Aunque las costumbres, los barrios y el perfil de las rutas urbanas han cambiado desde la segunda década del siglo XX, los paseos continúan siendo un aspecto primordial en la vida de los capitalinos. Si uno cierra los ojos, de inmediato saltan a la memoria imágenes de globeros, dulceros, jugueteros, que se apoderaban cada domingo del parque de la colonia; recordamos aquella caminata por Chapultepec de la mano de los padres o esa ocasión en que al tío Eulalio le dio por cantar rancheras a bordo de una trajinera en Xochimilco. Pasear, en pocas palabras, no es sólo conocer un entorno, sino palpar la identidad misma de una ciudad y una nación donde se tejieron los más preciados recuerdos familiares.

A mediados de 1916, año de fundación de este diario, los vientos revolucionarios no habían menguado mucho las tradiciones heredadas por el porfiriato. Con un país profundamente dividido, los ricos vivían los últimos estertores de sus privilegios políticos y solían acudir en sus carruajes al Paseo de Bucareli para arreglar el mundo en los cafés afrancesados, o al hipódromo los domingos, donde los pomposos faldones y zapatos de las emperifolladas esposas sorteaban con gracia los lodazales.

Mientras tanto, los pobres acudían a las divertidas carpas instaladas sobre Reforma, a los animados bebederos de cerveza y mesas de lotería del barrio de Tlalpan; echaban novia y hacían días de campo a lo largo de los tramos enarbolados que sobrevivían del canal de La Viga, y en la Alameda y Coyoacán, se divertían espiando las andanzas de los lagartijos, siempre echados al sol y ávidos de alguna solterona a la cual estafar sus reales.

Para la familia mexicana promedio, el fin de semana era la oportunidad para reunirse, siempre bajo la consigna de disfrutar lo más posible al menor costo.

A principios de 1920, con apenas 900 mil capitalinos y menos de 15 mil automóviles recorriendo nuestras calles, la ciudad aún conservaba sus últimos aires provincianos. En las caballerizas ubicadas en los terrenos de lo que hoy es Polanco, se podía rentar por una módica cantidad una carreta para pasear con la novia por los aún verdes tramos de la antigua avenida Reforma, para luego bajar con la familia, a la manera de un pequeño regimiento, hasta los prados de Chapultepec, donde había muchos soleados claros para extender el mantel y organizar una comida al aire libre.

No obstante, las desigualdades sociales seguían marcando de manera notoria el estilo de los paseos. Las parejas de enamorados pertenecientes a las clases pudientes iniciaban su fin de semana en la cafetería instalada en el antiguo edificio del Jockey Club, codeándose con los intelectuales de la época como Jaime Torres Bodet o José Gorostiza, quienes hicieron de ese sitio su cuartel general.

A medio día recorrían la Alameda Central y los almacenes del primer cuadro, para después entrar a los montajes de teatro cómico que se ofrecían en el Arbeu, el Iris o el Colón, o bien alguna función de cine en el Olimpia o el Salón Rojo, donde se podía tomar un aperitivo en el vestíbulo para hacer hambre antes de la cena. Cuando la noche llegaba, las calles de Madero y 5 de Mayo se iluminaban con promociones de todo tipo que aseguraban una velada romántica, pero los novios burguesitos preferían encaminarse hacia el bullicioso restaurante Prendes para mirar de cerca a los políticos del momento.

Los paseos de las parejas pobres eran menos emperifollados, pero podían resultar igual de amenos. Quienes vivían por el barrio de Tepito podían acudir a los bailongos que se organizaban a escondidas de la autoridad en las explanadas cercanas a Puente Blanco, o si era época de festejos, a las legendarias y bulliciosas ferias de los templos de Santiago y Los Ángeles, donde la cerveza, el pulque, el mezcal y el tequila, amenizaban los muchos juegos tradicionales. Se cuenta que en estos lugares surgió la tradición de las bodas de kermés y que más de un parroquiano llevó los románticos votos a la realidad.

Por Peralvillo, el ambiente no estaba menos animado. Algunos lo llamaban el “paseo de la beberecua”, porque entre los laberintos y vericuetos de sus calles, los paseantes comenzaban en las inocentes atolerías y terminaban en los numerosos jacales clandestinos donde se servía los sobrantes del llamado “licor de Xóchil”, que por esa zona hacía su entrada a la ciudad en carretones para surtir a los negocios establecidos.

