Tendría yo unos nueve años cuando vi morir a mi perro Coqui, un bonito Cocker Spaniel blanco con manchas cafés, envenenado con tan sólo tres años.

Me tocó llevar a Coqui de emergencia, con un ayudante de mi papá, a una veterinaria ubicada entonces en el Eje Eugenia y Universidad, donde entre gemidos de dolor, espasmos y espuma en su lengua, abandonó este mundo.

Siempre sospechamos que el causante fue un vecino de apellido Llorente, de la colonia Narvarte, quien al igual que el conductor Pedro Sola, decía no tolerar a los animales ni a sus dueños.

Por todo ello, me había costado trabajo escribir sobre la polémica desatada por Pedro Sola y Patricia Chapoy, justo cuando México, como lo escribimos en columnas anteriores, atraviesa por una de las crisis más graves de salud mental y de crueldad animal de su historia.

En esta crisis profunda, sistémica y normalizada, el síntoma más alarmante de esta descomposición no sólo se manifiesta en las estadísticas de depresión o ansiedad, sino en una dirección mucho más vulnerable y trágica: el repunte de la crueldad, el sadismo y las psicopatías dirigidas hacia los animales indefensos. Los animales se han convertido en el pararrayos de una sociedad frustrada, violenta y mentalmente enferma que desquita sus traumas con aquellos que no tienen voz para defenderse.

​Lo verdaderamente terrorífico de esta epidemia no es solo su existencia, sino una regla de oro de la psiquiatría que en México se cumple a cabalidad: los problemas de salud mental casi nunca son percibidos por quienes los padecen. Vivimos en un entorno en el que la distorsión cognitiva y la falta de empatía están tan arraigadas que las conductas patológicas se confunden con el chiste del día, ya sea en un programa de televisión con gran rating o en la oficina.

​Un reflejo nítido e indignante de esta ceguera colectiva es sin duda el caso de Pedro Sola, quien al externar sus ganas de aventarles a los perros un pedazo de carne envenenada y, acto seguido, propinarle un balazo en la cabeza a sus dueños, lejos de encontrar un freno o una condena inmediata por parte de sus compañeros, la respuesta de la titular del programa, Patricia Chapoy, desnudó la médula del problema. Chapoy no solo se rio del comentario sádico, sino que en su propia distorsión personal utilizó el efecto de la normalización, el "yo estoy bien, ustedes están mal", el "yo vivo de forma correcta, ustedes incorrecta"... el "ustedes son los locos que necesitan una tarjeta para el psiquiatra, no nosotros que hablamos en broma de envenenar animales y de darles a sus dueños un balazo en la cabeza". Patricia Chapoy y Pedro Sola mostraron esa tarde el mejor ejemplo de las distorsiones de la realidad por las que atraviesa nuestro país durante la más grave crisis de salud mental desde su existencia.

Todavía recuerdo el sufrimiento y la ultima hora de agonía de mi perro Coqui y me dolió México cuando, consciente de que una de sus representantes mediáticas, la señora Chapoy, mostrara que, para ella, el problema no era tener a su lado a un colega que fantasea en voz alta con el envenenamiento masivo y el asesinato, sino las personas que llevan a sus perros a los centros comerciales, mostrando una cultura de integración y respeto hacia los animales que apenas comienza a abrirse camino en la selva obtusa de los pensamientos arcaicos.

Cuando las pantallas nacionales normalizan esto, muestran también sólo la punta del iceberg de una realidad aterradora. México ostenta, como ya lo mencionamos también en otras columnas, un deshonroso e histórico primer lugar en América Latina en maltrato animal, y el tercero a nivel mundial.

Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), cerca del 70 por ciento de los perros y gatos en el país viven en situación de calle, una condición provocada por el abandono sistemático que ya constituye una forma severa de crueldad.

De los animales que sí tienen un hogar, las estimaciones de diversas organizaciones civiles dedicadas a la protección animal calculan que más de la mitad sufren algún tipo de abuso físico, desnutrición, negligencia o confinamiento extremo.

​Esta alarmante propensión a la violencia hacia los seres sintientes más vulnerables, no ocurre en el vacío, corre en paralelo con el franco deterioro del bienestar emocional de la población. La Secretaría de Salud y el Instituto Nacional de Psiquiatra estiman que cerca del 20 por ciento de la población mexicana presentará un trastorno mental a lo largo de su vida. Además, la depresión y los trastornos de ansiedad han mostrado un incremento exponencial superior al 30 por ciento en los últimos años.

​Este repunte tiene catalizadores socioeconómicos indiscutibles. El aislamiento social derivado de los periodos de confinamiento global y la severa crisis económica que estrangula los bolsillos de las familias mexicanas, caracterizada por la inflación, la precarización laboral y la falta de oportunidades, actúan como ollas de presión. El estrés crónico, la desesperanza, la inseguridad y la frustración financiera agudizan los cuadros de neurosis día con día.

Al carecer de mecanismos de contención psicológica, educación emocional o acceso a servicios de salud mental, miles de personas canalizan esa violencia acumulada mediante el eslabón más débil de la cadena: los animales domésticos o comunitarios.

​La ciencia del comportamiento humano ha demostrado hasta el cansancio que el maltrato animal es un indicador temprano y confiable de desórdenes antisociales y psicopatías. Aquel individuo que es capaz de ejercer o desear el sufrimiento infligido a un ser vivo indefenso posee una estructura empática fracturada. La normalización de estos discursos y actos abre la puerta a que esa misma violencia se traslade a niños, mujeres y ancianos.

No estamos ante un problema "de edad" ni de mascotas, estamos ante un síntoma inequívoco de una sociedad psíquicamente rota.

​El panorama actual nos obliga a redefinir con urgencia las estrategias del Estado y de las instituciones educativas. No basta con abrir clínicas de atención psicológica que traten el síntoma cuando la patología ya se ha desbordado. México necesita con urgencia una campaña nacional de salud mental masiva e integral, pero con un enfoque profundamente humanista y transversal que coloque el respeto y la empatía hacia los animales como un pilar fundamental.

​La salud mental colectiva pasa necesariamente por la forma en que nos relacionamos con los seres que nos rodean. Promover la compasión, castigar de manera ejemplar el maltrato animal, tanto en las calles como en los micrófonos de los medios de comunicación, y educar a las nuevas generaciones en el entendimiento de que la crueldad no es un chiste ni una salida válida a la frustración, son pasos indispensables para sanar como país.

​Mientras permitamos que figuras públicas usen el tema para animar el chistorete de la tarde y mientras sigamos ignorando que la violencia hacia los animales es el reflejo directo de una falta de sensibilización y políticas públicas de apoyo en salud mental, seguiremos atrapados en este ciclo de degradación social.

La salud mental en México debe dejar de ser un tabú invisible y transformarse en una urgencia nacional, porque una sociedad que no es capaz de proteger a sus animales, y que piensa, como la señora Patricia, que hay que darles tarjetas para el psiquiatra a los que aman a sus animales, es una sociedad condenada a destruirse a sí misma.

homerobazanuniversal@gmail.com

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