No importaba si era en la Arena México durante un encuentro de máscara contra cabellera o en un auditorio donde se celebrara un congreso de dentistas alérgicos a la halitosis, los amos del medio tiempo aparecían siempre oportunamente para surtir los sandwiches, tamales, refrescos, dulces y cacahuates que amenizaran tanto el espectáculo como el bostezante simposio.

Sería en la famosa revista de investigación llamada Presente, que apareció a finales de los años cuarenta, la que por primera hablaría acerca de las mafias de vendedores ambulantes especializados en estados, auditorios, teatros y similares.

No había fritanga o botana que los susodichos no pudieran surtir, con la excepción de que un muégano que en la tienda valía 20 centavos, ellos lo daban a peso y una triste torta con imitación de jamón, podía cotizarse hasta por el triple de su valor.

Antes de que los diversos recintos contaran con su propia mafia para otorgar concesiones, los vendedores tenían que someterse al visto bueno de los líderes que designaban el territorio de sus huestes.

Si se anunciaba, por ejemplo, una pelea de box en la que se jugara el título, los interesados en surtir las fritangas podían apartar su puesto hasta con semanas de anticipación, previo abono a las arcas de uno de los gánsteres, entre ellos Antonio Mendoza, cuya base de operaciones se encontraba en la colonia Obrera, y de quien se dice, controló con mano dura a los ambulantes por casi una década.

Según un reportaje de esos años, el mencionado mafioso era de humores y colocaba en los mejores sitios sus compadres y confinaba a quienes lo sacaban de quicio a las no tan lucrativas carpas de barrio.

-¿De a cómo sale la concesión de venta para el martes en la Plaza de Toros, don Toño?

-De a 20 chuchos.

-No sea carero, acuérdese que yo le presenté a su exmujer.

-¡Ah! Que bueno que me lo recordó... a ver muchachos, póngale un par de patadas a este chango salado... y cuando terminen díganle que en lo sucesivo la tarifa se sube a cuarenta.

Con el tiempo, el negocio se extendió a las salas de cine. Algunos cines populares permitían la entrada de vendedores externos a mitad de la función, y fue con ese pretexto que se inició también la venta de recuerdos de las películas en cartelera, mismos que eran fabricados a la limón y con ingenio mexicano en algunos talleres y bodegas de la Candelaria de los Patos, con materiales de no muy buena calidad.

-Oiga señor ¡mire nomás! No tiene ni cinco minutos que le compré estos monos del Mago de Oz, y a la Dorotea ya se le despintaron los chones, al león cobarde se le cayó la nariz y al espantapájaros se le salió todo el relleno... señor ¿me oye? Señor... espérese, no se vaya.

Para 1952, el Departamento del Distrito Federal anunció una nueva ley que prohibía a los vendedores entrar sin estar afiliados a los recintos de espectáculos. Las protestas no se hicieron esperar, e incluso algunos vendedores interrumpían las reuniones de la Comisión del Trabajo para protestar por la medida.

Sin embargo, aún cuando habían sido echados de las salas, auditorios, teatros, plazas y estadios, en menos de un año el negocio se reorganizó haciendo uso de la vía pública afuera de estos mismos lugares y plantando la semilla para el ambulantaje que hoy todos conocemos y convertido en el estandarte político que los mueve como piezas de ajedrez para los mítines de las campañas.

Por cierto, de las leyes de regulación ya nadie se acuerda y son flexibles de acuerdo a los nexos que los líderes de ambulantes tienen con los delegados en turno. Algo parecido a la flexibilidad de los sitios de taxistas que en plena era del Uber y las aplicaciones siguen adueñándose de tramos enteros de calle para hacer base. Tan sólo mencionar el que se encuentra en el Woolworth de Insurgentes, en la Roma, claro ejemplo de quienes con despotismo se creen señores feudales de la ciudad.

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