Se cumplen 80 años de que se diera uno de los primeros anuncios sobre el hundimiento de la ciudad, con base en mediciones científicas.
En las páginas de este diario se había advertido desde 1946 sobre el problema con entrevistas a diversos expertos, quienes aseguraban que muchas colonias estaban en peligro inminente de ser invadidas por aguas negras, además de que el fenómeno provocaba un deterioro directo en edificios históricos como la catedral.
Antes de que se pensara siquiera en la instalación del sistema del Drenaje Profundo, aquella noticia causó conmoción entre los capitalinos, y durante varias semanas, las gacetillas y diarios del Distrito Federal que retomaron la noticia se dieron vuelo con los alarmismos y publicaron notas donde se daba cuenta de los negros diluvios que se avecinaban.
Hasta esa década, casi nadie había reparado en las consecuencias de que nuestra urbe hubiese sido construida sobre un lago, y de que el incremento en la población y la infraestructura urbana aceleraban el fenómeno de la subida de las aguas subterráneas.
Tal como quedó registrado en esas entrevistas realizadas por EL UNIVERSAL, hace más seis décadas, un ingeniero del Departamento del Distrito Federal dijo que el hundimiento de la ciudad de México no se producía de manera recta, sino de forma ondulante, explicó, lo cual quedó demostrado con las mediciones realizadas.
Lo malo, advertía, era que el ondulamiento en la baja del suelo provocaba que el agua se estancara en algunas zonas y en otras no subiera, además de que, con los años, comenzaría a notarse una gran desproporción en el nivel de ciertas calles y colonias. Un ejemplo, afirmaba, era Tacubaya, que no se hundía porque estaba cimentada sobre una base de tepetate; sin embargo, pronto se notaría su altura con respecto a otras colonias limítrofes.
Como suele suceder, por esos años también tomaron la palabra las autoridades encargadas de obras públicas, quienes instaron a hacer caso omiso de los alarmismos. Incluso un funcionario calificó las declaraciones de los ingenieros y expertos como "mito sin fundamento y sin repercusiones a largo plazo" (afirmación que se contradice desde el principio, porque en teoría, los mitos son algo inexistente y no se puede hablar de plazos). Aquel chango se atrevió incluso a asegurar que las inundaciones en la ciudad de México se debían a fallas en los recolectores y no por supuestos hundimientos causados por la excesiva extracción de agua en el subsuelo.
No obstante, los especialistas respondieron a esos irresponsables comentarios con pruebas basadas en mediciones realizadas "muy discretamente" desde 1940 a los cimientos de importantes construcciones como el Palacio de Bellas Artes, la catedral, el Palacio Nacional y las Vizcaínas, mostrando que no sólo se había registrado un hundimiento de más de 50 centímetros, sino que, en algunas áreas como la Alameda Central, el problema se había acelerado a casi el doble en menos de cinco años.
Décadas después, cuando el ya mencionado sistema del Drenaje Profundo dio un respiro al tema, los recién estrenados grupos ecológicos volvieron a dar la voz de alerta sobre el hundimiento de la ciudad, y afirmaron que, debido a la pérdida de las reservas verdes en la urbe, por cada dos litros que se sacaban de nuestro acuífero natural, sólo que se reponía uno, lo cual aceleraba el proceso de hundimiento y lo empeoraría en tanto se incrementara el número de habitantes que requirieran de agua.
Incluso mencionaron que, de seguir al mismo ritmo, el Distrito Federal sería inhabitable en menos de 150 años, un cálculo que más que alarmar a las autoridades fue un alivio para muchos funcionarios, quienes por ningún motivo pensaban involucrarse en medidas costosas y poco populares políticamente, que únicamente serían disfrutadas por esos tataranietos que nunca conocerían.
En la actualidad, todos vivimos las consecuencias de cada uno de esos rezagos. El hundimiento afecta también a la red de distribución de agua potable de la ciudad, cuyas fracturas en las distintas colonias provoca que hasta 35% del vital líquido se pierda por filtraciones y fugas, y si a esto se le añade la poca reposición a la cuenca hidráulica del valle de México, nos encontramos con que ambos son problemas que van de la mano.
Lejos de estabilizarse, el ritmo del colapso del suelo capitalino ha alcanzado magnitudes alarmantes en la actualidad. Mediciones satelitales de alta precisión publicadas a inicios de mayo de 2026 revelan que la Zona Metropolitana del Valle de México se hunde a una tasa promedio de casi 25 centímetros al año, consolidándose como una de las metrópolis con mayor subsidencia irreversible a nivel global. Áreas críticas y de alta densidad de infraestructura, como el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México y las inmediaciones del Monumento a la Independencia, el cual ha tenido que sumar 14 escalones a su base original para compensar el desnivel, registran descensos que superan los 2 centímetros por mes durante las temporadas de sequía.
Este crítico escenario ha sido confirmado mediante el procesamiento de datos recopilados entre finales de 2025 y principios de 2026 por la misión del satélite NISAR (un esfuerzo conjunto de la NASA y la Organización India de Investigación Espacial - ISRO). Asimismo, investigadores del Instituto de Geofísica e Ingeniería de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), como los especialistas Enrique Cabral y Darío Solano-Rojas, han advertido que este acelerado hundimiento, provocado por la severa sobreexplotación de los acuíferos y el peso de la mancha urbana sobre el blando suelo lacustre, continúa fracturando de manera diferencial los sistemas de transporte masivo como el Metro, las viviendas particulares y las redes de drenaje, amenazando con volver inhabitables múltiples sectores del oriente y centro de la capital en las próximas décadas si no se mitiga la extracción del subsuelo.
Los especialistas coinciden en que la paradoja "a menos agua, mayor hundimiento, pero al mismo tiempo, mayor inundación en las calles" es la que ha complicado la compresión del problema a nivel general... después de todo, daría la impresión de que el encharcamiento de nuestras colonias es señal de que contamos con agua hasta para dar y prestar, cuando en realidad es todo lo contrario. ¿Será que a ningún funcionario le conviene que se hagan campañas de información sobre el tema a nivel ciudad? Después de todo, ¿quién quiere empeñar su carrera política por la supervivencia de las futuras generaciones?
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