Con la victoria de Gustavo Petro en Colombia, se alzaron muchas voces de esperanza. Los más entusiastas afirman que América Latina está girando nuevamente a la izquierda, incluso circuló un mapa que lo demostraría. Pero la verdad, a estas alturas, he aprendido que la cautela es mejor compañera que el entusiasmo ciego.

El 2006 aplaudí y vibré con la victoria de Evo en Bolivia; todavía ingenuo, pensaba que se abría en verdad un nuevo ciclo. En parte lo fue, pero sólo en parte. En poco tiempo demostró que nunca tuvo vocación democrática, que era autoritario, y que podía ser tan corrupto y farsante como los anteriores presidentes. En esos años pensábamos que Evo, por autoproclamarse como indígena, implicaba una nueva forma de política. Fue un fiasco. Ahora desconfío de los discursos esencialistas que tienen de fondo una superioridad moral por razones étnicas, de clase, generacional o de género; más bien pongo atención a los resultados, no sólo a la envoltura. Y ya no creo en héroes y villanos.

Pero volvamos al punto. ¿Existe en verdad una izquierda latinoamericana más allá de una retórica estratégica y eficaz en algunos sectores? Aunque en ciertos países y en temas puntuales sí implique una inflexión histórica, tengo dudas de que se pueda hablar de un bloque homogéneo. Lo decía alguien en redes: ¿qué en común tienen Ortega en Nicaragua y Fernández en Argentina? Boric en Chile empezó con una sorprendente confesión: dijo que Álvaro García era su gurú. Curioso, pero si hiciera un poquito de lo que “proceso de cambio” impulsó en Bolivia -utilizar la justicia a conveniencia, controlar todas las instituciones de la gestión pública, exigir a funcionarios públicos una comisión de su salario para mantener el partido sin fiscalización alguna, impulsar un fraude, no cumplir con el resultado de un referéndum y torcer la constitución, organizar una elección de Estado, dividir lo movimientos sociales, comprarse periódicos y canales de televisión para controlarlos a su antojo, etc.-, no duraría meses en el cargo. La institucionalidad chilena, creo, no se lo permitiría. Con su filiación religiosa-intelectual, Boric demuestra que, o prefiere mirar a otro lado en los temas fundamentales, o ignora la política boliviana.

Los parámetros para diferenciar izquierdas y derechas en el continente en algunos temas no siempre son claros (en otros sí). Por ejemplo, la estrategia de lucha contra el narcotráfico de López Obrador (si ponemos atención en el número de víctimas) es tan ineficiente como la de sus antecesores Peña Ñieto o Calderón. La política de represión a jóvenes urbanos marginales de Maduro es igual de abusiva que la de Bolsonaro. La represión en Nicaragua a los movimientos sociales fue similar a la de los carabineros chilenos en el anterior gobierno. La corrupción en Bolivia es idéntica a la de la era neoliberal. Y así hasta el cansancio.

Si la izquierda latinoamericana quisiera mostrar que en verdad puede ofrecer al continente una ruta fresca, tiene que empezar sacudiéndose de su pasado inmediato y mirarlo autocríticamente. Al menos son tres temas que habría que repensar.

Primero, los derechos humanos. En el caso boliviano, se estima que en la era del “proceso de cambio” hubo una centena de muertes con responsabilidad de Estado. ¿Hay que ocultarlos? ¿No hay que buscar responsables y juzgarlos? ¿O debemos creer la máxima autoritaria que sólo enseña los crímenes que les conviene, y que los suyos los oculta bajo la alfombra? Ni hablar del acoso y desmantelamiento que se han vivido de las instituciones de defensa de derechos humanos: si no están alineadas con el discurso oficial, simplemente son destruidas. ¿Serán capaces estas nuevas izquierdas de denunciar a los responsables de todos los excesos?, o haremos como si nada hubiera pasado aplastando todo con una nueva narrativa que exima a los responsables.

La democracia. El manejo de la política cotidiana en los gobiernos “socialistas” del siglo XXI ha sido tan vergonzoso como cualquier otra gestión. En Bolivia el 2019 hemos vivido unas elecciones de Estado escandalosas, como en los mejores tiempos de PRI en México. Algo similar sucede en Venezuela y peor en Nicaragua. ¿Será capaz la nueva izquierda de tomarse en serio las reglas democráticas? ¿Entregar el poder cuando pierde? ¿Organizar elecciones limpias, sin intervenir en ellas con los recursos públicos?

La justicia. Otra vez Bolivia es el peor ejemplo. Durante estos años el manoseo del aparato judicial ha sido vergonzoso (lo que Felix Patzi denominó como “el recurso del terror”). ¿Podrá la izquierda de Estado reformar el sistema judicial y no usarlo a capricho del gobernante? ¿Podrá juzgar a sus propios líderes por los crímenes que cometieron?

Cuando era joven repetía con entusiasmo el slogan “siempre a la izquierda”. Lo suscribo, pero lo complemento: siempre a la izquierda de la izquierda de Estado; siempre crítico al poder y sus excesos más allá de donde venga.

Vuelvo a la pregunta inicial: ¿estará la nueva izquierda de Estado a la altura de la historia? ¿podrá mirarse críticamente? ¿sabrá sacudirse de sus dogmas y dejar de creerse sus propias mentiras? ¿podrá devolvernos la esperanza? ¿Podrá en verdad ser de izquierda? Está por verse.

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