De cara a estas semanas de política convulsa, al escuchar cómo se presentan y expresan los políticos que debaten en los medios de información, me pregunto, sobre todo: ¿a quiénes le hablan? No a la gente, no a nosotros. Y lo entiendo. Supongo que dentro de las dinámicas de su comunicación política hay una máxima que implica mantener confundido al escucha. Lo que más me inquieta, sin embargo, es la mediocridad del debate: no se “debate” sobre las necesidades de las personas sino sobre la existencia y permanencia de un núcleo del poder. Por tanto, quiero hacer el ejercicio de escribir esta columna desde la postura de un ciudadano que no encuentra en su representante a un interlocutor. Por tanto: ¿para quién escribo? Simulemos:
El problema fundamental de Macbeth como personaje no fue asesinar al rey Duncan, su primo. Ese acto, por desalmado que fuera, pertenecía a la lógica de supervivencia e inestabilidad política del siglo XI. La verdadera desgracia del personaje fue más profunda: la consagración de una idea luego del crimen que comete, el asesinato del sueño, que edificó una realidad alterna en su mente, en el destino de Lady Macbeth y en el ambiente metafísico de toda la pieza escrita por William Shakespeare. Macbeth no cayó en desgracia por lo que hizo, sino por la excitación de su percepción producida por la idea: el asesinato del sueño y con ello el remordimiento. Lo que emerge con claridad al estudiar la obra, así como variantes de su puesta en escena hasta el montaje cinematográfico de Akira Kurosawa, es un mecanismo que trasciende el drama isabelino: las ideas, cuando se hiperbolizan hasta perder anclaje en la realidad, construyen mundos que terminan habitando otras personas y modificando el rumbo sociopolítico de comunidades enteras.
Durante el Medievo y el período isabelino no existían universos digitales, pero el oscurantismo de la época permitía, a través de la metáfora y la poesía, crear realidades alternas en el imaginario de la masa: brujas, demonios y presagios que operaban como verdades compartidas, cuasi tradiciones, con independencia de su verificabilidad material. Ese mismo mecanismo opera hoy en el espacio digital a través de las redes sociales. La diferencia no es de naturaleza sino de velocidad y escala: una idea exacerbada hasta perder su anclaje en lo verificable ya no requiere siglos para precipitarse en el imaginario colectivo; puede hacerlo en menos de una hora.
Bajo este contexto, Paul Virilio sostuvo que quien controla la velocidad controla la realidad, porque cuando la aceleración supera la capacidad de verificación humana, la imagen llega antes que el hecho y lo condiciona sin que nadie lo advierta. Hoy esa advertencia describe lo cotidiano: las noticias falsas carentes de contexto (fake news) que inundan los canales sociales confirman que la sociedad contemporánea habita encuadres, burbujas y cámaras de eco que la aíslan, más que en cualquier otro momento histórico, de la verdad verificable. Jean Baudrillard había descrito ese umbral con precisión filosófica: los hechos ya no tienen una trayectoria propia, sino que nacen en la intersección de los modelos de los medios tradicionales de comunicación, y la precesión del simulacro sobre el referente define un orden semiótico en el que lo real se produce a partir de matrices combinatorias “sin original que lo valide”. La hiperrealidad de Baudrillard nombra ese estado consumado: las representaciones ya no reflejan la realidad, sino que la sustituyen, y los simulacros autónomos moldean la percepción colectiva produciendo una experiencia del mundo más intensa, coherente y consumible que la propia realidad material. Una verdad no ligada a la verificación sino inclusive al sentimiento, por tanto, voluble.
Lo que ocurre hoy en México no es ajeno a ninguna de estas advertencias. Es, quizás, su manifestación más nítida en el continente americano durante los últimos treinta años. El sistema de gobierno actual del país nació como narrativa antes de existir como programa. Esa secuencia no fue accidental: en el orden político contemporáneo, la narrativa no antecede al proyecto como ensayo o boceto, sino que lo suplanta. El relato de la transformación histórica no describía una realidad en construcción: la producía. Cuando el sistema articuló ese esquema no estaba gobernando todavía; estaba operando exactamente como Baudrillard lo habría predicho, generando un simulacro lo suficientemente coherente como para que millones de ciudadanos lo habitaran antes de que ninguna política pública lo justificara. La precesión del modelo sobre lo real no es una falla del sistema político mexicano: es su arquitectura más deliberada.
Lo que nadie señala con suficiente rigor es lo que esa arquitectura revela sobre el sujeto central supuestamente beneficiado. Porque si la narrativa precede y suplanta al programa, entonces el ciudadano no ocupa el centro del proyecto político; ocupa el centro del relato. Y entre ambas posiciones media una distancia que, en condiciones normales, se mediría en indicadores de bienestar, en movilidad social, en certeza jurídica, en empleo formal. En cambio, en el espacio que gobierna la idea hiperbolizada, esa distancia se mide en intensidad emocional, en adhesión identitaria y en la velocidad con que el adepto reproduce el encuadre. El pueblo, en tanto concepto de la clase política mexicana, dejó de ser un conjunto de personas con necesidades verificables para convertirse en el significante privilegiado de una disputa por la idea del poder, no por el poder mismo.
