Uno de los grandes problemas de la llamada Cuarta Transformación es su carente habilidad de comunicar en consenso. Desde el sexenio pasado se ha acentuado ese error y en la actual administración vemos falta de unidad interna en la toma de decisiones por parte de los secretarios del gabinete y la oficina de la presidenta. El problema: enviar a la presidenta mañana tras mañana a la palestra sin la información completa. No es problema menor. ¿Qué pasa con su equipo de asesores y de comunicación?

La semana pasada, México volvió a exhibir con crudeza la verdadera jerarquía de prioridades del gobierno federal en materia educativa. La Secretaría de Educación Pública, encabezada por Mario Delgado Carrillo, propuso adelantar el fin del ciclo escolar 2025-2026 al 5 de junio, más de un mes antes de la fecha original. La excusa oficial: la ola de calor y la logística del Mundial de la FIFA 2026. Lo que se vendió como decisión técnica resultó ser, una vez más, la creación de un problema político de Estado hasta ese momento inexistente: la disposición a recortar tiempo de aprendizaje para no incomodar un espectáculo deportivo de masas. Debemos mencionar que la semilla de esta discordia surgió al menos como idea en la Jefa de Gobierno de la Ciudad de México desde hace al menos un mes, pues ella pidió que los jóvenes tomaran clases en línea durante las fechas mundialistas.

La torpeza comunicativa fue inmediata luego del anuncio de la SEP. La presidenta Claudia Sheinbaum declaró que solo se trataba de “una propuesta” de los secretarios estatales, no de una instrucción de su propio secretario. Mario Delgado, en cambio, habló como si la anticipación del cierre fuera un hecho consumado y ajustó las fechas. Ante el rechazo de padres, especialistas y oposición, dieron marcha atrás y mantuvieron el calendario original. El episodio no fue un simple error: reveló improvisación, falta de coordinación y la peligrosa costumbre de subordinar la educación a conveniencias políticas coyunturales.

México ya arrastra un rezago educativo brutal. Más de 24 millones de personas mayores de 15 años tienen carencias por rezago educativo (18.6% de esa población). Entre los niños y adolescentes de 3 a 17 años, la cifra ronda los 3.4 millones. Solo cinco de cada diez estudiantes comprenden lo que leen y tres de cada diez resuelven problemas matemáticos básicos. En la prueba PISA seguimos en los últimos lugares de la OCDE, con retrocesos claros en matemáticas, lectura y ciencias, y somos el país que menos invierte por alumno. Ese es el contexto real.

Así, pues, pretender recortar casi 40 días de clase (en algunos cálculos quedaban apenas 17 días efectivos para más de 23 millones de alumnos) no era un ajuste: era una rendición. Priorizar la logística de un torneo internacional por encima del aula mandaba un mensaje clarísimo: la formación de las nuevas generaciones es negociable cuando aparece un evento con alto impacto político y mediático. Habríamos caído todavía más por debajo del promedio de días de clase efectiva en la OCDE, justo cuando otros países han avanzado precisamente aumentando y mejorando el tiempo de instrucción.

El calor extremo es real, nadie lo niega. Pero la respuesta seria no era recortar el calendario nacional de manera uniforme, sino medidas focalizadas: horarios flexibles, inversión en ventilación, sombreado, agua potable y apoyo a las escuelas más afectadas; hablo desde la inocencia y la obviedad. En lugar de eso, se eligió la salida más fácil y visible: menos clases para todos, con el Mundial como justificante de fondo. Eso ya no es un problema logístico; es una decisión política que debilita el derecho a la educación.

Y hago un paréntesis: las negociaciones del mundial y su impacto por lo menos a la vista son casi nulas. La supuesta fiebre por la fiesta del futbol es una ilusión que se están comprando algunos que se beneficiaron por una justa compartida con Estados Unidos y Canadá. La gente en sí no está viviendo ninguna euforia.

Ahora bien, la contradicción entre Sheinbaum y Delgado agravó el desastre. La presidenta defendió la idea como un acuerdo unánime de los estados. El secretario actuó como si ya estuviera en marcha. El resultado: confusión, especulaciones y una tormenta que obligó al retroceso. Esa falta de alineación entre Presidencia y Secretaría no es un detalle menor. Refleja amateurismo en un tema serio. La educación no admite improvisaciones ni ajustes reactivos a presiones de coyuntura.

Las consecuencias son concretas y dolorosas. Madres de familia, que cargan con la mayor parte del cuidado, quedan en la incertidumbre sin un plan real de recuperación de aprendizajes ni plan de contingencia laboral. Maestros de zonas vulnerables ven aún más apretados sus programas. Y los alumnos más pobres, aquellos sin apoyo extracurricular, libros ni internet, son los que más pierden. Tiempo fuera del aula, en México, casi siempre significa más desigualdad.

Los estados y sus gobiernos salieron a desmentir la unanimidad de la propuesta federal del secretario Delgado que, a ojos de todos, contrapuso su decisión allende el llamado de la presidenta. Pienso que la mañanera en sí misma debería de cambiar de formato, pues más que ayudar debilita. Aunque entiendo la dinámica que desean mantener y por tanto la figura de la presidenta debe ser intachable en su comunicación; y, al contrario, la exponen.

Por otra parte, la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación amenazó con paros durante el Mundial. Más allá de sus intereses, su reacción muestra la fractura crónica entre autoridades y magisterio. En vez de construir acuerdos serios con docentes, padres y expertos, se anuncian decisiones desde el centro y luego se corrigen bajo presión. Otra vez, falta de diálogo estratégico.

Este caso desnuda un problema estructural de la actual gestión: la tendencia a tratar la educación como variable ajustable. La contradicción Sheinbaum-Delgado no fue solo un error de comunicación. Fue el síntoma de una forma de gobernar en la que la educación sigue siendo rehén de improvisaciones y prioridades externas.

Mientras el aula no sea el centro indiscutible del proyecto de nación, seguiremos cambiando potencias circunstanciales por mediocridad educativa permanente.

Urge una prioridad clara e innegociable: más y mejores días de clase, con calidad y equidad. El Mundial pasará. Los niños y jóvenes de México, con sus rezagos acumulados, se quedarán. El país que dejemos a las siguientes generaciones dependerá, en buena medida, de que dejemos de tratar la educación como un recurso prescindible.

Más allá del idealismo y la obviedad que acabo de mencionar como cualquiera que no comprende nada sobre la materia, vale la pena hacer un corte de caja: no todos los jóvenes merecen los apoyos que se les otorgan por el solo hecho de ser jóvenes. Sé que es una declaración nada popular, pero ese dinero bien podría aprovecharse en mejorar las aulas y brindar en verdad becas de excelencia a quienes las necesiten. Sí. Todos los jóvenes merecen una oportunidad. Pero regarle las cosas a quien no las pide es tirar el esfuerzo a la basura; hay miles de pesos entregados a esos jóvenes gastados en alcohol.

Es tiempo de que la presidenta tome las riendas de los temas y sus secretarios. De unificar facciones internas y alienar el discurso y los objetivos de su gobierno. Pareciera estar rodeada de enemigos; se puede contrargumentar que no sé de lo que escribo. Y, en efecto, no tengo toda la información, pero cuando se generan problemas políticos inexistentes por inexpertos con iniciativa se sobrentiende que no se respeta la autoridad presidencial.

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