A la vuelta de unas décadas, con la pavimentación de la urbe, las nuevas divisiones políticas de las áreas federales y la pérdida de la tradición acuífera del Valle de México, traducida en la clausura de los principales ríos para convertirlos en vías útiles para automóviles, todo cambiaría radicalmente.

Siendo una prioridad del gobierno establecer una gran escenografía de modernidad para atraer la inversión extranjera, las zonas de paseo dentro de la urbe se oficializaron. En el lapso de 1950 hasta finales de los años sesenta, la tradición de los paseos chilangos retomó como estandartes de primer plano a Chapultepc, la Alameda, Coyoacán, San Ángel, y al mismo tiempo surgieron otras zonas para el esparcimiento como la bohemia Zona Rosa, el Jardín del Arte o las áreas verdes de Ciudad Universitaria; más allá, la subida al Ajusco se convirtió en una colmena turística pletórica de restaurantes, cabañas, puestos de garnachas y pequeñas caballerizas que rentaban por hora a sus mejores jamelgos con riendas de mecate.

A su vez, en cada delegación, las áreas verdes de los parques se convirtieron en el microuniverso donde la mayoría de los capitalinos comenzaron a tejer recuerdos a través de los paseos dominicales, como aquellas tardes en las resbaladillas y los columpios, los juegos de futbol con los primos o esa difícil conquista del equilibrio a bordo de la primera bicicleta sin ruedas de apoyo. La imaginación y el ingenio también han jugado un papel importante en estos menesteres, y por ello muchos capitalinos podían convertir en balneario alguna fuente pública o acampar en el claro de ese bosque artificial rodeado de calles, ejes viales y edificios.

Con el arribo de los tiempos modernos y la entrada de innumerables franquicias extranjeras y el establecimiento de grandes centros comerciales, el paseo tradicional comenzó a tornarse más plástico y artificial. Desde finales de los años setenta y hasta nuestros días, muchas familias cambiaron las actividades al aire libre por las grandes plazas techadas, convertidas en pequeñas ciudades con todo lo imaginable al alcance del bolsillo.

Como afirma don Chuchito, uno de los boleros más antiguos de Reforma, las nuevas generaciones de capitalinos cambiaron el aire fresco, el pasto y el cielo azul por el aire acondicionado, las escaleras eléctricas y la comida rápida; en pocas palabras, la cultura de los centros comerciales convirtió al término pasear, en sinónimo de consumir.

En los grandes emporios comerciales como Perisur, Interlomas, Plaza Santa Fe, Plaza Universidad, Gran Sur, etcétera, una familia promedio puede realizar decenas de actividades sin salir un área específica de cientos de metros cuadrados. Hoy, los domingos comienzan con el tradicional desayuno en alguna de las grandes cadenas de restaurantes que ostentan logos de tecolotes o de alitas color naranja, donde los niños encuentran convenientemente un área de juegos para que los padres puedan desenfadarse un rato.

A mediodía los más jóvenes pueden tener un rato de “sano esparcimiento” en los establecimientos de violentos videojuegos, mientras que los mayores recorren las tiendas de discos, ropa, perfumería, artículos para el hogar... no es necesario comprar, sólo mirar y matar el tiempo soñando, mientras se planea lo que se cargará a la tarjeta de crédito a fin de mes.

Los centros comerciales representan en la actualidad las “áreas seguras” donde los adolescentes tienen sus primeras experiencias de libertad bajo condiciones controladas que asemejan las de un aeropuerto.

De acuerdo a la zona, en estas plazas se marca también el estatus de los paseantes y se extienden decenas de establecimientos de hamburguesas, pizzas, comida china, helados, donas, etc. En las nuevas cadenas de cines hay aun más dulcerías y cafeterías cuyos artículos sobrepasan el precio de entrada.

Algunas familias prefieren acudir exclusivamente a los centros comerciales que ofrecen algún atractivo central, como una gran pista de patinaje sobre hielo o una pantalla Imax, donde además se proyecten películas en tercera dimensión.

Atrás han quedado los tiempos de aquellos carruajes que circulaban por el paseo de Bucareli, de recorrer a pie la orilla del canal de La Viga, de divertirse en las jamaicas de los barrios u organizar un día de campo en los terrenos aún virginales del Bosque de Chapultepec... los paseos y paseantes han cambiado mucho en 90 años, y lo seguirán haciendo... al menos hasta que la tecnología del siglo XXI avance tanto que en un futuro cercano a algún “genio” se le ocurra ofrecer tours domingueros por la ciudad mediante el uso de unas gafas de realidad virtual... mejor no estar aquí para verlo.

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