a largo plazo: alguien acabará por sustituir al Mayo o al CDS. El silogismo es válido, robusto… e indefendible.

Washington no puede aceptar esta actitud mexicana, que en gran parte comparto. He escrito y dicho en innumerables ocasiones después de salir de un cargo de gobierno que el problema de las drogas, suponiendo que sea un problema, lo es de Estados Unidos. Digo suponiendo porque no pienso que el consumo de drogas en condiciones legales, sanas y fiscalizadas sea problemático, como tampoco lo es el alcohol. Pero acepto la moralina contraria solo para no envolvernos en discusiones éticas e irresolubles.

México no sufre una epidemia de consumo. Si nuestro vecino del norte considera que debe impedir el ingreso de estupefacientes, que coloque efectivos militares de su lado de la frontera y los detenga, y que envíe a la Guardia Nacional norteamericana a los “projects” y “ghettos” y universidades de sus grandes ciudades para erradicar ese consumo. Y que pague el costo político, fiscal, cultural, generacional, étnico y mediático de hacerlo. Adelante. Solo que ningún gobierno del mundo —ni siquiera Petro en Colombia o Evo Morales en Bolivia— ha sido capaz de esgrimir este discurso. Basta ver la lista de exmandatarios que lo empuñan, y cotejarla con la lista —inexistente— de mandatarios en funciones que lo suscriben en público.

Por eso Sheinbaum se ha metido en un atolladero. Más le vale dejar de repetir que la violencia en Sinaloa es culpa de Washington. La violencia en México desde 2007 es culpa de la guerra contra el narco de Calderón, de Peña Nieto, de López Obrador y de Sheinbaum. Esa guerra es en parte culpa de Estados Unidos. Eso lo podemos decir muchos ciudadanos de a pie. No el gobierno. Aunque tenga razón.

Excanciller de México

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