En medio de una de las tensiones más visibles entre liderazgo religioso y poder político en los últimos años, el Papa León XIV pronunció un mensaje que ha dado la vuelta al mundo por su profundidad:
“No le tengo miedo a la administración de Trump. Seguiré hablando en voz alta del mensaje del Evangelio, por el que trabaja la Iglesia (…) No somos políticos, no miramos la política exterior con la misma perspectiva. Pero creemos en el mensaje del Evangelio como constructores de paz”.
La declaración, hecha durante su vuelo rumbo a África, llegó después de críticas públicas del presidente Donald Trump, quien lo calificó como “débil” por sus llamados a la paz en los conflictos internacionales que su administración ha impulsado.
El Papa no respondió en un lenguaje de confrontación personal, como suele ocurrir en ese tipo de intercambios, sino desde la lógica del Evangelio como criterio último de su palabra. “No quiero entrar en un debate… sigo alzando la voz contra la guerra”.
La relevancia de este mensaje radica ciertamente en su contenido, que es la defensa de la paz, pero también en el espacio desde donde se articula, ajeno a la disputa ideológica y a la lógica del poder.
En un ecosistema mediático donde todo tiende a polarizarse, su posicionamiento rompe ese esquema binario, y a nivel de comunicación, tiene implicaciones que merecen analizarse:
Primero, con este mensaje, el Papa fortalece su autoridad como voz moral. En un entorno saturado de opiniones, la credibilidad no depende del volumen ni de la agresividad, sino de la consistencia entre lo que se dice y lo que se representa. La palabra del Papa no busca imponerse como lo hace Trump con frecuencia, sino sostenerse por su propia densidad.
No es casual que, días antes, el 28 de marzo, el propio Pontífice haya afirmado en su homilía: “La paz no es un mero equilibrio de fuerzas. Es una obra de corazones purificados, de quienes ven en el otro a un hermano al que cuidar, no a un enemigo al que abatir”.
Segundo, busca establecer una frontera bien definida entre fe y poder. “No soy un político” (aunque su mensaje sí tiene implicaciones políticas). En comunicación institucional, saber qué no eres es tan importante como saber qué eres.
El Papa le dice al mundo que la Iglesia no compite por espacios de poder ni busca incidir desde la lógica de bloques o intereses; su intervención se sitúa en el ámbito de la conciencia, donde no se imponen decisiones, pero sí se iluminan criterios. Incluso Masoud Pezeshkian, presidente de Irán, un país donde la religión mayoritaria es el islam chiita, reconoció su posicionamiento.
Tercero, redefine el concepto de valentía en el espacio público. Hoy, muchas voces se presentan como valientes por su capacidad de confrontar o de escalar el conflicto. Sin embargo, la comunicación del Papa introduce una categoría distinta: la valentía de sostener el mensaje sin adoptar el tono del adversario.
En un contexto donde muchos creyentes experimentan presión para silenciar su fe o reducirla al ámbito privado, escuchar al Papa afirmar que el Evangelio no se negocia y que no tiene miedo en anunciarlo, resulta inspirador.
León XIV no personaliza el conflicto ni lo reduce a una disputa entre actores. Habla de inocentes, de diálogo, de paz. Y al hacerlo, cambia el eje de la conversación.
En una época donde el debate público premia la reacción inmediata, la simplificación y el antagonismo, optar por una comunicación que sostiene principios sin caer en la lógica del enfrentamiento es totalmente revolucionaria.
Este episodio no revela únicamente un desencuentro entre dos figuras públicas, sino dos formas de entender la palabra. Una que busca imponerse desde la fuerza del posicionamiento. Otra que busca iluminar desde la coherencia del sentido.
El Papa, en este caso, no habla desde el miedo ni desde la manipulación política. Habla desde su responsabilidad de anunciar el Evangelio y lo que ello significa. Y al hacerlo desvela una lección de comunicación que va mucho más allá de la coyuntura.
Director de Comunicación de la Arquidiócesis Primada de México
Contacto: @jlabastida
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