El problema fundamental de Macbeth como personaje dramático no fue asesinar al rey Duncan, su primo. Ese acto, por desalmado que fuera, pertenecía a la lógica de supervivencia e inestabilidad política del siglo XI. La verdadera desgracia del personaje fue más profunda: la consagración de una idea luego del crimen, el asesinato del sueño, que edificó una realidad alterna en su mente, en el destino de Lady Macbeth y en el ambiente metafísico de toda la pieza de William Shakespeare. Macbeth no cayó en desgracia por lo que hizo, sino por la excitación de su percepción producida por la idea. Lo que emerge al estudiar la obra, así como en sus variantes cinematográficas, incluido el montaje de Akira Kurosawa, es un mecanismo que trasciende el drama isabelino: las ideas, cuando se hiperbolizan hasta perder anclaje en la realidad, construyen espacios mentales que terminan habitando otras personas y modificando el rumbo sociopolítico de comunidades enteras.
Durante el Medievo y el período isabelino no existían universos digitales, pero el oscurantismo de la época permitía, a través de la metáfora y la poesía, crear realidades alternas en el imaginario de la masa: brujas, demonios y presagios que operaban como verdades compartidas, cuasi tradiciones, con independencia de su verificabilidad material. Ese mismo mecanismo opera hoy en el espacio digital a través de las redes sociales. La diferencia no es de naturaleza sino de velocidad y escala: una idea exacerbada hasta perder su anclaje en lo verificable ya no requiere siglos para precipitarse en el imaginario colectivo; puede hacerlo en minutos.
Paul Virilio sostuvo hacia finales del siglo XX que quien controla la velocidad controla la realidad, porque cuando la aceleración supera la capacidad de verificación humana, la imagen llega antes que el hecho y lo condiciona sin que nadie lo advierta. Esa advertencia describe hoy lo cotidiano: las noticias falsas que inundan los canales sociales confirman que la sociedad contemporánea habita encuadres, burbujas y cámaras de eco que la aíslan, más que en cualquier otro momento histórico, de la verdad verificable. Jean Baudrillard había descrito ese umbral con precisión filosófica a principios de los años ochenta: los hechos ya no tienen una trayectoria propia, sino que nacen en la intersección de los modelos mediáticos, y la precesión del simulacro sobre el referente define un orden semiótico en el que lo real se produce a partir de matrices combinatorias sin original que lo valide. La hiperrealidad nombra ese estado consumado: las representaciones ya no reflejan la realidad, sino que la sustituyen, y los simulacros autónomos moldean la percepción colectiva produciendo una experiencia del mundo más intensa, coherente y consumible que la propia realidad material. Es una verdad desligada de la verificación y anclada, más bien, en el sentimiento, que es por definición voluble. La verdad de las cosas, en términos filosóficos, el ser, pierde relevancia.
La relación entre el signo y la realidad atraviesa cuatro órdenes sucesivos de simulación para llegar al estado de la hiperrealidad. En el primero, la representación es una copia fiel: el signo refleja una realidad profunda y verificable. En el segundo, la representación comienza a distorsionar y enmascarar esa realidad, produciendo una versión falseada de ella. En la tercera etapa, la representación oculta la ausencia de cualquier realidad profunda: el simulacro finge representar algo que ya no existe. Por último, el signo pierde toda relación con la realidad y se convierte en simulacro puro, un modelo que se refiere únicamente a sí mismo.
La campaña presidencial de Donald Trump de 2024, mediada por la inteligencia artificial generativa, operó paradigmáticamente en ese cuarto orden: los deepfakes, los avatares sintéticos y las imágenes manipuladas no disfrazaban una realidad política auténtica que existiera detrás de ellos, sino que constituían la totalidad de la experiencia política accesible a la masa. Es precisamente en el tránsito hacia ese cuarto orden donde el hiperidealismo interviene como categoría analítica: nombra el mecanismo por el cual los ideales políticos son amplificados algorítmicamente hasta perder su referente fáctico y entrar en la lógica del simulacro puro.
Conviene precisar, asimismo, qué se entiende por inteligencia artificial generativa en este contexto. Designa los sistemas capaces de producir contenido original, texto, imágenes, video, audio o código, en respuesta a una instrucción formulada en lenguaje natural. Su funcionamiento descansa en modelos de aprendizaje profundo entrenados sobre volúmenes masivos de datos para identificar regularidades estadísticas y relaciones estructurales en el lenguaje, la imagen o el sonido. A partir de esas regularidades, el sistema no reproduce el material con el que fue entrenado sino que infiere, para cada solicitud, la secuencia de salida estadísticamente más coherente con ella. Esa capacidad de generar contenido nuevo y contextualmente pertinente es lo que distingue a la inteligencia artificial generativa de las aplicaciones previas de aprendizaje automático.
Conviene precisar también qué se entiende por idea en este contexto y en qué se distingue del concepto que este texto propone. Una idea es una unidad de sentido con carga valorativa que existe en el plano del pensamiento o del discurso, anclada en referentes materiales verificables y confrontable con la realidad que pretende describir o transformar. Una hiperidea es su transformación: el producto de un proceso de amplificación que la desconecta de su referente fáctico y le confiere autonomía operativa, capacidad de circular y producir efectos políticos reales con independencia de su verificabilidad.
El hiperidealismo, del que hablo, por tanto, es el nombre del proceso de transformación: el mecanismo, no el producto. Y ese mecanismo es la condición de posibilidad de lo que Baudrillard denominó hiperrealidad: cuando suficientes hiperideas se acumulan y sedimentan en el imaginario colectivo, los simulacros dejan de representar algo real porque lo real dejó de ser el referente. El hiperidealismo es la causa; la hiperrealidad es la consecuencia. Baudrillard diagnostica el estado terminal; el hiperidealismo describe cómo se llega a él.
Antes de que exista la hiperrealidad, las ideas hechas ideales políticos son amplificadas algorítmicamente en el espacio digital y las redes sociales hasta desconectarse de su referente fáctico y adquirir autonomía semiótica. La idea no llega en su pureza y significado a la hiperrealidad; llega hiperidealizada, trastocada en su significado caprichoso. En ese tránsito se produce la inversión del circuito causal: ya no es la realidad la que genera representaciones digitales, sino que lo digital produce percepciones que culminan en resultados reales.
La consecuencia es doble. La realidad material pierde progresivamente su capacidad de corregir los simulacros porque llega siempre tarde. Y la comunicación política se torna frágil en su función deliberativa porque el debate ya no versa sobre hechos sino sobre versiones amplificadas de los hechos, que pueden o no ser reales. La materia prima de la comunicación política bajo este contexto tiende a la falsedad verificada por la necesidad liberal de solventar la paz interna de la masa que contrapone su realidad a la verdad de las cosas.
Macbeth, en el fondo, no es una obra sobre el crimen. Es una obra sobre lo que ocurre cuando una idea crece hasta devorar al sujeto que la tuvo. Esa lógica no ha cambiado. Solo ha encontrado mejores herramientas para operar a escala.
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