Quitar la carne, toda,
hasta que el verso quede
con la sonora oscuridad del hueso
Francisco Hernández
Como don Francisco de Quevedo y Villegas, Eliseo Diego sabía que lo que se conoce como “literatura” puede deparar conversaciones perdurables (no por azar a la reunión de sus traducciones le dió el título de Conversación con los difuntos, procedente de un verso de Quevedo), y a veces deriva en una forma feliz de la amistad.
“Cuando Eliseo Diego lee en inglés, adquiere un extraño parecido con Joseph Conrad”, escribió Francisco Hernández. “La sala se condensa en serenas penumbras, el whisky se refresca con la ráfaga que mueve las cortinas y el olor a tabaco negro lo rodea hasta dejarlo solo, al pairo, y lo escuchamos sin quitar los ojos de la mancha que aparece en el muro.
“Cuando Eliseo Diego lee poemas en español, la alegría es una pequeña isla en tierra firme, el humo del café copia la trama de los tapetes y el gato que nunca volveremos a ver cruza como un equilibrista, las fotografías de la familia.
“Entonces lo escuchamos con los ojos cerrados.
“La mancha en el muro ha empezado a crecer”.
Algunos años antes, hacia 1976, Francisco Hernández había advertido en “Postal de París”:
Si tienes la suerte de haber leído
a Hemingway cuando joven, luego él
te acompañará, vayas donde vayas,
todo el resto de tu vida, ya que
Hemingway es una fiesta que nos sigue.
En Mascarón de prosa, publicado en 1997 por CONACULTA, confiesa lúcidamente:
El mejor retrato que conozco de Rilke lo pintó Vicente Gandía.
Lleva el cuadro por título La cama y los rasgos del poeta no aparecen.
Sin embargo, hay un libro cerrado en primer plano, del lado izquierdo, donde se lee RILKE, así; en mayúsculas.
Como “fantasmas, que a mediodía salen de los libreros para fundirse a los retratos y ver la vida otra vez con el respaldo de una cara”, en la escritura de Francisco Hernández no dejan de entrecruzarse con naturalidad escritores, pintores, músicos, que rememora y recrea para crearse. Pueden sospecharse indicios de un lector y del origen de su escritura, en la que, sin embrago, puede reconocerse la conversación de Francisco Hernández; un hombre de palabras certeras con un sentido del humor íntimo, que revela con agudeza el entramado inexorable de la “aventura terrestre” sin desdeñar el horror.
Creo recordar que Francisco Hernández refiere que algún día de los últimos años 80, oyó circunstancialmente un quinteto para piano que no conocía al entrar en la librería El Parnaso de Coyoacán. Uno de los libreros le dijo que era de Schumann y que el disco era suyo. Se lo prestó; fue el principio del poema De como Robert Schumann fue vencido por los demonios, que editó El Equilibrista en 1989 y que acaso propició que escribiera Habla Scardanelli, también publicado por El Equilibrista en 1992, que procede de Hölderlin y que con Cuaderno de Borneo, que imagina en versos precisos las últimas páginas de Georg Trakl, terminaron por conformar Moneda de tres caras, editado también bellamente por El Equilibrista en 1994.
La literatura le ha deparado a Francisco Hernández detenerse asimismo en el domingo, en el que “además de ratas, hay niños en el parque”, en los “amor / taja / dos”, en su Vida con la perra, “que nació conmigo pero no tiene edad”, En las pupilas del que regresa, en “Las gastadas palabras de siempre”, en “los armarios que encierran la humedad de los puertos”, en la ropa de los muertos...
Francisco Hernández ha cumplido 80 años.
En Fade out, el último poema de uno de sus primeros libros; Portarretratos, escribió:
Cuando era niño
yo quería ser
poeta maldito
¿tú a qué jugabas?
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