En el juego de las sillas cojas que es México, el cinismo no es una opción, es una armadura aprendida y perfeccionada para subsistir. A los mexicanos ya no nos sorprenden con la tragedia y las historias de sobornos, manos negras e impunidad, pero cuando se escucha una canción una y otra vez, comienza a cansar, sobre todo en la era de la sobre información de las redes que pone en aprietos a la corrupción tradicional y a las autoridades que intentan disfrazarla.
Ahora resulta que vivimos la era de las ofertas de trabajo de la muerte. Jovenes, hombres y mujeres, que buscan trabajos en un México de violencia laboral, se han convertido en víctimas de reclutamiento por parte del narco, han caído en redes de trata de personas y muchos, muchos, muchos, no han regresado. La estrofa de esa canción que ya nos cansa y que la fiscalía, la policía y el sistema mexicano, trata de disfrazarla de reguetón con investigaciones y palabras a medio pronunciar.
El caso de Edith Guadalupe no es solo un expediente más, es la radiografía perfecta de un Estado que ha renunciado a su deber de proteger para especializarse en el arte de la simulación. Resulta aterradoramente irónico que, en un país que presume de avances tecnológicos y conectividad, los portales de empleo se hayan transformado en el catálogo de caza preferido para la trata de personas y el reclutamiento forzado. Hoy los sueldos atractivos y las entrevistas expres, son los de una trampa que atrapa, sobre todo, a los más jóvenes.
Lo ocurrido a Edith Guadalupe en aquel edificio de la avenida Revolución sin duda genera desconfianza, aprehensión, al estar la narrativa escrita por, la que ya mencionamos, una de las fiscalías más corruptas del mundo, en la que incluso los datos personales de familiares de víctimas, pueden filtrarse para que un asesino serial le llame a la hermana de una de ellas desde el reclusorio. ¡Que confiable nuestra fiscalía! Y que confianza nos dan para registrar nuestros celulares con nuestros datos personales.
Lo de Edith es el recordatorio de que, en México, la justicia se consigue si la propia familia se mancha las manos, no cede a mordidas y está dispuesta a hacer el trabajo de los peritos, los investigadores y los agentes.
Es indignante, pero ya no sorprendente, saber que la fiscalía tuvo el descaro de pedir dinero antes de mover un dedo. Eso lo viven miles de mexicanos todos los días. En México los crímenes se investigan si dejan algo, si hay ganancias. La fiscalía es un mercado con tarifas bien establecidas.
Los familiares de Edith rastrearon sus pasos, accedieron a cámaras de seguridad, pidiendo aquí y allá imágenes. La fiscalía incluso presumió en sus redes el trabajo de ellos como propio. Pero luego, en menos de unas horas, la narrativa cambió y apareció un culpable que encaja perfectamente en el perfil de los culpables preferidos de la fiscalía, es decir, persona de escasos recursos, en situación vulnerable, sin influencias ni contactos políticos. De la oferta de empleo a la que acudió Edith no se dice nada, de donde fue publicada, tampoco, de los casos que hubo en años anteriores, incluso antes de que el supuesto culpable trabajara ahí, menos.
Lo repetimos ¿Cómo confiar en la Fiscalía más corrupta del mundo para que nos dé su versión oficial? ¿Cómo saber si no sembraron la sangre y el ADN en la caseta? ¿Cómo saber si no fueron ellos mismos los que manipularon las cámaras de seguridad? ¿Cómo saber si no están protegiendo a un cártel o a un poderoso con ligas con el poder que opera en las ofertas de empleo?
Juan Jesús "N", el guardia de seguridad encaja en un personaje que hemos visto mil veces, el de un chivo expiatorio con todas las señas de un montaje apresurado para defender la narrativa oficial.
Pero, el edificio de avenida Revolución no es una zona aislada, ¿de dónde surgen las ofertas de empleo? ¿También las colocó en las redes Juan Jesús para asesinar chicas en su caseta mientras pasaban los vecinos del edificio? Todo suena tan extraño, pero a la vez escabroso, porque la Fiscalía al verse acorralada por la opinión pública tiene que empecinarse en el culpable, golpearlo, moldearlo si es necesario para hacer encajar su narrativa.
La imagen de Juan Jesús "N" tras su arresto, con el rostro marcado por la violencia de sus captores, es el símbolo de un sistema que no busca justicia, sino culpables que cierren carpetas. No importa si es el responsable o no, lo que importa es que el engranaje siga girando y que la opinión pública se distraiga con un rostro al cual odiar. Pero la sociedad ya no es tan ingenua, ya no estamos en los tiempos del asesinato de Paco Stanley, donde hasta una edecán y un cocinero salían implicados. La Fiscalía sigue con códigos de corrupción noventeros en plena época de las redes y la Inteligencia artificial.
Hemos visto cómo las familias de ambos, la de la víctima y la del presunto culpable, han tomado el espacio público, como ayer del Ángel al Zócalo, en un México donde los pobres no tienen voz ni acceso a la justicia. Ambas partes, movidas por distintas pero legítimas desesperaciones, han tenido que salir a la calle para mover los oxidados engranajes de una justicia que sólo parece reaccionar ante el ruido mediático o el flujo de billetes. Es una ironía sangrienta que en México la verdad solo emerja cuando los civiles deciden que ya no tienen nada que perder, ni siquiera el miedo.
La realidad es clara y la repetimos una y otra vez, nuestra fiscalía, sigue siendo percibida como una de las más corruptas y mediocres del mundo. ¿Cómo pretenden que la ciudadanía confíe en sus líneas de investigación? Mientras tanto, las ofertas de empleo y sus creadoes en ese edificio, siguen sin tener rostro. Tampoco tienen importancia los testimonios de mujeres citadas ahí desde 2017. No hay ningún patrón dicen. ¿Cuáles son los nombres de los policías que golpearon a Juan Jesús “N” y le dejaron marcas en el rostro que fueron denunciadas por uno de sus abogados? ¿Qué opinan los vecinos del edificio de Revolución? ¿Saben algo? ¿Han sido amedrentados?
Muchas preguntas que seguro quedarán sin respuesta. La confianza no se anuncia, se gana con los años. Y aquí se ha perdido hace décadas entre corrupción y un sistema que opera con los billetes bajo la mesa. Sólo sabemos que las 72 horas de la muerte siguen operando en la fiscalía y en México entero, que la incertidumbre es nuestro pan de cada día y que el tapón de la olla expres ardiendo ya chifla cada vez más ante el vapor de hartazgo de una ciudadanía cada vez más informada y despierta.
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