Los resultados de la elección legislativa en Coahuila nos dicen mucho sobre lo que podría ocurrir en 2027, cuando se renueven las 500 diputaciones federales y miles de cargos locales en todo el país. Pero sería un craso error extrapolar, sin más, lo que sucedió en un solo estado del norte, donde apenas se eligieron 25 diputaciones locales. Para entender el mensaje de Coahuila, hay que entender las variables que hicieron posible una derrota tan clara de Morena.

Comencemos por lo elemental: la elección fue un éxito rotundo para el PRI. Según las estimaciones preliminares (), el PRI no solo obtuvo alrededor del 54% de los votos, sino que, aliado con un partido local (UDC, con poco más del 4%), la coalición se quedó con 18 de las 25 diputaciones: el 72% del Congreso, muy por encima de la mayoría calificada. Se llevaron, para decirlo pronto, el carro completo.

Y el éxito no termina ahí. La alianza del oficialismo (Morena y PT) quedó en un lejano segundo lugar, con apenas el 27% de los votos y cinco diputaciones. El resto compitió en solitario y cosechó resultados raquíticos: el Verde, el PAN y MC no alcanzaron ni el 3% y se quedaron fuera del Congreso. El fracaso fue tan profundo que un partido local como Nueva Ideas —al que los morenistas acusan de ser un satélite del PRI— sacó el 6% y consiguió dos espacios en la legislatura.

El PRI nacional ha querido vender el triunfo como una señal de esperanza para lo que viene. Según el eslogan oficial, “Coahuila mandó un mensaje nacional: a Morena sí se le puede ganar”. La frase es mitad verdad y mitad mentira. Las elecciones locales sí mandaron un mensaje nacional, pero es otro.

El triunfo del PRI en Coahuila se explica por tres factores. Primero, una de las estructuras territoriales de movilización del voto más sofisticadas del país, y muy bien aceitada, por cierto. Segundo, un sistema electoral que permite usar las coaliciones para alcanzar niveles altísimos de sobrerrepresentación (el priismo coahuilense, hay que decirlo, fue pionero y maestro de lo que después vimos a nivel federal). Y tercero, una oposición débil que, encima, compitió en solitario.

Si el PRI nacional —o la oposición en su conjunto— estuviera bien parado en estas tres dimensiones, habría que compartir la conclusión: a Morena sí se le puede ganar. Pero la realidad es exactamente la contraria.

En 2027, si alguien puede llevarse algo parecido a un carro completo, son Morena y sus aliados. Son ellos quienes están construyendo y consolidando una estructura territorial para movilizar el voto, aceitada además por el control del gobierno federal, de 24 gubernaturas y de buena parte de los municipios. Son ellos quienes podrán aprovechar, una vez más, las interpretaciones del INE y el TEPJF que han avalado el fraude a la Constitución de la sobrerrepresentación. Y son ellos quienes enfrentarán a una oposición (PAN, PRI y MC) que muy probablemente competirá de forma fragmentada.

Por eso sorprende que haya quien sostenga que a Morena le irá mal en 2027 o que no alcanzará la mayoría calificada en San Lázaro. Esas voces parecen no hacerse una pregunta elemental: ¿cuántos de los 300 distritos federales puede ganar una oposición dividida? Quien tiene todo para llevarse el carro completo, en realidad, es Morena.

Ese es el verdadero mensaje nacional de lo que pasó en Coahuila: lo que pasó en Coahuila podría pasar en México. Solo que al revés.

Javier Martín Reyes. Investigador en el II-UNAM y en el Instituto Baker. X: .

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