La historia de la senadora paraguaya que amenaza con demandar a Kylian Mbappé por violencia de género parece sacada de la ficción. Es, sin embargo, una historia ridícula pero verdadera. Más todavía: es una historia doblemente absurda y doblemente escandalosa que, por lejana que parezca, nos recuerda lo que ya pasa en México.

El primer absurdo es el burdísimo racismo de la senadora Celeste Amarilla. Después de que Francia eliminó a Paraguay en los octavos de final del Mundial —con gol de penal del propio Mbappé—, la legisladora tuiteó algo inaceptable bajo cualquier estándar. En una publicación llamó a Mbappé “camerunés colonizado” que estaba “fingiendo duro ser francés”. Le dijo “resentido”, “rico nuevo”, “prepotente” y “feo”.

Por si fuera poco, en otro tuit —el más grotesco— la senadora continuó con su diatriba racista. Escribió que Mbappé era un “bruto” que “no aprendió ni a escribir”, que “en vez de leche materna chupaba cocos” y que “lo más instruido que escucho [sic] eran chimpancés”.

Es absurdo y es escandaloso que, en pleno siglo XXI, una senadora de un país que se ostenta democrático recurra a descalificaciones tan racistas, tan discriminatorias, tan reproductoras de los peores estereotipos. En cualquier democracia mínimamente decente, tuits como esos costarían una disculpa pública y, quizás, una renuncia.

Justamente porque esos discursos son inaceptables, todo el mundo —o casi todo el mundo— salió a defender al futbolista. El propio Mbappé contestó con un mensaje lleno de dignidad. Dijo que Amarilla era “una mujer despreciable e indigna de su cargo” y una “dama incompetente”. Celebró a Paraguay — “ese país que transpiró pasión y honor a lo largo de toda la competencia”— y subrayó que la senadora no representa a la nación sudamericana. Lamentó, con toda la razón, que por su “racismo descarado” el mundo estuviera olvidando el esfuerzo histórico de la Albirroja. Y cerró con una advertencia: jamás permitiría que personas como ella “tengan la libertad de propagar su odio y su racismo por el mundo”.

Sucede, sin embargo, que la digna respuesta de Mbappé detonó la segunda parte de este absurdo y de este escándalo. Porque en vez de disculparse con sinceridad, la senadora Amarilla publicó una “carta abierta a Mbappé” que es una colección de fijaciones, delirios y reproches. Por momentos parece que Amarilla se arrepiente. Confiesa, por ejemplo, que sus posteos fueron escritos “con la sangre hirviendo” y que se arrepintió de haberlo maltratado con “los mismos insultos” que ella misma recibe por ser “morena y latina”. Por eso, dice, borró los tuits.

Hasta ahí, nada nuevo bajo el sol en esta historia del absurdo. Tenemos a una senadora que se disculpa a medias, que dedica media carta a descalificar al ofendido y que luego medio hace como que se disculpa. Pero después dobló la apuesta. Exigió que Mbappé se retractara y le pidiera disculpas. “Tampoco voy a tolerar tu violencia”, dijo. Sostuvo, ya montada en el tren de los despropósitos, que lo suyo había sido “violencia de género pura y dura” —con signos de admiración incluidos y mal escritos— y advirtió que, de no haber retractación, podría “iniciar acciones legales por violencia de género”.

Hay que leerlo dos veces para creerlo. Pero es cierto. Una senadora que emitió comentarios abiertamente racistas acusa de violencia de género a la persona ofendida por ese racismo… por el simple hecho de haber dicho que ella es despreciable e indigna de su cargo.

La historia podría parecernos lejana y absurda —una senadora paraguaya invocando la violencia de género para escudar su racismo—, si no fuera porque tiene un claro eco en México. Aquí, la violencia política de género también se ha utilizado, ya no en tuits, sino en procedimientos administrativos y judiciales, para silenciar a periodistas críticos (piensen en el caso de Héctor de Mauleón,) o a ciudadanos que comentan sobre lo público (ahí está el célebre .

El caso de Mbappé, por tanto, no es solo un absurdo lejano. Es el recordatorio de hasta dónde puede pervertirse la violencia política de género cuando se usa con los peores propósitos —y de cómo ese abuso termina por invisibilizar las violencias verdaderas que a diario sufren las mujeres—. Lo de Mbappé ha sido, hasta el momento, una absurda amenaza. Lo de México es una amenazante realidad.

Javier Martín Reyes. Investigador en el IIJ-UNAM y en el Instituto Baker. X: .

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