A estas alturas, descubrir que una plataforma tecnológica recopila datos personales es como enterarse de que el agua moja o que los tacos llevan tortilla. Pero en Texas decidieron actuar sorprendidos y el fiscal general Ken Paxton demandó a Netflix por espiar usuarios, recolectar información sin consentimiento y diseñar su plataforma para volver adictos a niños y adultos. ¡Vaya descubrimiento!

Si alguien creía que la empresa construyó un imperio de más de 300 millones de suscriptores únicamente gracias al talento de sus guionistas, probablemente también cree que las cookies digitales son galletas virtuales con chispas de chocolate. Si pasas seis horas al día viendo K-Dramas o videos de Idols, la plataforma toma nota y te lanza las Kpop Demon Hunters. Quién lo hubiera pensado.

La demanda sostiene que Netflix mintió durante años al asegurar que no recopilaba ni compartía datos de los usuarios, mientras construía un negocio multimillonario basado precisamente en conocer qué ve la gente, cuánto tiempo lo ve, en qué capítulo abandona una serie y hasta qué escena rebobina. En otras palabras, el algoritmo no nació por generación espontánea ni fue iluminado por una fuerza celestial del entretenimiento digital. Funciona gracias a toneladas de datos personales que alimentan el apetito infinito de las plataformas tecnológicas.

La frase incluida en la demanda parece sumamente mamona (infantil), pero también bastante precisa: “Cuando ves Netflix, Netflix te ve a ti”. Porque el negocio digital moderno no consiste en vender series, aplicaciones o redes sociales. El verdadero negocio es vender certezas sobre el comportamiento humano. Las plataformas saben si alguien está deprimido, si acaba de terminar una relación, si tiene hijos, si se desvela viendo anime coreano o si lleva tres semanas buscando sneakers (tenis deportivos) que jamás comprará. Y todo eso vale dinero. Mucho dinero.

Pero el problema no es exclusivo de Netflix. La industria tecnológica completa funciona bajo el mismo principio. Recopilar la mayor cantidad posible de información y luego encontrar cómo monetizarla es su modus vivendi. Algunas empresas lo hacen con más elegancia; otras con la sutileza de un ratero bolseando en el metro. Ahí está el caso de Facebook y Cambridge Analytica, donde los datos de 87 millones de usuarios terminaron utilizados para manipular campañas políticas.

También aparece Yahoo, cuya filtración comprometió más de 3 mil millones de cuentas. O Google, que sigue acumulando demandas por rastrear usuarios sin consentimiento. En América Latina tampoco cantamos mal las rancheras. Rappi recibió sanciones por el manejo indebido de datos personales.

Y mientras tanto, millones de usuarios siguen entregando ubicación, contactos, hábitos de compra y hasta acceso al micrófono a cambio de un cupón de descuento. La privacidad cuesta más que un combo con papas grandes.

Pero en México vivimos una contradicción muy nacional. Mucha gente exige protección absoluta de sus datos, pero rechaza cualquier regulación, supervisión o mecanismo que implique orden. Se vive una especie de esquizofrenia digital enchilada. Se teme al espionaje corporativo mientras se publican fotos de niños, boletos de avión, placas de autos y hasta documentos oficiales en redes sociales. Después vienen las lágrimas cuando aparecen fraudes, extorsiones o robo de identidad.

La inteligencia artificial tampoco ayuda demasiado a tranquilizar el ambiente. Las plataformas conversacionales aprenden de preguntas, hábitos y patrones. Cada interacción deja rastros. Cada clic alimenta sistemas que perfilan usuarios con precisión quirúrgica. El problema es que la mayoría acepta términos y condiciones con singular alegría.

Las recomendaciones de privacidad son usar correos secundarios, desactivar rastreadores, limitar permisos y denunciar publicidad engañosa. Todo muy útil, aunque en la práctica muchas plataformas diseñan sus servicios para que proteger datos sea más complicado que conseguir un boleto de BTS.

Por eso la demanda contra Netflix no representa una revelación histórica. Representa apenas otro episodio de una historia conocida. Las grandes tecnológicas construyeron imperios enteros observando usuarios mientras fingían que solo querían “mejorar la experiencia”. La diferencia es que, después de mucho tiempo; algunos gobiernos comienzan a actuar sorprendidos.

Agandalle Digital

En México, las operadoras telefónicas se inventan cargos y planes con la misma facilidad con la que se inventan penaltis en el futbol. Ahora resulta que una empresa de telefonía móvil decidió ponerse creativa con la billetera de sus clientes.

El nuevo numerito consiste en un cobro relacionado con una supuesta Inteligencia Artificial integrada en el servicio móvil. El detalle incómodo, pequeñísimo y casi imperceptible, es que nunca informó claramente a los usuarios ni pidió autorización para aplicar el cargo. Detalle menor, ¿no crees?

Las quejas ya comenzaron a circular y el tema incluso llegó hasta la conferencia mañanera de la presidenta Claudia Sheinbaum. Porque la empresa, dicen algunos consumidores, parece tener experiencia en “creatividad empresarial”.

Desde hace años la compañía cobra una fianza anual cercana a los 200 pesos. Una especie de depósito preventivo que en los tiempos jurásicos de los planes tarifarios servía como garantía contra morosos. El problema es que muchos usuarios jamás supieron que ese cobro era opcional. Ahí estuvo durante años, silencioso, discreto y puntual como el Señor Barriga cobrando en la vecindad. En el mundo “corporate” se le dice “maximizar ingresos”, en el barrio le decimos agandalle.

Conviene recordar que detrás de cada algoritmo siempre hay alguien buscando monetizar nuestros hábitos, movimientos y datos. Porque una cosa es ofrecer servicios inteligentes y otra muy distinta convertir el teléfono en un espía.

Así que más vale revisar recibos, contratos y mensajes escondidos en letras microscópicas. No vaya a ser que, entre promociones, concursos y “beneficios exclusivos”, la empresa termine stalkeando al usuario… y además le cobre por hacerlo.

Digitalizar Ya

En el negocio de los seguros la tecnología se convirtió en el nuevo salvavidas de una industria que durante años operó con procesos más lentos que mi PC de escritorio.

Por eso, durante la Convención AMIS 2026, la firma Solera lleva un claro mensaje a las aseguradoras mexicanas: necesitan dejar atrás la burocracia analógica y empezar a trabajar con modelos conectados, escalables y basados en datos. Porque sí, en pleno 2026 todavía hay compañías que gestionan reclamaciones con papel autocopiante.

Alejandro Ávalos, vicepresidente de la empresa para México y varios países de América Latina, dice que la innovación tecnológica ya redefine la experiencia del siniestro. La apuesta no sólo consiste en acelerar reclamaciones, sino en mejorar productividad, reducir errores y evitar que el asegurado termine sintiendo que reclamar un choque es súper complicado.

Por su parte, Ana Izquierdo, directora de Análisis de Datos de la empresa, sabe que el verdadero petróleo moderno son los datos. Pero no cualquier dato, sino información útil, auditada y capaz de generar decisiones confiables. Ahí entra Qapter, plataforma que procesa información de millones de vehículos y reclamaciones para convertirla en valuaciones más precisas. En seguros el problema nunca ha sido la falta de información, sino qué hacer con ella.

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