“La buena publicidad es preferible a la mala, pero que a veces la mala es mejor que ninguna”

—Trump en The Art of the Deal

Donald Trump no pasa por su mejor racha. La Suprema Corte le frenó su intento de restringir el voto por correo. La guerra con Irán mantiene altos los precios de la energía y Kevin Warsh, el presidente de la Fed que él mismo escogió para bajar las tasas, votó por subirlas por primera vez desde 2023.

Esta semana Trump necesitaba proyectar liderazgo, primero con su discurso ante la Asamblea General de la ONU y después con la visita de Estado de Xi Jinping. En lugar de eso, decidió pelearse con la prensa.

El viernes anunció que CNN, MS NOW (antes MSNBC) y Politico tenían prohibida la entrada a la Casa Blanca por publicar, según él, noticias falsas. Sus reporteros se encontraron con que sus acreditaciones habían sido desactivadas el fin de semana. El lunes, los tres medios lo demandaron ante un tribunal federal.

Trump ha hecho de las “fake news” su mantra, pero no es la primera vez que castiga a un medio. En 2018 le retiró la acreditación a Jim Acosta, de CNN, y en 2025 sacó a la agencia AP de la Oficina Oval por negarse a llamar “Golfo de América” al Golfo de México. Lo nuevo es la escala. Nunca había vetado a tres medios de un plumazo.

El pool presidencial tiene casi un siglo de historia, y el asesinato de John F. Kennedy mostró por qué importa acompañar al presidente a todas partes. Merriman Smith, de UPI, estaba en el coche de la prensa en Dallas cuando escuchó los disparos. Tomó el radioteléfono y dictó una de las primeras alertas del atentado. Por esa cobertura ganó el Pulitzer.

Hoy ABC, CBS, CNN, Fox y NBC se turnan para seguir al presidente y la cadena en turno comparte sus imágenes con las demás. Así garantizan la cobertura y reparten los costos de una operación carísima.

El lunes le tocaba a CNN, incluido el viaje del presidente a Nueva York. Ante el veto de Trump, una de las otras cuatro cadenas podrían haber decidido ocupar su lugar, pero decidieron no hacerlo. Incluida Fox News, cuyo jefe de oficina en Washington, Bryan Boughton, preside el pool y firmó el aviso de que no habría reemplazo. No es poca cosa. Son empresas que compiten por audiencia, publicidad y exclusivas, pero ahora coincidieron en que aceptar el veto sentaría un precedente negativo para la libertad de expresión.

La primera consecuencia llegó horas después. Trump inauguró el nuevo helipuerto de la Casa Blanca, con el que presume que impresionará a Xi. Hubo listón y tijeras doradas. Lo que faltó fueron las cámaras de las cadenas. La transmisión oficial no logró captar su voz por el ruido de los motores del Marine One y el presidente habló unos tres minutos sin que nadie lo escuchara. Hasta un conductor de Newsmax, canal afín a Trump, admitió que la jugada le había salido un poco por la culata. Esa noche la Casa Blanca estrenó Trump TV, un canal de YouTube que no se si pretenda reemplazar el pool, pero por lo pronto lo que tiene son repeticiones de viejos discursos las 24 horas.

Lo que está en disputa es si quien ocupa la Presidencia puede usar el acceso a la información pública para premiar a los medios que le gustan y castigar a los que lo incomodan. Los medios sostienen que la Primera Enmienda los protege. La Casa Blanca responde que publicar es un derecho, pero tener credencial no. La decisión será de un juez que el propio Trump nombró en su primer mandato.

La solidaridad de las cadenas demuestra que la competencia no impide defender intereses comunes. Al final, lo que vemos es que una Presidencia no es un programa de televisión en el que su protagonista puede despedir a quien no le gusta, como hacía Trump en su programa The Apprentice.

@AnaPOrdorica

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