Esa distinción no es menor. Macbeth tampoco gobernaba Escocia en sentido estricto una vez que la idea lo había consumido: administraba el miedo que su propia narrativa requería para subsistir. La diferencia entre el thane de Glamis y la clase política contemporánea es que el primero al menos reconocía, en sus monólogos, la naturaleza de su extravío. La modernidad política produce actores que han perdido esa capacidad de introspección porque el simulacro ya no deja márgenes de exterioridad desde donde examinarse.
La velocidad es el agente corrosivo de ese proceso. Virilio lo había formulado con una lucidez que a estas alturas suena menos a teoría que a diagnóstico clínico: la dromología, la ciencia de la velocidad determina quién tiene acceso a lo real y quién queda atrapado en la sucesión de imágenes que lo sustituyen. Cada reforma estructural del ciclo político reciente siguió esa misma lógica: el ciclo de legitimación discursiva se completó antes de que cualquier análisis de consecuencias alcanzara masa crítica en el espacio público. Cuando las voces críticas articularon sus argumentos con evidencia, el simulacro ya había ganado la carrera. Lo real llegó tarde, como siempre llega cuando la velocidad trabaja para quien controla la narrativa.
Y lo real, cuando finalmente se impone, lo hace a través de los cuerpos que no tienen acceso al relato: las empresas que recalibran sus decisiones de inversión, los trabajadores que no encuentran el empleo que la narrativa prometía, los proyectos que se detienen en silencio sin que ningún comunicado oficial los nombre. Baudrillard describió ese mecanismo como el punto en que el mapa precede al territorio y lo genera, de modo que el territorio, cuando diverja del mapa, parecerá el error. México vive esa inversión con una puntualidad que asombraría al propio filósofo: cada señal económica adversa es leída, desde el poder, no como consecuencia de una decisión sino como evidencia de la resistencia que justifica profundizar el proyecto. El circuito es perfecto en su clausura.
El problema que enfrenta el país no es, por tanto, un problema de políticas públicas defectuosas que podrían corregirse con mejores técnicos o con mayor voluntad política. Es un problema de ontología política: la clase gobernante ha construido un orden de realidad en el que los efectos materiales de sus decisiones son tratados como perturbaciones externas del relato, no como consecuencias de éste. Cada resistencia institucional se lee como sabotaje de los poderes fácticos; cada advertencia técnica, como expresión del conservadurismo que la transformación debe vencer. La narrativa no aprende porque no fue diseñada para aprender: fue diseñada para expandirse.
Esa expansión tiene una dirección estructural que conviene precisar. La lógica de la idea hiperbolizada no admite equilibrios: requiere que todo actor con capacidad de producir realidad alternativa quede subordinado al relato central o sea expulsado del campo de lo legítimo. Las empresas no son, en este esquema, únicamente agentes económicos: son también productores potenciales de sentido, y por tanto, competidores en la disputa por lo real. Apretarles las cuerdas regulatorias, energéticas o jurídicas no responde sólo a un impulso ideológico sobre la soberanía del Estado; responde a la necesidad profunda, acaso inconsciente, de que ninguna voz exterior al simulacro conserve la credibilidad suficiente para contradecirlo. Los radicales, esa fracción de cualquier proyecto que convierte el medio en fin, son quienes ejecutan esa lógica con mayor coherencia porque para ellos el contenido de la idea ha reemplazado completamente a sus efectos. Son, en ese sentido, los personajes más auténticamente shakespearianos del drama contemporáneo.
Virilio advirtió que la aceleración produce lo que denominó el accidente integral: un colapso de escala sistémica que es, al mismo tiempo, el producto lógico del sistema que lo genera. México no está ante un accidente: está ante la consecuencia administrada de un modelo que eligió la velocidad del relato sobre la consistencia de lo real. La paradoja es que quienes lo administran no lo perciben como crisis sino como profundización. El radicalismo no muta ni se detiene: avanza porque cada resistencia del territorio, de la economía, de las instituciones, confirma en la geografía del mapa que el enemigo sigue activo y que la transformación está incompleta. La idea necesita enemigos con la misma urgencia con que los necesitaba Macbeth: sin ellos, el relato colapsa y lo real regresa.
Lo que se disputa en México no es ya quién gobierna ni siquiera en nombre de quién se gobierna, sino quién tiene el derecho a nominar lo real. Esa es la forma contemporánea de la lucha política cuando la velocidad ha disuelto el vínculo entre representación y verificación. La gente, ese pueblo que figura en el centro de todos los discursos, es el significante flotante de una disputa que la excede y que, en cualquier caso, no la consulta. El simulacro no necesita audiencia: necesita superficie de proyección. Y el ciudadano, reducido a esa función, descubre tarde que el sueño que se asesinó no era el del rey, sino el propio. El de la supervivencia…

