Será una de las escenas más emotivas del Mundial 2026. Un niño uzbeko rompe en llanto tras la derrota de su selección frente a Colombia. Al verlo, un grupo de aficionados colombianos comienza a corear: "¡Uzbekistán, Uzbekistán!".
Así, de la nada, durante unos instantes, la rivalidad desapareció y quedó un recuerdo más humano que el marcador en la cancha.
Hay algo extraordinario que ocurre cuando un grupo de aficionados se reúne para presenciar el futbol, como ha ocurrido en gran parte de los juegos de la Copa del Mundo que se disputa en México, Canadá y Estados Unidos.
No importa la edad, la profesión, la ideología política o el nivel económico. Durante unos minutos, miles de personas que jamás se habían visto se convierten en una especie de familia reunida en torno a una historia compartida.
¿Qué estamos buscando cuando seguimos un partido de futbol? La respuesta puede estar mucho más cerca de la antropología que del deporte.
Mientras el futbol reúne multitudes, la Organización Mundial de la Salud ha señalado que la soledad y el aislamiento social se han convertido en una preocupación creciente para las sociedades contemporáneas. De hecho, en 2025, la Comisión sobre Conexión Social de la OMS señaló que la falta de vínculos significativos tiene efectos reales sobre la salud, el bienestar y la cohesión social.
Qué paradoja vivir en la época de mayor conectividad tecnológica de la historia y, a la vez, en un tiempo marcado por la necesidad de conexión humana.
Y sin embargo, en este escenario, el futbol sigue ocupando un lugar especial. Diversos estudios de universidades e instituciones reconocidas señalan que el vínculo con equipos deportivos puede funcionar como una fuente significativa de conexión social y bienestar psicológico.
La gente no ama únicamente a un equipo; ama la experiencia de pertenecer a algo más grande que sí misma.
Un niño recibe una camiseta de su padre, años después, él la hereda a su hijo, y así como ésta, en el futbol se generan diversos tipos de conexiones más. Los investigadores llaman a esto identidad colectiva.
El ser humano fue creado para pertenecer, interactuar en comunidad, compartir símbolos, y sentir que nuestra vida forma parte de algo más grande que nosotros mismos. Se trata de la experiencia de descubrir que no estamos solos.
La fe cristiana reconoce desde hace siglos esa necesidad humana. La persona no fue creada para el aislamiento, sino para la comunión, para encontrarse con otros y construir vínculos que den sentido a la existencia.
Cuando miles de personas cantan juntas en un estadio, en una plaza pública, alrededor del Ángel de la Independencia, o frente a las pantallas de un restaurante, se trata de algo más que un evento deportivo. Estamos contemplando la necesidad de formar parte de una historia compartida, y de sentirnos, de alguna manera, familia.
Por eso la escena entre el niño uzbeko y los aficionados colombianos conmueve, porque nos recuerda que, antes que rivales, antes que aficionados e incluso antes que ciudadanos de distintos países, somos seres humanos que buscan pertenecer, ser reconocidos y encontrar un lugar entre los demás.
Cuánta falta hace recordarlo en momentos en los que las diferencias pesan más que todo aquello que nos une.
Director de Comunicación de la Arquidiócesis Primada de México
Contacto: @jlabastida
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