No han pasado ni dos meses desde que una ex funcionaria admitiera el sacrificio durante su gestión de más de 12 mil perros callejeros. Aún hoy seguimos recibiendo correos con respecto a los casos de Coahuila con su “psicópata acuchilla perritos”, sus asesinos de osos bebés, sus bomberos sádicos matando a unos lomitos a hachazos, aspectos, que, como aquí lo mencionamos hace unos años, nominaban a esa entidad como la capital del maltrato animal en México.
Pero en México, ese inexplicable sadismo parece no tener freno ni ser exclusivo de una sola entidad, alimentado por una mezcla de ignorancia, impunidad jurídica y una cultura arcaica que se resiste a morir. Dos nuevos episodios han vuelto a encender las redes sociales y a provocar esa indignación colectiva que, desafortunadamente, suele durar muy poco en la memoria colectiva.
El primero de ellos nos llega desde Colima. El video, que circuló, muestra una escena sacada de una pesadilla medieval: un caballo, completamente amarrado e indefenso, es golpeado brutalmente con un palo por un sujeto que descarga su frustración o su pura patología sobre el lomo y la cabeza del animal. El presunto agresor ya tiene nombre y apellido en el tribunal, pero de su compañero no se habla mucho y varios lectores nos escribieron para decirnos que también debe ser procesado y no dejarlo en el olvido, como el ya célebre e invisible “sádico 2”, que hace unos años grabó en Coahuila el acuchillamiento del perrito y hasta soltó la risa.
Ver a un animal, como el caballo de Colima, sometido por las cuerdas y quebrado por el dolor, mientras uno de los tipos, quien presuntamente responde al nombre de Juan Pérez, le da de latigazos y el otro le pega con un palo en la cara mientras le dice: “Así me gustan, como tu y tu p… madre”, es la metáfora perfecta de la indefensión. La presidenta municipal del municipio de Cuauhtémoc, Colima, Guadalupe Solís, confirmó que el caballo ya se encuentra bajo resguardo, pero ¿qué sigue? ¿Una amonestación, una multa, una condena breve?
Casi en paralelo, el horror se trasladó al municipio de Cerro de San Pedro, en San Luis Potosí. Ahí, una menor de edad paseaba pacíficamente a sus dos perros en un centro deportivo, un espacio presumiblemente seguro, destinado al esparcimiento.
La tranquilidad se rompió cuando los perritos se acercaron a un sujeto, armado, quien desprovisto de cualquier atisbo de empatía o civilidad, abrió fuego contra los caninos, asesinándolos en el acto frente a la mirada atónita y traumada de la joven, quien llora desconsolademente en el video. Ahí ya no solo hablamos de crueldad animal, sino de un individuo armado disparando en un área pública, suficiente para procesarlo.
Para entender cómo llegamos a estos niveles crueldad animal en México, muchos expertos afirman que hay que rascar hondo en nuestra idiosincrasia. Afirman que no sólo en México, sino en el mundo, pues los videos de crueldad animal no tienen fronteras ni país, el pensamiento agropecuario sigue presente y permea de manera invisible pero tenaz en la percepción que la sociedad mexicana tiene de los animales.
Es una visión heredada que, en la supervivencia agropecuaria, el animal es un objeto de trabajo, una herramienta de tracción o un receptáculo de frustraciones o de espectáculos sádicos. Es un pensamiento que hoy choca de frente con el siglo XXI, donde la ciencia y la ética avanzan para reconocer a todos los animales como seres sintientes, capaces de experimentar dolor, miedo, ansiedad y apego.
Algunos expertos nos han mencionado que una persona criada exclusivamente bajo los estrictos márgenes del pensamiento agropecuario tradicional tiende, por pura inercia del entorno, a insensibilizarse. El animal deja de ser un prójimo biológico para convertirse en un recurso, una propiedad, una simple mercancía con patas o, en el caso más habitual, comida. Si el caballo ya no rinde, se le quiebra el espíritu a palos, si los perros estorban o ladran en el lugar equivocado, se les despacha.
El caballerango que molió a golpes al equino en Colima, el psicopata y los bomberos de Coahuila, los dueños de una tortillería de Edomex que el año pasado colgaron a un perro frente a su local, el tipejo que tiró a un perrito a un caldero con aceite hirviendo, la ex funcionaria que admitió el sacrificio de 12 mil callejeros durante su gestión, la anciana mata perros de Coyoacán, y hoy, el individuo que masacró a los perros en San Luis Potosí, provienen, precisamente, de esa cultura de cosificación hacia los animales sumamente marcada. Son el síntoma y, al mismo tiempo, el mejor ejemplo de que las políticas públicas de bienestar animal han fracasado en el territorio real. Es urgente iniciar campañas agresivas de sensibilización donde la empatía hacia el no-humano sigue siendo vista como un absurdo o una sensibilería urbana de hipsters, millenials y zetas.
Pero, como señalan los especialistas, resultaria tentador atribuir estas barbaries a la falta de educación académica o a la marginación económica. Sería un error cómodo y clasista. Pero el pensamiento agropecuario y su desdén por la vida animal no responden a niveles socioeconómicos, cruza transversalmente a todas las clases sociales.
En las esferas más acaudaladas, donde se presume de apellidos y cuentas bancarias, se disfruta con total naturalidad de la cacería deportiva o de la anacrónica fiesta brava, donde el refinamiento y la “tradición”supuestamente justifican la tortura de un animal. Sin ir más lejos, hace unos días los portales sociales de España, mostraban con orgullo el video de un niño de abolengo, de tan sólo ocho años, montado a caballo y clavando varas en vaquillas bebés, mientras sus familiares lo aplaudían como héroe.
Como si hubieramos retrocedido a los años noventa, cuando en las revistas y noticiarios hasta había sección taurina, las imagenes se vendía como una estampa de tradición y valentía infantil, cuando en realidad son el retrato perfecto de la herencia de la insensibilidad agropecuaria: educar a las nuevas generaciones de la élite en el dominio y el sometimiento del débil como una forma de entretenimiento dominical. El sadismo, por lo visto, viste de mezclilla barata en el corral y de Gucci y Balenciaga con Rolexs en las gradas de los exclusivos clubs.
Por eso, los nuevos casos de Colima y San Luis Potosí, representan una oportunidad para que las fiscalías estatales pongan un ejemplo y los responsables sean castigados con sentencias ejemplares de varios años de prisión efectiva, sin derecho a fianzas ridículas que equivalen al precio de una multa de tránsito. La aplicación rigurosa de la ley penal en estos dos casos debe enviar un mensaje contundente y disuasorio a toda la nación: en el México actual, la crueldad hacia los animales ya no será tolerada ni cobijada por el silencio de la comunidad o la complicidad de las autoridades.
No se trata únicamente de defender a los perros o a los caballos, lo cual ya sería causa suficiente. Se trata de entender que quien es capaz de descargar un palo contra un animal amarrado o de disparar frente a una niña, ha cruzado la línea de la empatía humana. Un país que normaliza el dolor de sus animales está condenado a seguir ensangrentando sus propias calles. Es hora de decidir si queremos seguir rigiéndonos por leyes y normas arcaicas o si finalmente se dará el paso al verdadero: “No maltrato a los animales”, sobre los hechos y no en el anuncio fácil en redes y en el papel.
homerobazanuniversal@gmail.com
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